"En el pintoresco corregimiento de Jurubirá, en la exuberante región del Chocó colombiano, Aurora vive una vida sencilla y tranquila, ajena a los secretos que guarda su pasado. Rodeada de ríos cristalinos, selva vibrante y la calidez de su familia, cada día parece igual… hasta que la llegada de Pablo, un joven de la ciudad de Madrid, irrumpe en su mundo. Entre encuentros inesperados, emociones que desafían su corazón y secretos familiares que podrían cambiarlo todo, Aurora deberá enfrentar la diferencia de clases, los sentimientos prohibidos y la incertidumbre de un destino que jamás imaginó."
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El Silencio de las Cenizas
El rugido del motor de la lancha de los topógrafos se perdió en el horizonte, pero el estruendo que dejó en el corazón de Jurubirá seguía vibrando. Pablo permaneció de pie en la arena, con los puños apretados, viendo cómo Julio y Aurora daban media vuelta sin decirle una sola palabra. Ya no eran los anfitriones amables; ahora eran una muralla de silencio.
Pablo los siguió a una distancia prudente hasta el porche de la casa. Julio entró primero, arrastrando los pies como si de repente le pesaran los años. Aurora se detuvo en el umbral, bloqueando el paso a Pablo con una mirada que cortaba más que el machete de Don Teófilo.
—No entre, Rossi —dijo Aurora con una voz gélida—. Ya vio lo que quería ver. Ya midió con sus ojos lo que su padre quiere medir con máquinas.
—Aurora, déjame hablar con tu padre —suplicó Pablo, deteniéndose en el primer escalón—. Lo que hice allá afuera, enfrentar a ese abogado... ¿eso no significa nada para ustedes?
—Significa que tiene un poco de vergüenza, nada más —replicó ella, cerrando la puerta a medio camino—. Pero tener vergüenza no quita que usted es el que trajo la plaga a esta casa.
Adentro, se escuchó el sonido de la tranca de madera cayendo sobre la puerta. Pablo se quedó solo en el porche, rodeado por el olor a café que Bertha acababa de colar, pero que esta vez no era para él. Por la ventana, alcanzó a ver a Sofía sentada en un rincón, con el rostro oculto entre las manos. El silencio de la joven fue el golpe más duro; ella, que siempre tenía una sonrisa, ahora ni siquiera podía sostenerle la mirada.
Pablo regresó a la posada caminando por la orilla, sintiendo que cada grano de arena era un reproche. Al entrar a su habitación, el teléfono satelital estaba vibrando sobre la mesa. El nombre en la pantalla brillaba con una luz hostil: Alessandro.
—¡¿Qué demonios crees que estás haciendo, Pablo?! —rugió su padre apenas él presionó el botón de contestar—. El abogado me llamó desde la lancha. Dice que los amenazaste, que los echaste de la propiedad como si fueras un líder sindical. ¿Has perdido el juicio por esa gente?
—He ganado el juicio, padre —respondió Pablo, sentándose en la cama—. Esos terrenos no se van a medir por la fuerza. No mientras yo esté aquí. No voy a permitir que destruyas a una familia para construir un puerto que nadie aquí pidió.
—¡Tú estás allí para cerrar un negocio, no para jugar al misionero! —gritó Alessandro—. Si no rectificas mañana mismo y haces que ese pescador firme, enviaré a alguien con plenos poderes para reemplazarte. Y olvídate de la dirección de la corporación. Olvídate de tu futuro en Madrid y de Beatriz. Ella no se va a casar con un fracasado que prefiere el barro a los negocios.
—Quizás prefiero el barro a una vida construida sobre mentiras —dijo Pablo, y colgó la llamada.
Salió al balcón y vio hacia la casa de los Garcés. La luz de la sala se apagó, dejando el sector norte en una oscuridad absoluta. Pablo comprendió que, al elegir el bando de la justicia, se había quedado sin nada: había declarado la guerra a su padre, había puesto en riesgo su herencia y, lo más doloroso, había perdido la confianza de la única mujer que le había enseñado a ver el mundo de verdad.