Ella renace en otra época, decidida a priorizarse a si misma y a no enamorarse para no sufrir.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Lord Sallow 1
Lord Sallow permaneció unos minutos en el pasillo después de que Regina se marchara.
Aún con la sensación de sus palabras flotando en el aire.
“No quiero recibir a Lord Chapman.”
Frunció levemente el ceño.
En su mente, aquello no terminaba de encajar.
Porque, desde su perspectiva… Lord Chapman era una oportunidad.
Un hombre con apellido respetado, con estabilidad, con presencia en la alta sociedad.
Un buen partido.
Un buen esposo.
Y, quizás.. una forma de asegurarle a Regina una vida más estable de la que él mismo podía garantizarle.
Porque conocía su propia situación mejor que nadie.
Las deudas.
Los gastos ocultos.
Las otras familias.
El lujo que mostraban… era frágil.
Demasiado frágil.
Aun así… Cerró los ojos un instante.
Había dicho que sí.
Y esta vez… no quería fallarle.
—Envía un mensaje a Lord Chapman.. Dile que mi hija se encuentra indispuesta y que la visita deberá posponerse.
El sirviente asintió y se retiró de inmediato.
Lord Sallow exhaló, como si con eso hubiera cumplido.
Como si bastara.
Pero el destino.. o quizá la costumbre de los hombres que nunca habían aprendido a recibir un “no” tenía otros planes.
Porque Lord Chapman… no hizo caso.
El carruaje llegó sin anunciarse.
Las puertas se abrieron con seguridad.
Los pasos resonaron con confianza.
Y antes de que nadie pudiera detenerlo… ya estaba dentro.
Para cuando Lord Sallow descendió al salón principal, alertado por el murmullo inquieto del servicio, la escena ya estaba montada.
Lord Chapman se encontraba cómodamente instalado en uno de los sillones.
Pierna cruzada.
Espalda relajada.
Una copa de vino en la mano, que había solicitado con total naturalidad.
Como si ese lugar le perteneciera.
Como si su presencia fuera incuestionable.
—Lord Sallow.. Me informaron que Regina estaba indispuesta… pero pensé que una breve visita no haría daño.
Su tono no era una pregunta.
Era una afirmación disfrazada.
Lord Sallow tensó la mandíbula apenas.
No le gustó.
Pero tampoco reaccionó como debía.
Porque, en el fondo, aún pensaba que ese hombre podía ser el futuro de su hija.
—Mi hija no se encuentra en condiciones de recibir visitas —respondió, intentando mantener firmeza.
Lord Chapman sonrió, indulgente.
—Estoy seguro de que cambiará de opinión.
Y bebió un sorbo de vino.
Regina no sabía nada de esto.
Caminaba por el corredor con un libro entre manos, repasando conceptos, organizando ideas. Su mente estaba enfocada, clara.
Hasta que las voces… la hicieron detenerse.
El salón.
Sintió algo extraño en el pecho.
Una intuición.
Se acercó.
Y cuando cruzó el umbral…
El mundo pareció detenerse por un segundo.
Ahí estaba.
Lord Chapman.
Tal como lo recordaba.
Elegante.
Seguro de sí mismo.
Con esa sonrisa que antes le habría parecido encantadora…
Y que ahora solo le provocó una profunda incomodidad.
Su mirada se movió lentamente.
Hasta su padre.
Y lo entendió todo.
No hizo falta explicación.
No hizo falta palabras.
Solo una mirada.
Una sola.
Y fue suficiente.
Decepción.
No rabia.
No sorpresa.
Decepción.
Silenciosa… pero pesada.
Lord Sallow la sintió como un golpe directo.
Apartó la vista por un segundo.
Porque supo que había fallado.
Otra vez.
—Regina —la voz de Lord Chapman rompió el momento, levantándose con elegancia—. Me alegra verte.
Ella no respondió de inmediato.
Se mantuvo erguida.
Serena.
Distante.
—Pensé que no vendría —dijo finalmente, sin calidez.
Él sonrió, como si aquello fuera un juego.
—No podía perder la oportunidad de verte.
Dio un paso hacia ella.
—Además… he oído que estás pensando en estudiar.
Regina no respondió.
Pero su silencio no era duda.
Era contención.
—No deberías preocuparte por eso
continuó él, con un tono suave… pero condescendiente
—No lo necesitas.
Se acercó un poco más.
—Serás una excelente dueña de casa.
Las palabras cayeron pesadas.
—Yo puedo darte todo lo que quieras.. No tendrás que esforzarte por nada.
Y ahí estaba.
Exactamente igual.
Las mismas ideas.
Las mismas promesas.
La misma trampa disfrazada de comodidad.
Regina sintió algo claro dentro de sí.
No tristeza.
No duda.
Rechazo.
Porque ahora entendía lo que antes no:
No era una oferta de amor.
Era una oferta de dependencia.
Sus dedos se tensaron levemente alrededor del libro que sostenía.
Y entonces, sin elevar la voz, sin perder la calma…
Lo miró directamente.
Con una firmeza que no estaba en la Regina de los recuerdos.
—Yo sí lo necesito.
El silencio cayó en el salón.
Incluso el aire pareció detenerse.
Porque en esas cuatro palabras… había algo distinto.
Algo que no encajaba con lo que él esperaba.
Y quizá, por primera vez…
Lord Chapman no tuvo una respuesta inmediata.
Y Regina… tampoco pensaba darle espacio para recuperarse.
Pero Regina ya no era la misma.
El silencio en el salón aún vibraba cuando ella inclinó apenas la cabeza, con una elegancia impecable.
—Con su permiso.
No miró a Lord Chapman al despedirse.
No le dio ese gesto, esa validación que en otra vida habría significado tanto.
Solo dirigió una última mirada a su padre.
Y en ella… no había enojo desbordado.
Había algo peor.
Decepción.
Sutil.
Silenciosa.
Innegable.
Luego giró, y se marchó.
Sus pasos fueron firmes, seguros, sin apresurarse… pero sin dudar ni una sola vez.
No huyó.
Se retiró.
Como alguien que sabe exactamente lo que está dejando atrás.
Cuando la puerta de la oficina se cerró tras ella, el mundo volvió a ordenarse.
El escritorio.
Los libros.
La luz entrando por la ventana.
Todo estaba exactamente donde debía estar.
Y esta vez… también ella.
Se acercó lentamente, dejó el libro que aún sostenía y apoyó ambas manos sobre la madera.
Cerró los ojos un segundo.
Respiró.
—No voy a depender de nadie… —murmuró.
No como una queja.
Como una decisión.
Recordó con claridad las dos vidas que llevaba dentro.. la que ignoró su salud… y la que renunció a su futuro.
Dos caminos distintos.
El mismo error.
Abandonarse.
Abrió los ojos y tomó asiento.
—Esta vez no.
Comenzó a estudiar.
No con desesperación… sino con enfoque.
Cada palabra tenía peso.
Cada concepto, propósito.
No estaba estudiando para “ver qué pasaba”.
Estaba construyendo algo.
Su independencia.
Su dignidad.
Su libertad.
Y por primera vez… no sentía que estaba perdiendo algo al elegir eso.
Sentía que estaba ganándolo todo.
En el salón, en cambio… el aire había cambiado.
Pesado.
Incómodo.
Lord Sallow permanecía de pie, mientras Lord Chapman terminaba su copa como si nada hubiera ocurrido.
—Si mi hija no desea recibirlo… le agradecería que no insistiera.
Lord Chapman dejó la copa sobre la mesa con un leve sonido.
Y sonrió.
Pero no era una sonrisa amable.
Era condescendiente.
—Vamos, Lord Sallow… Quizás Regina está… más sensible de lo habitual.
Hizo un gesto vago con la mano, restándole importancia.
—Ya sabe… esos días del mes.
Las palabras cayeron con una naturalidad que incomodaba.
—Avíseme cuando esté de mejor humor.. Pero no espere que esté disponible para siempre.
Su tono era claro.
Él no esperaba.
Él elegía.
Y si Regina no se ajustaba… simplemente pasaría a otra cosa.
Algo en el pecho de Lord Sallow se tensó.
No le gustó.
No le gustó nada.
Pero, aun así… no respondió como debía.
Solo asintió, seco.
—Entiendo.
Lord Chapman se levantó, acomodándose el abrigo.
—Entonces quedamos así.
Y se marchó.
Dejando tras de sí un silencio incómodo… y una sensación amarga que Lord Sallow no pudo ignorar.