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La Mujer Que Fingió Morir Y Regresó Irreconocible

La Mujer Que Fingió Morir Y Regresó Irreconocible

Status: Terminada
Genre:CEO / Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Amante arrepentido / Venganza de la Esposa / Completas
Popularitas:132
Nilai: 5
nombre de autor: Eva Belmont

Isadora Valença creía vivir un matrimonio perfecto… hasta descubrir que su marido la engañaba con su mejor amiga.

Poco tiempo después, un accidente la hace desaparecer.
Para todos, Isadora murió.

Años más tarde, regresa como Lívia Montenegro, una mujer fría, poderosa e irreconocible. Con una nueva identidad y un imperio en sus manos, su único objetivo es ajustar cuentas con el pasado.

El destino la pone nuevamente frente a frente con Adriano Bastos, el hombre que la destruyó. Arrepentido y marcado por la culpa, se enamora de Lívia… sin saber que ella es la esposa que cree haber perdido para siempre.

Entre venganza, deseo y sentimientos sin resolver, Isadora debe decidir:
¿revelar la verdad… o hacerlo pagar hasta el final?

Una historia de renacimiento, poder femenino y venganza emocional.

NovelToon tiene autorización de Eva Belmont para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Clara Bastos empezó a percibir que ya no estaba sola cuando el silencio pasó a incomodarla.

No el silencio común —aquel que viene después de un día cansativo o de una casa vacía—, sino un silencio atento, pesado, como si el aire estuviera siempre a la espera de algo. O de alguien.

Desde que la noticia había salido a la luz, su rutina se había desintegrado. Periodistas en la puerta, mensajes agresivos en las redes, miradas de reojo en los pocos lugares donde aún se arriesgaba a ir. Pero no era eso lo que la sacaba de quicio.

Era la sensación de estar siendo observada.

Aquella mañana, Clara salió de casa más temprano de lo habitual, gafas de sol cubriendo parte del rostro, la capucha del abrigo echada hacia delante. Caminó algunas manzanas antes de entrar en un café pequeño, casi escondido entre edificios antiguos. Se sentó cerca de la ventana, de espaldas a la pared, como había empezado a hacer automáticamente.

Mientras removía el café sin beberlo, sus ojos recorrían el ambiente en busca de algo fuera de lugar.

Nada.

Aun así, el corazón no desaceleraba.

El celular vibró.

Una notificación bancaria informando una movimentación mínima —una transferencia simbólica, casi irrelevante—. Clara frunció el ceño. No reconocía aquella cuenta. Abrió la aplicación con prisa, pero los detalles eran demasiado genéricos para identificar el origen.

—Debe ser un error —murmuró, intentando convencerse.

Pero no lo parecía.

En los días siguientes, pequeños acontecimientos comenzaron a acumularse. Un e-mail anónimo con apenas una frase —“Algunas verdades no mueren”. Un sobre vacío dejado en la portería del edificio. Un coche aparcado al otro lado de la calle por demasiado tiempo.

Nada concreto.

Todo suficiente.

Clara intentó hablar con Adriano aquella noche, pero él no contestó. Mandó mensajes cortos, directos, casi implorando por algún tipo de estabilidad. Recibió respuestas frías, distantes. Él estaba ocupado lidiando con su propia ruina pública.

Y Clara se sintió completamente sola.

En la oficina de la fundación, el clima era hostil. Las personas evitaban su mirada. Las conversaciones cesaban cuando ella se acercaba. El pasado, antes mantenido en secreto cómplice, ahora la seguía como una etiqueta invisible.

Traidora. Amante. La otra.

Durante una reunión, percibió algo que hizo que su estómago se revolviera: el nombre Montenegro en un informe de auditoría externa. No era una firma directa, solo una consultoría asociada. Aun así, Clara sintió un escalofrío subir por la espina dorsal.

Lívia.

Desde el evento benéfico, aquella mujer no salía de su mente. Había algo raro en ella. Algo que Clara había sentido en el primer apretón de manos y no había conseguido explicar. Una mirada que parecía atravesar capas, alcanzar lugares que deberían permanecer enterrados.

Aquella noche, Clara soñó con Isadora.

No la Isadora sonriente de las fotos, sino una versión silenciosa, parada en medio de un corredor oscuro, observándola sin expresión. Clara se despertó con el corazón acelerado, sudando frío.

—Esto es una locura —se dijo a sí misma, en voz alta.

Pero la locura comenzó a ganar método.

A la mañana siguiente, al salir del edificio, encontró una flor blanca apoyada en el capó del coche. Ningún billete. Ninguna explicación. Solo la flor, intacta, demasiado delicada para ser coincidencia.

Clara sintió que las piernas le flaqueaban.

A Isadora le gustaban las flores blancas.

Ella cerró los ojos por un instante, intentando alejar el recuerdo. Cogió la flor con cuidado y la tiró a la basura más cercana, como si pudiera descartar junto con ella la sensación creciente de culpa.

No funcionó.

Horas después, recibió una llamada de un número desconocido. Contestó.

—¿Aló?

El silencio del otro lado duró demasiado.

—¿Quién es? —Clara insistió, la voz temblorosa.

La llamada fue finalizada.

Aquella noche, Clara fue hasta el apartamento de Adriano sin avisar. Necesitaba verlo. Necesitaba algo sólido. Tocó el timbre con insistencia.

Él abrió, sorprendido.

—Clara, esto no es una buena idea ahora.

—¿Tú también sientes esto? —preguntó ella, entrando sin ser invitada—. ¿Esta sensación de que algo está… mal?

Adriano cerró la puerta, cansado.

—Estás paranoica —dijo—. Después de todo lo que ha pasado, es normal.

—No es paranoia —insistió ella—. Alguien está jugando conmigo. Cosas pequeñas. Calculadas.

—Los medios hicieron eso contigo —respondió él—. No busques enemigos donde solo hay consecuencias.

Clara lo encaró, frustrada.

—¿Y Lívia? —preguntó, de repente.

Adriano frunció el ceño.

—¿Qué pasa con ella?

—¿No te parece extraño? —Clara continuó—. Ella surge ahora, poderosa, intocable… y todo empieza a desmoronarse.

—Eso son celos de nuevo —respondió él, impaciente—. Tienes que parar con eso.

Clara sintió una rabia sorda crecer.

—Yo conozco a mujeres como ella —dijo—. Ellas no aparecen sin motivo.

—Estás proyectando —repuso Adriano—. Tal vez porque nunca hayas superado a Isadora.

El nombre fue un golpe bajo.

Clara retrocedió como si hubiera sido empujada.

—No te atrevas —susurró—. No tienes ese derecho.

Ella salió sin decir nada más, sintiendo el corazón latir descompasado. En el coche, lloró —no de arrepentimiento, sino de miedo.

Aquella madrugada, Clara percibió algo que hasta entonces había evitado admitir:

no era la exposición pública lo que la aterrorizaba.

Era la idea de que alguien estuviera organizando el caos a su alrededor.

Y que esa persona conocía sus secretos.

Al otro lado de la ciudad, Lívia Montenegro cerró un archivo en el laptop y borró el historial de acceso.

Todo estaba sucediendo dentro de lo esperado.

Clara comenzaba a moverse mal. A errar pasos. A aislarse. El miedo hacía eso con las personas.

Lívia caminó hasta la ventana y observó la ciudad adormecida.

—Ahora sientes —murmuró—. Lo que yo sentí sola.

La venganza no necesitaba prisa.

Necesitaba solo que Clara mirase por encima del hombro…

y nunca tuviera certeza de lo que encontraría allí.

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