"Ella es la inocencia que él no puede tocar. Él es el pecado que ella no puede evitar."
Lucía Bennet es dulce, romántica y nunca ha conocido el amor. Como asistente de Dante Moretti, sabe que él es un hombre prohibido: está comprometido con una heredera poderosa y una cláusula en su contrato le prohíbe acercarse a él bajo pena de una demanda millonaria.
Dante es implacable y frío, pero la pureza de Lucía ha despertado en él una obsesión que no puede controlar. Tras la fachada del CEO perfecto, se esconde un deseo insaciable que amenaza con destruirlo todo.
Atrapados en una suite en Milán, la línea profesional se rompe. Entre una boda por interés, una familia que exige obediencia y un contrato legal implacable, ambos se hunden en una pasión clandestina.
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El refugio de los Castkill
El aire de las montañas Catskill era fresco y puro, un bálsamo necesario después del asfixiante lujo de Milán y el caos de Manhattan. Lucía se encontraba sentada en el porche de la cabaña de madera que el novio de Dayan había alquilado, sosteniendo un libro que apenas había avanzado tres páginas. Su mente era un proyector que repetía, una y otra vez, la imagen de Dante en el aeropuerto y el sabor de su despedida.
—Lucía, deja de esconderte tras ese libro —dijo Dayan, saliendo con una cesta de mimbre—. Mark y Julian están bajando las cosas para el picnic junto al lago. ¡Vamos! El sol no va a durar siempre.
Lucía sonrió con suavidad. No quería ser una carga para su amiga. Se puso de pie, ajustando su cárdigan de lana sobre su vestido sencillo de flores. Al bajar los escalones, se encontró con Julian, el amigo del novio de Dayan. Él era un hombre apuesto, de una belleza tranquila y accesible; un médico que vestía vaqueros y una camisa a cuadros, alguien que encajaba perfectamente en el mundo de paz que Lucía siempre había imaginado para sí misma.
Julian se detuvo al verla bajar, y por un segundo, se quedó sin palabras. Lucía no se esforzaba, no llevaba diamantes ni vestidos de Valentino, pero en ese entorno natural, con su piel clara y su mirada melancólica, parecía sacada de una pintura.
—Permíteme ayudarte con eso, Lucía —dijo Julian, acercándose con una sonrisa amable para tomar la pequeña bolsa que ella cargaba. Sus dedos rozaron los de ella accidentalmente—. Espero que el aire de la montaña te esté sentando bien. Dayan dice que has tenido unas semanas... intensas en el trabajo.
—Algo así, Julian. Gracias —respondió ella, guardando una distancia prudencial.
Julian fue extremadamente atento durante todo el camino. Le ofrecía la mano para cruzar los senderos, le explicaba detalles sobre la flora local con una voz pausada y, sobre todo, la escuchaba. Para Lucía, era extraño. Julian no era un hombre de mando, no era alguien que irrumpía en una habitación y exigía atención; era simplemente alguien bueno. Sin embargo, mientras él hablaba, Lucía no podía evitar comparar ese silencio apacible con la tormenta que era Dante Moretti. Julian era la calma de un lago; Dante era el rugido del océano.
—Eres una mujer muy especial, Lucía —comentó Julian mientras se sentaban junto al lago—. Se nota que ves el mundo de una forma diferente. Me gustaría conocerte más cuando volvamos a la ciudad, si me lo permites.
Lucía bajó la mirada, sintiéndose incómoda bajo la intensidad de la admiración de Julian. Justo cuando iba a responder con una evasiva educada, el teléfono en su bolsillo vibró.
Era una llamada de un número desconocido con el prefijo de Nueva York.
—¿Diga? —respondió ella, alejándose unos pasos del grupo.
—¿Lucía Bennet? Habla Isabella Moretti.
La voz al otro lado de la línea era cálida, con una elegancia que recordaba a la de Dante, pero sin el filo cortante. Lucía sintió que el corazón se le detenía.
—Señora Moretti... —susurró.
—Oh, por favor, dime Isabella. Mi hermano me ha hablado tanto de ti que siento que ya te conozco —la mujer soltó una risa dulce, una que Dante nunca se permitiría—. Te llamo porque sé que estás en tus días de descanso, pero me gustaría citarte el lunes por la mañana en la sede de la Fundación. Quiero que veas tu nueva oficina y que tomemos un café. Necesitamos hablar de muchas cosas, y sospecho que algunas de ellas tienen que ver con el testarudo de mi hermano.
Lucía sintió un alivio inmenso al escuchar la amabilidad de Isabella.
—Estaré allí, Isabella. Muchas gracias por la oportunidad.
—No me agradezcas a mí. Dante fue muy insistente en que eres la mejor para este puesto... y en que debo cuidarte como si fueras de la familia —Isabella hizo una pausa—. Disfruta de tu retiro en las montañas, Lucía. Y ten cuidado... mi hermano tiene espías en todas partes cuando algo le importa.
Lucía colgó el teléfono, sintiendo un escalofrío. Miró hacia atrás, donde Julian la esperaba con una mirada llena de interés y esperanza. Isabella tenía razón. A kilómetros de distancia, en su oficina de cristal en Manhattan, Dante Moretti probablemente ya sabía que un hombre joven y guapo estaba intentando ganarse el corazón de su asistente. Y si algo sabía Lucía de Dante, era que él no sabía perder.