"¿Qué harías si el hombre que juró amarte te roba la vida, tu fortuna y a tus hijos?"
Valeria Estrada lo tenía todo: una familia hermosa y el control de la corporación más grande del país. Pero su mundo se volvió cenizas cuando su esposo, Adrián Montero, la traicionó de la forma más cruel. No solo le quitó su dinero y la engañó con su mejor amiga, sino que la encerró en un hospital psiquiátrico de alta seguridad, drogándola durante años para borrar su lucidez y hacerle creer que estaba loca.
Para el mundo exterior, Valeria Estrada murió. Para sus hijos, ella es solo un recuerdo borroso reemplazado por una madrastra cruel.
Pero tras cinco años de oscuridad, Valeria logra despertar de la niebla. Con la ayuda de dos aliados que el destino puso en su celda, finge su propia muerte y escapa de su prisión de pesadilla.
Ahora, Valeria ha regresado con un nuevo rostro y una identidad impenetrable
La "difunta" ha despertado... y la verdadera pesadilla para los Montero está a punto de comenzar.
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La calma antes de la tormenta
La mañana en la mansión Montero comenzó con una luz clara que parecía resaltar cada mota de polvo y cada tensión oculta. Elena se encontraba en el jardín con los niños, sentada bajo la sombra del gran roble. Llevaba un vestido de lino sencillo en tono arena y el cabello recogido en una coleta baja, pero incluso en esa simplicidad, irradiaba una distinción que hacía que las empleadas de la limpieza se detuvieran un segundo más de lo necesario al verla pasar.
—¿Ves cómo las raíces necesitan espacio para respirar, Mía? —explicaba Elena, ayudando a la niña con un pequeño trasplante—. Si las aprietas demasiado, se asfixian. Las plantas, como las personas, necesitan libertad para crecer fuertes.
Lucas la observaba en silencio, sentado a un lado con su cuaderno de dibujo. De pronto, levantó la vista.
—Elena, ¿tú siempre has sido así? —preguntó el niño con curiosidad genuina.
—¿Así cómo, Lucas?
—Como si supieras un secreto que nadie más sabe. Siempre estás tranquila, aunque Isabella grite o mi papá esté de mal humor.
Elena sonrió con una ternura que no necesitaba fingir.
—La paz no es la ausencia de problemas, Lucas, sino la presencia de claridad. Cuando sabes quién eres, los ruidos de afuera no te afectan tanto.
El momento fue interrumpido por Adrián, quien bajaba hacia el jardín antes de irse a la oficina. No era habitual que él se desviera de su camino para despedirse de los niños, pero hoy sus pasos lo llevaron directamente hacia donde estaba Elena.
—Señorita Rose —dijo Adrián, ignorando por completo el trabajo de jardinería de sus hijos—. He confirmado la reservación para esta noche. El coche pasará por usted a las ocho. Espero que no haya olvidado nuestra conversación de anoche.
—En absoluto, señor Montero —respondió ella, poniéndose de pie con una fluidez envidiable—. Estaré lista.
Adrián la miró fijamente por un segundo de más. El sol resaltaba el color de sus ojos y la delicadeza de su cuello.
—Perfecto. Quiero que luzca... como usted es. Profesional, pero impecable. Será una noche importante para la empresa.
Desde el balcón del segundo piso, Isabella observaba la escena apretando el barandal con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Había pasado la mañana eligiendo su vestido más caro, un modelo rojo estridente diseñado para reclamar su territorio, pero ver a Adrián buscar la mirada de Elena en el jardín le revolvía el estómago.
A media tarde, Elena se cruzó con Isabella en el pasillo principal. Isabella llevaba una máscara de belleza puesta y el cabello lleno de rulos, preparándose frenéticamente.
—Espero que tengas algo decente que ponerte, Rose —soltó Isabella con veneno—. No querría que Adrián se avergonzara de llevar a la "maestra" a un evento de este nivel. La alta sociedad no es como tus bibliotecas suizas.
—No se preocupe, señora Montero —respondió Elena con una calma gélida mientras seguía su camino—. La elegancia no es algo que se compre en una tienda, es algo con lo que se nace. Estoy segura de que la noche será inolvidable para todos.
Cuando dieron las ocho, el ambiente en el vestíbulo era eléctrico. Adrián esperaba abajo, luciendo un esmoquin a medida. Isabella bajó primero, envuelta en su vestido rojo, cargada de joyas y un maquillaje pesado que buscaba desesperadamente gritar "poder".
—¿Cómo me veo, querido? —preguntó Isabella, girando sobre sí misma.
—Bien, muy bien —respondió Adrián distraído, mirando constantemente hacia la escalera.
Entonces, Elena apareció.
No llevaba joyas llamativas ni colores estridentes. Vestía un diseño de seda en color azul noche, casi negro, con un escote cerrado y mangas largas que caían con una caída perfecta sobre su figura. No intentaba llamar la atención, pero su sola presencia silenciaba la habitación. Su belleza no era un grito, era un imán. Llevaba el rostro casi natural, resaltando solo la profundidad de su mirada.
Adrián se quedó sin aliento. Por un momento, olvidó a Isabella, olvidó los negocios y olvidó su propia arrogancia. La mujer que bajaba las escaleras no era su empleada; era una criatura que pertenecía a un mundo superior al suyo.
—Señor Montero, estoy lista —dijo Elena, su voz suave rompiendo el trance de Adrián.
—Estás... impresionante —logró decir Adrián, ofreciéndole el brazo de manera casi instintiva, un gesto que normalmente reservaba para Isabella.
Isabella sintió que la sangre se le congelaba. El contraste era humillante: ella parecía un intento desesperado de llamar la atención, mientras que Elena, sin esforzarse, era el centro del universo. Los celos de Isabella ya no eran solo una sospecha; eran un incendio fuera de control.
—Vámonos —siseó Isabella, adelantándose hacia el coche para evitar que Adrián escoltara a Elena.
Elena sonrió para sus adentros mientras subía al vehículo. La noche apenas comenzaba, y sabía que bajo las luces del evento, la fascinación de Adrián y la furia de Isabella serían las herramientas perfectas para empezar a quebrar los cimientos de su matrimonio.