Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!
- ¡Pero si yo no fui!
Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!
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Capítulo 19: La sombra y el fuego
Viollet
La huida de Grecia encendió Giosem como una mecha.
Las campanas de la catedral no repicaron por una ejecución, sino por una alarma. Los guardias recorrían las calles con antorchas encendidas, deteniendo a todo aquel que se pareciera remotamente a una mujer rubia de pelo largo. Los puertos fueron cerrados, las puertas de la ciudad selladas, y en cada taberna y burdel los pregoneros leían la descripción de la fugitiva con voz de trueno.
Pero Grecia había desaparecido como si la tierra se la hubiera tragado.
Rubén y yo pasamos las horas siguientes en el cuartel general de la guardia, revisando informes que no conducían a nada. Un pastor dijo haber visto a una mujer con capa negra cruzando los campos al este. Un pescador juró que una barca había zarpado del muelle clandestino antes del amanecer. Un niño habló de una sombra que volaba sobre los tejados.
—Nada útil —dijo Lars, dejando caer sobre la mesa el último pergamino con un golpe seco—. Es como si se hubiera esfumado.
—No se ha esfumado —respondió Rubén, con los brazos cruzados y el ceño fruncido—. Alguien la está ayudando. Alguien con poder. Alguien que conoce los pasadizos secretos de la ciudad.
—¿Emill? —pregunté.
—Emill está en las mazmorras. No puede haber sido él.
—Entonces otro aliado. De los que aún no hemos descubierto.
Rubén me miró, y en sus ojos grises vi el mismo pensamiento que me corroía a mí: la conspiración no había muerto con mi padre. Había raíces más profundas, más oscuras, que aún no habíamos arrancado.
—Necesito un baño —dije, de repente—. Y una copa de vino. Y olvidar por unas horas que mi hermana anda suelta por el mundo.
Rubén arqueó una ceja.
—¿Eso es una invitación?
—Eso es una orden, duque.
Sonrió, y por primera vez en todo el día, la tensión en sus hombros se disolvió.
—Como ordene su señoría.
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Los baños del palacio eran una de las pocas cosas que el rey Emilio había heredado de su padre sin modificarlos: una cámara de mármol blanco con una piscina de agua termal que manaba de las profundidades de la tierra. El vapor flotaba sobre la superficie como un velo, y el olor a azufre y a hierbas se mezclaba con el de las velas de cera que ardían en los candelabros.
Nos desnudamos en silencio, sin la urgencia de otras noches. Era un desnudo doméstico, íntimo, el de dos personas que ya conocían cada centímetro del cuerpo del otro y que, sin embargo, seguían maravillándose.
Rubén entró primero en el agua y me tendió la mano. La tomé y descendí los escalones de mármol sintiendo cómo el calor me envolvía las piernas, las caderas, la cintura. Cuando el agua me llegó al pecho, me senté en el banco de piedra que bordeaba la piscina y apoyé la cabeza en su hombro.
—Podríamos quedarnos aquí para siempre —dije, cerrando los ojos.
—Y dejar que Grecia gane.
—No. Pero podríamos tomarnos un descanso. Un día. Uno solo.
Rubén me besó en la coronilla.
—Cuando esto termine, te daré todos los descansos que quieras. Te llevaré a la finca de los acantilados y no saldremos de la cama en una semana.
—¿Una semana? —sonreí, abriendo un ojo—. Tu herida no aguantaría.
—Mi herida aguantará lo que yo aguante. Y yo aguanto mucho.
Su mano descendió por mi espalda hasta la curva de mi cintura, y un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío recorrió mi columna.
—Rubén —dije, con voz que ya no era de cansancio—. Estamos en un baño público.
—Estamos en un baño privado. Y yo soy el duque. Puedo hacer lo que quiera.
—¿Y si viene alguien?
—Que mire. Que aprenda.
Me giré sobre el banco para quedar frente a él, y nuestras piernas se entrelazaron bajo el agua. El vapor nos envolvía como una nube, y las gotas de condensación resbalaban por su rostro, por sus hombros, por el vendaje que aún cubría su costado.
—Eres imposible —dije, pasando los dedos por su mandíbula.
—Tú me hiciste así.
Le besé, y el beso fue lento, profundo, con sabor a azufre y a deseo. Sus manos recorrieron mi espalda, mis caderas, mis muslos, y yo me aferré a sus hombros sintiendo cómo el agua nos mecía.
No hicimos el amor allí. Fue algo más íntimo, más tranquilo: caricias que no buscaban el clímax, sino la conexión. Palabras susurradas al oído. Risas ahogadas cuando resbalábamos en el banco de piedra.
Cuando salimos del agua, nuestros cuerpos estaban enrojecidos por el calor y nuestros labios, hinchados por los besos. Nos secamos con toallas de lino y nos vestimos con batas que los criados habían dejado preparadas.
—¿Te sientes mejor? —preguntó Rubén, mientras me ayudaba a atar los cordones de la bata.
—Mucho mejor —respondí—. Gracias.
—No me des las gracias. Aún no hemos terminado.
—Lo sé. Pero por un momento, pude olvidar.
—Eso es lo importante. Poder olvidar, aunque solo sea un rato.
Nos quedamos en silencio, mirándonos a los ojos. Y en ese silencio, supe que pase lo que pasara, íbamos a estar bien. Porque teníamos esto: la capacidad de encontrar consuelo el uno en el otro, incluso en medio de la tormenta.
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Rubén
Aquella noche, mientras Viollet dormía por fin en nuestros aposentos, yo no podía cerrar los ojos.
Algo me inquietaba. Algo más que la huida de Grecia. Era una sensación, un presentimiento, de esos que había aprendido a no ignorar después de veinte años de guerra.
Me levanté sin hacer ruido y salí al pasillo. Lars estaba de guardia, apoyado en la pared con los brazos cruzados.
—¿Mi señor?
—Necesito que revises algo. Los informes sobre los aliados del conde Orth. Los que escaparon. Los que aún están libres.
—Ya los revisamos.
—Revísalos otra vez. Busca nombres que no conozcamos. Gente que no estuvo en la lista de documentos.
Lars arqueó una ceja, pero asintió.
—¿Qué espera encontrar?
—No lo sé. Pero algo no cuadra. Grecia no habría podido escapar sola. Alguien la sacó de la plaza, alguien con autoridad, alguien que conocía el relevo de los guardias.
—¿Cree que hay un traidor en el palacio?
—Creo que nunca dejó de haberlo.
Lars enmudeció. Luego, con una expresión grave, se retiró a cumplir mi encargo.
Yo me quedé en el pasillo, mirando por la ventana hacia los jardines oscuros. La luna estaba oculta tras las nubes, y el viento soplaba con un frío que calaba los huesos.
—¿No puedes dormir?
La voz de Viollet me sobresaltó. Estaba en el umbral de la puerta, con la bata puesta y el cabello blanco desparramado sobre los hombros.
—No —respondí—. Tú tampoco.
—Me desperté y no estabas.
—Lo siento. Necesitaba pensar.
Se acercó a mí y apoyó la cabeza en mi hombro.
—¿En qué piensas?
—En que esto no ha terminado. En que Grecia es solo un síntoma. La enfermedad está en otro sitio.
—¿En el rey?
—No lo sé. Quizá. Quizá en alguien más.
Viollet alzó la cabeza y me miró.
—¿Quién?
—No lo sé —repetí—. Pero voy a averiguarlo.
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Viollet
A la mañana siguiente, un mensajero del rey nos convocó al Salón del Consejo.
Cuando llegamos, Emilio Rosen estaba de espaldas a la puerta, mirando por la ventana. A su lado, sobre la mesa, había un mapa desplegado con marcas rojas en varios puntos del reino.
—Duque. Duquesa. —Se volvió hacia nosotros, y su rostro estaba más demacrado que la última vez—. Tengo noticias. Malas noticias.
—¿Grecia? —pregunté.
—No. Algo peor. Orth tenía un aliado que no aparecía en los documentos. Alguien que ha estado financiando la conspiración desde el extranjero. Alguien que ahora ha reclamado a Grecia como suya.
—¿Suya? —Rubén frunció el ceño.
—El rey del reino vecino de Valdris. Un hombre llamado Aldric. Ha enviado una carta exigiendo la liberación de Grecia, amenazando con invadir si no la entregamos.
—¿Por qué querría el rey de Valdris a Grecia? —pregunté.
—Porque tu padre le prometió el tesoro a cambio de su apoyo. Y ahora que tu padre ha muerto, Aldric cree que Grecia sabe dónde está el tesoro. O al menos, sabe cómo encontrarlo.
—Pero el tesoro ya lo tenemos nosotros —dije, señalando el cofre que siempre me acompañaba—. Los documentos. La verdad. No hay nada más.
—Aldric no lo sabe. Y aunque lo supiera, no le importaría. Quiere una excusa para la guerra. Grecia es esa excusa.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de implicaciones que no necesitaban ser dichas.
—¿Qué hacemos? —preguntó Rubén.
—Por ahora, nada. Aldric está lejos. Su ejército tarda semanas en movilizarse. Tenemos tiempo para encontrar a Grecia antes de que cruce la frontera.
—¿Y si ya la ha cruzado?
—Entonces tendremos una guerra en las manos.
El rey se dejó caer en su trono, y por un instante vi al hombre de quince años que no había podido vengar a mi madre. Frágil. Indeciso. Aterrorizado por su propia sombra.
—No permitiremos que eso ocurra —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. Encontraremos a Grecia. La traeremos de vuelta. Y entonces, el rey Aldric no tendrá excusa para la guerra.
—¿Y si la guerra es inevitable? —preguntó el rey.
—Entonces la pelearemos —respondió Rubén, con la mano en la empuñadura de su espada—. Y ganaremos.
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Salimos del consejo con el corazón encogido. La guerra. Esa palabra que había estado flotando en el aire desde el principio, desde que mi padre comenzó su conspiración, ahora se materializaba como una sombra alargándose sobre nuestras cabezas.
—Rubén —dije, deteniéndome en el pasillo—. ¿Crees que podremos evitarla?
—No lo sé. Pero si no podemos, al menos estaremos preparados.
—¿Preparados para qué? ¿Para morir?
—Para vivir. Para luchar. Para defender lo que es nuestro.
Lo miré, y en sus ojos grises vi la misma determinación que había visto cuando se interpuso entre la daga de mi padre y mi corazón.
—Te amo —dije, y las palabras salieron solas, como siempre.
—También te amo —respondió—. Y mientras nos tengamos el uno al otro, no hay guerra que no podamos ganar.
Me besó, y el beso fue breve, casi casto, pero me llenó de una calidez que ningún fuego podría igualar.
—Vamos —dijo, tomándome de la mano—. Hay mucho que hacer.
Y caminamos juntos hacia lo desconocido, hacia la guerra que se avecinaba, hacia el futuro que escribiríamos con nuestras propias manos.
Porque éramos Viollet y Rubén.
Y juntos, éramos imparables.
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰