Me llamo Ren, soy un chico de 17 años, y tras un accidente inexplicable desperté en un mundo completamente ajeno al mío. Un lugar regido por reglas que apenas logro comprender, donde lo más importante no es la fuerza ni la inteligencia… sino la reproducción.
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CAPÍTULO 6
En medio de la tensión—
Algo dentro de mí se rompió.
Un dolor punzante atravesó mi abdomen.
Brusco.
Insoportable.
—¡Gh…! —mi cuerpo cedió de inmediato, cayendo de rodillas sobre el suelo.
El mundo se inclinó.
Mi respiración se volvió errática.
Y en ese instante—
El pañuelo que cubría mi rostro se soltó.
Cayó.
Lentamente.
Revelándome por completo.
El silencio fue absoluto.
Pesado.
Irreal.
Yokun, que estaba a punto de hablar, se quedó inmóvil.
—¡¡…!!
A mi alrededor, las bestias guardaron silencio.
Pero no era un silencio vacío.
Era… cargado.
Sus rostros.
Sus miradas.
Algo en ellas cambió.
Sorpresa.
Fascinación.
Algunos… incluso sonrojados.
Como si estuvieran viendo algo que no esperaban.
Algo… que no podían apartar de la vista.
Mi visión temblaba.
El dolor seguía.
—¿…? —apenas pude reaccionar, confundido.
—¿Ren? —la voz de Yokun cambió al instante—. ¿Por qué te quitaste el pañuelo?
Levanté la mirada con dificultad.
—Yo… Yokun… —mi voz salió débil—. Me duele el estómago…
Él frunció el ceño.
—¿…?
¿Qué… es esto…?
Algo no estaba bien.
No era un dolor normal.
Era diferente.
Extraño.
Mi cuerpo se sentía… ajeno.
¿Qué estoy sintiendo…?
Siento que un líquido me está saliendo del corcho.
Un escalofrío me recorrió.
Algo más.
Algo que no entendía.
Mi respiración se volvió más agitada.
—…
No puedo quedarme aquí.
No así.
—Yokun… —extendí la mano, aferrándome a su brazo con fuerza—. Regresemos a casa… por favor.
Él me observó.
Confundido.
Pero alerta.
—¿Por qué tanta prisa? —su voz bajó ligeramente—. ¿Te hicieron algo…?
Sus ojos se endurecieron, fulminando a los demás.
Pero yo apenas podía concentrarme.
Algo estaba pasando.
Algo… peor.
Bajé la mirada.
Y lo vi.
Un rastro.
Sangre.
Mi cuerpo se heló.
—¿Eh…?
Mi mente se quedó en blanco.
—¿Por qué…?
El pánico me atravesó.
—¿Por qué… hay sangre…?
El murmullo explotó a nuestro alrededor.
—¡MIREN!
—¡LA HEMBRA LE HA BAJADO LA REGLA!
—¡ES SU REGLA!
Las voces se multiplicaron.
Excitadas.
Alteradas.
—…
¿Mi… regla…?
El término resonó en mi cabeza.
Extraño.
Aterrador.
—No… —susurré, temblando—. No… no…
Yokun se quedó inmóvil por un segundo.
Su expresión cambió.
Sorpresa.
Incredulidad.
Penso—
…¿Ella también…?
Pensé que al ser hombre no tendría…
Sus ojos se afilaron.
No es momento de pensar.
Volvió a mí de inmediato.
—Ren.
Pero yo ya estaba entrando en pánico.
—Tengo miedo… —apenas pude decir.
Mi agarre en su brazo se hizo más fuerte.
—¡Regresemos a casa! —insistí—. ¡Rápido!
Un segundo.
Yokun reaccionó.
Me levantó en brazos sin esfuerzo.
Pero esta vez…
Su expresión era completamente distinta.
Una sonrisa.
Amplia.
Demasiado intensa.
—¡Estoy muy feliz! —exclamó sin contenerse—. ¡Mi hembra ha llegado a su “Regla”!
Mi cuerpo se tensó.
—…No grites…
Pero no me escuchó.
—¡Está en su “Regla”! —repitió, eufórico.
Y sin esperar más—
Salió corriendo.
Conmigo en brazos.
Dejando atrás la multitud.
El murmullo.
Las miradas.
El juicio.
…
Detrás de nosotros—
Victoria temblaba.
Su expresión completamente distorsionada por la frustración.
—…Maldición… —susurró entre dientes.
Una figura se acercó a ella con cautela.
—Victoria… —dijo con tono suave—. No deberías molestarte tanto. Ren es nueva… podríamos intentar llevarnos bien—
No terminó.
Victoria lo empujó con brusquedad.
—¡¿A ti que te importa?!
Su respiración era agitada.
Irregular.
Sus ojos ardían.
Se giró.
Alejándose de la multitud.
Maldita Ren…
Esto no se queda así.
Sus uñas se clavaron en sus propias palmas.
Me quitaste a un buen candidato a esposo…
Y encima… me humillaste.
Su expresión se endureció.
Oscura.
Peligrosa.
Te lo voy a hacer pagar.
......................
¿Por qué… corre con esa expresión…?
El viento golpeaba mi rostro mientras Yokun avanzaba sin detenerse.
Su emoción era evidente.
Demasiado.
Y... ¿por qué… estoy sangrando…?
El pensamiento me atravesó de nuevo.
Frío.
Inquietante.
¿Estoy… enfermo?
No entendía nada.
Y eso era lo peor.
Para cuando logré procesar algo coherente, ya habíamos llegado a su mansión.
A la habitación.
Yokun me bajó con cuidado… pero su energía no cambió en absoluto.
—¡Esto es maravilloso! —exclamó, casi sin poder contenerse.
Fruncí el ceño, aún confundido.
—¿Qué…?
Yokun se transformó en lobo y comenzó a caminar de un lado a otro.
—No lo recordaba… pero mi padre me lo mencionó una vez —dijo, como si estuviera uniendo piezas en su cabeza—. Las “hembras” elegidas por el líder… o por el futuro líder de un clan… pueden entrar en su “Regla” incluso si no son como las demás.
Mi ceja tembló ligeramente.
En resumen… estoy sangrando por tu culpa.
Respiré hondo.
—¿Y eso qué significa…? —pregunté, aunque una parte de mí ya temía la respuesta.
Yokun se detuvo.
Me miró.
Sonrió.
—¡Que cuando termine tu “Regla”… podremos reproducirnos!
…
Mi mente se apagó.
—¡¡…!!
El aire desapareció.
—¡No…! —retrocedí instintivamente—. ¡No, no, no…!
El pánico me consumió de golpe.
—¡Esto no puede estar pasando! —mi voz temblaba—. ¡¿Por qué tengo esta maldita suerte…?!
Mis ojos comenzaron a arder.
—Pero… pero yo soy menor de edad… —murmuré entre sollozos—. No creo poder… dar a luz… y además… soy un hombre…
Las palabras salían rotas.
Desesperadas.
Yokun se agachó frente a mí.
Su expresión cambió.
Más suave.
Más… paciente.
Su pata se posó sobre mi rostro, limpiando una lágrima sin brusquedad.
—No llores —dijo con una leve sonrisa—. La “Regla” significa que ya has alcanzado la madurez.
Eso no ayudó.
Para nada.
Tragué saliva.
—¿Cuánto… dura?
Yokun pensó un momento.
—No estoy completamente seguro… pero creo que dos o tres días. Y solo ocurre una vez al año.
Parpadeé.
—…
¿Solo una vez…?
Un suspiro escapó de mí, casi sin darme cuenta.
Bueno… al menos no es constante…
—Por cierto —añadió Yokun—, ¿por qué preguntas cosas tan básicas? ¿No te enseñaron nada en tu clan?
Mi cuerpo se tensó.
—Yo… —desvié la mirada rápidamente—. Estás cosas son de hembras a mi no me importaba saber de esto...
No insistió.
Por suerte.
—Entonces… —murmuré, cambiando de tema—. ¿Qué se supone que haga ahora? No puedo… simplemente dejar esto así, ¿verdad?
Yokun se quedó pensativo unos segundos.
Luego se giró y comenzó a rebuscar entre algunas cosas.
Sacó un recipiente sencillo con algodón.
Regresó hacia mí.
—Esto —dijo, extendiéndomelo—. He escuchado que las mujeres lo usan durante su “Regla”.
Lo miré en silencio.
Y lo tomé.
—…
—El esposo es quien lo proporciona —añadió con tono casual.
Pero algo en su expresión… no lo era tanto.
Su cola se movía.
Ligeramente.
Rápido.
¿Está esperando algo…?
Lo miré.
Luego al algodón.
Luego otra vez a él.
¿Quedrá un elogio?
Suspiré.
Y sin decir nada, estiré la mano.
Mis dedos rozaron su cabeza.
Luego bajaron lentamente.
Hasta su vientre.
Lo acaricié con suavidad.
—Buen trabajo…
Fue suficiente.
Yokun, en forma de lobo, cerró los ojos con satisfacción evidente.
Pero duró poco.
En un instante volvió a su forma humana—
Y...