novela juvenil de romance que demuestra que tanto se puede esperar a una persona por amor , también lo que es capaz de hacer una persona por proteger a ser que ama desde la niñez en sus vidas habrá mucho tropiezos y tendrá que salir de ese mundo oscuro para llegar a la persona que siempre la espero
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Advertencias
Franco regresó dos días antes de lo previsto.
No avisó.
La puerta se abrió a las seis de la tarde, cuando Amber estaba en la cocina, inmóvil frente al fregadero, intentando ordenar pensamientos que no se dejaban ordenar.
Supó que era él antes de verlo.
Había aprendido a reconocer la forma en que giraba la llave.
—Pensé que volvías el viernes —dijo, sin darse la vuelta.
—Y yo pensé que me obedecerías.
El tono era suave.
Eso era peor.
Amber sintió el frío recorrerle la espalda.
Franco dejó la maleta junto al sofá. Caminó despacio hasta quedar detrás de ella.
—¿Te divertiste mientras no estaba?
No respondió.
Él sacó el teléfono y lo colocó sobre la encimera.
La fotografía.
Ella y Eros frente a frente en la cafetería.
La imagen estaba ampliada. Congelada justo en el instante en que parecían demasiado cerca.
—Fue casualidad —susurró.
Franco inclinó la cabeza.
—¿Casualidad? Interesante cómo las casualidades siempre lo ponen frente a ti.
Tomó su muñeca con fuerza, girándola hacia él.
—Te advertí sobre las consecuencias.
Amber intentó soltarse.
—No hice nada.
—No necesitas hacer nada. Basta con que él crea que todavía puede mirarte así.
La empujó contra la pared.
No fue un arrebato.
Fue una demostración.
—¿Sabías que tu Eros no usa guardaespaldas? —murmuró, muy cerca de su oído—. Siempre anda libre. Confiado. Cualquiera podría acercarse.
El aire se le quedó atrapado en la garganta.
—No lo menciones así.
Franco sonrió apenas.
—¿Así cómo?
La sostuvo del mentón obligándola a mirarlo.
—Un accidente es algo tan común. Una pelea mal medida. Un mal paso en la noche.
La soltó de golpe.
Y yo no tendría nada que ver.
El mensaje era claro.
Si ella desobedecía, no sería ella quien pagara primero.
Amber sintió que el miedo cambiaba de forma.
Ya no era solo por ella.
—Déjalo fuera de esto por favor ya estoy contigo que más da —dijo con voz quebrada.
Franco la observó unos segundos.
Había conseguido lo que quería.
—Entonces compórtate por qué eres mi esposa, mi mujer y me respeta eres mi mayor logro delante del perro eso le gane y tengo conmigo en todos los sentidos cosas que el no pudo recuerda eso Amber soy tu marido me perteneces.
La dejó allí, apoyada contra la pared, respirando con dificultad.
Antes de irse al estudio añadió, sin mirarla:
—No me obligues a enseñarte lo que pasa cuando ignoro mi paciencia.
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En otra parte de la ciudad, lejos de esa casa cerrada, Eros estaba sentado frente a Mía Salazar.
El despacho era sobrio. Ordenado. Sin distracciones.
Mía no era solo una conocida. Era abogada penalista. Y, más importante, alguien que no se dejaba impresionar por apellidos.
Voy a preguntártelo una vez más —dijo ella, apoyando las manos sobre el escritorio—. ¿Dónde está el hombre que golpeaste?
Eros sostuvo su mirada sin parpadear.
_ en la clínica dijo ya cansado de guarda eso .
—Eros.
El tono cambió.
Más personal.
Soy tu amiga, pero aquí soy tu abogada. Si no me dices exactamente qué pasó esa noche, no puedo ayudarte.
Él apretó la mandíbula.
La imagen regresó: el muchacho provocándolo, la discusión escalando, el puño impactando una y otra vez.
Había perdido el control.
Se fue de la universidad —dijo al fin.
—¿Por decisión propia?
Silencio.
Mía exhaló con frustración contenida.
—¿Lo querías muerto?
—No.
—¿Alguien más lo hizo por ti?
Eros no respondió.
Eso fue suficiente.
—Necesito saber por qué sigue hospitalizado, si alguien presentó denuncia , si hay testigos dispuestos a declarar —continuó ella—. Porque si esto sale a la luz sin preparación, no estamos hablando de una multa. Estamos hablando de cargos por agresión grave.
Él bajó la mirada.
No quería que llegara a eso.
—Pero llegó.
Mía suavizó el tono.
—Te estás destruyendo por algo que ni siquiera entiendes del todo. Y ahora estás obsesionado con esa chica casada.
—No es obsesión.
—Entonces ¿qué es?
Eros tardó en responder.
—No está bien.
—¿No está bien… qué?
—Ella.
Mía lo observó con atención renovada.
—¿Tienes pruebas?
—No.
¿Ella te pidió ayuda?
—No.
—Entonces lo único que tienes es una intuición. Y con intuiciones no se gana en tribunales.
Eros se levantó y caminó hasta la ventana.
—Si algo le pasa…
Si algo le pasa y tú intervienes sin pensar, vas a terminar en la cárcel antes de poder salvar a nadie.
El silencio pesó entre ambos.
Mía se recostó en la silla.
—Dime dónde ell nombre de la clinica—insistió más bajo—. Déjame limpiar ese problema primero. Después hablamos del resto.
Eros cerró los ojos un segundo.
Había demasiados frentes abiertos.
Demasiada presión acumulada.
—Te diré lo que sé —murmuró finalmente.
Porque entendía que, esta vez, necesitaba ayuda real.
No impulsos.
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Esa misma noche, en la casa de Diego, otra conversación se desarrollaba con un tono muy distinto.
Mihjail había pedido verlo a solas.
No como empresario.
No como padre del joven que había sido humillado públicamente.
Como amigo.
Diego sirvió dos vasos de whisky sin decir palabra.
—No le guardo rencor a tu hija —dijo Mihjail después del primer trago.
Diego lo miró con atención.
—Imposible odiarla , la conozco desde que era una bebé pero no entiendo en que momento todo cambio—continuó Mihjail—. Amo a esa niña como si fuera mía.
La frase no fue ligera.
Entonces entiendes lo que estoy viviendo —respondió Diego con voz grave.
Mihjail asintió lentamente.
—Lo que no entiendo es a mi hijo.
El silencio se volvió más denso.
—Se está destruyendo —añadió—. Está más callado, más frío. No duerme bien. Y sé que no es solo por la ruptura.
Diego giró el vaso entre sus dedos.
—¿Crees que hay algo más?
Mihjail sostuvo su mirada.
—Creo que ambos jóvenes están pagando un precio que no termino de comprender.
Diego pensó en el suéter ancho.
En la mirada apagada.
En la forma en que Amber evitaba cualquier contacto prolongado.
—Si Franco le hace daño… —empezó, pero no terminó la frase.
Mihjail no dudó.
—No lo permitiría.
—Yo tampoco.
Dos padres.
Dos hombres acostumbrados al control.
Ambos intuyendo que algo se movía bajo la superficie.
Y que tal vez ya era demasiado tarde para detenerlo con palabras.
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En su apartamento, Amber permanecía sentada en la oscuridad del dormitorio.
Franco hablaba por teléfono en el estudio.
Reía.
Como si nada hubiera pasado.
Como si no acabara de sembrar una amenaza que podía costar una vida.
Ella abrazó sus rodillas.
Entendió algo con claridad aterradora:
Franco no necesitaba tocar a Eros.
Bastaba con que ella creyera que podía hacerlo.
Y ese miedo era suficiente para mantenerla en silencio.
Pero en otro lugar de la ciudad, Eros empezaba a dejar de actuar por impulso.
Si Franco pensaba que él era el más peligroso de los dos…
Todavía no había visto lo que Eros podía hacer cuando aprendía a pensar antes de golpear.
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