Un simple tropiezo frente a la universidad cambió la vida de Amelia para siempre. Ahora su corazón y su hijo están atrapados entre dos mundos el humano y el del Reino de Fuego. Con Gael a su lado y el poderoso rey Dante observándola, Amelia deberá enfrentarse a decisiones, secretos peligrosos y una magia que puede alterar su destino… para siempre.
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La cercanía peligrosa
El día en la universidad transcurrió con una calma que parecía casi artificial.
Las clases terminaron más temprano de lo habitual, y muchos estudiantes ya habían abandonado el campus. El sol comenzaba a descender lentamente, tiñendo el cielo de tonos anaranjados.
Amelia caminaba junto a Gael por uno de los senderos del campus.
Lucía había tenido que irse antes por un trabajo de grupo, así que por primera vez en varios días Amelia y Gael estaban completamente solos.
El silencio entre ellos no era incómodo.
Pero sí cargado de pensamientos.
Amelia rompió el silencio primero.
—Tu hermano aparece demasiado.
Gael soltó una pequeña risa.
—Eso también lo pienso yo.
Amelia lo miró de reojo.
—¿Siempre fue así?
Gael pensó unos segundos.
—Dante siempre ha sido… curioso.
—¿Curioso o controlador?
Gael levantó una ceja.
—Ambas cosas.
Caminaron unos metros más.
Las hojas de los árboles se movían suavemente con el viento.
Amelia finalmente suspiró.
—No me gusta.
Gael la miró.
—¿Qué cosa?
—Sentir que estoy en medio de algo que no entiendo.
Gael guardó silencio unos segundos.
Había muchas cosas que podría decir.
Pero ninguna era segura.
—Lo sé —respondió finalmente.
Amelia se detuvo.
—Entonces dime qué está pasando.
Gael también se detuvo.
La miró directamente a los ojos.
Había sinceridad en su expresión.
Pero también duda.
—No puedo.
Amelia cruzó los brazos.
—Eso empieza a ser frustrante.
Gael lo entendía.
Mucho más de lo que ella imaginaba.
—Si te lo explico ahora… las cosas solo se complicarán más.
Amelia lo observó durante varios segundos.
Intentando leer su expresión.
—¿Es algo peligroso?
Gael no respondió inmediatamente.
Pero finalmente dijo:
—Puede serlo.
Amelia dejó escapar un suspiro largo.
—Genial. Eso mejora mucho mi día.
Gael sonrió ligeramente.
—Lo siento.
Caminaron de nuevo.
Esta vez en silencio.
Después de unos minutos llegaron a un pequeño parque cercano al campus.
Había un puesto de comida abierto y algunas personas sentadas en las bancas.
Amelia señaló el lugar.
—¿Tienes hambre?
Gael la miró.
—Siempre tengo curiosidad por la comida humana.
Amelia rió.
—Entonces ven.
Compraron algo simple: hamburguesas y refrescos.
Se sentaron en una banca de madera.
Gael observó la hamburguesa con interés.
—Esto es grande.
Amelia soltó una risa.
—Es solo una hamburguesa.
Gael la probó con cuidado.
Luego levantó ligeramente las cejas.
—Esto está bien.
Amelia lo miró divertida.
—¿Bien?
—Bastante bien.
Durante unos minutos comieron en silencio.
El ambiente era tranquilo.
Niños jugando en el parque.
Personas caminando con sus perros.
Un momento completamente normal.
Pero Amelia no podía dejar de pensar en algo.
—Gael.
—¿Sí?
—¿Por qué te quedaste aquí?
Gael la miró.
—¿Aquí?
—En esta ciudad.
—Podría vivir en cualquier lugar… supongo.
Gael dudó un segundo.
—Tal vez.
Amelia bajó la mirada a su refresco.
—Entonces ¿por qué este lugar?
Gael la observó en silencio.
Sabía la respuesta.
Pero no podía decirla.
—A veces uno encuentra algo que vale la pena.
Amelia levantó la mirada.
—¿Algo como qué?
Gael sostuvo su mirada.
Por un momento pareció que iba a decir algo importante.
Pero entonces…
Una ráfaga de viento pasó entre los árboles.
Gael frunció el ceño.
Su expresión cambió.
Amelia lo notó de inmediato.
—¿Qué pasa?
Gael miró alrededor.
Sus sentidos se habían activado.
Había una presencia.
Y no era Dante.
Era diferente.
Más oscura.
Más agresiva.
—Tenemos que irnos.
Amelia se levantó confundida.
—¿Qué?
Gael tomó suavemente su mano.
—Ahora.
Pero en ese momento…
Una figura apareció al otro lado del parque.
Un hombre alto con ropa oscura.
Su mirada estaba fija en Gael.
Y luego en Amelia.
Gael lo reconoció inmediatamente.
No era alguien del mundo humano.
Era un guardia del Reino de Fuego.
Y si estaba allí…
Eso significaba solo una cosa.
Las cosas estaban empeorando.
Rápido.
Amelia miró al hombre con confusión.
—¿Lo conoces?
Gael habló en voz baja.
—No exactamente.
El hombre comenzó a caminar hacia ellos.
Paso a paso.
Tranquilo.
Seguro.
Amelia sintió un escalofrío inexplicable.
—Gael…
Gael no apartó la mirada del hombre.
Pero respondió con calma:
—Confía en mí.
La tomó suavemente por el brazo.
—Vamos a salir de aquí.
Pero el hombre habló antes de que pudieran irse.
—Príncipe Gael.
El corazón de Amelia dio un pequeño salto.
¿Príncipe?
Gael se quedó inmóvil.
El hombre se detuvo a pocos metros de ellos.
Su voz era firme.
Respetuosa.
Pero urgente.
—El rey exige su regreso inmediato al Reino de Fuego.
El silencio cayó sobre el parque.
Amelia miró a Gael.
Confundida.
—¿Reino de qué?
Gael cerró los ojos un segundo.
Sabía que este momento llegaría.
Pero no tan pronto.
Cuando volvió a abrirlos…
La calma en su mirada había desaparecido.
Porque ahora la verdad comenzaba a alcanzarlos.
Y Amelia estaba justo en medio de ella.