"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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La primera regla
La mañana en la mansión Volkov no trajo consigo el alivio de la luz del sol. Para Alessandra, el despertar en esa cama inmensa y extraña fue un recordatorio de que su vida ya no le pertenecía. Se vistió con rapidez, eligiendo nuevamente una blusa cerrada hasta el cuello y pantalones oscuros. Si Damian esperaba verla derrotada y en pijama, se llevaría una decepción.
Al bajar las escaleras, lo encontró en la terraza acristalada. Él estaba revisando unos documentos mientras desayunaba, luciendo impecable incluso en una situación informal.
—Siéntate —dijo él, sin levantar la vista.
—Buenos días para ti también —replicó Alessandra con sarcasmo, tomando asiento frente a él.
Damian dejó los papeles sobre la mesa y la observó. Sus ojos grises parecían analizar cada centímetro de su expresión, buscando una grieta en su armadura de orgullo.
—Hoy comienza nuestra semana, Alessandra. Espero que no hayas olvidado el trato. Si fallas una sola vez, las condiciones cambian.
—No lo he olvidado. ¿Cuál es tu primera regla? —preguntó ella, tratando de que su voz no temblara.
Damian se reclinó en su silla, cruzando los brazos sobre su pecho. Una sonrisa lenta y peligrosa apareció en su rostro.
—Regla número uno: A partir de este momento y hasta que se ponga el sol, no puedes estar a más de dos metros de distancia de mí. A donde yo vaya, tú vienes. Lo que yo haga, tú lo presencias.
Alessandra sintió un nudo en la garganta.
—¿Quieres que sea tu sombra? ¿Tu mascota?
—Quiero que entiendas quién es el hombre al que llamas enemigo —respondió él, su voz volviéndose seria—. Quiero que veas cómo manejo mi mundo, para que comprendas que intentar escapar de mí no es solo difícil, es un suicidio.
El día se convirtió en una tortura de proximidad. Damian no se quedó en la mansión; la obligó a subir a su coche blindado. Alessandra guardó silencio durante el trayecto, viendo cómo se alejaban de la ciudad hacia las zonas industriales del puerto. Al llegar a un edificio de acero gris que llevaba el logo de la antigua naviera de su padre, ahora bajo el control de Volkov, el pecho le dolió de rabia.
Entraron en una oficina amplia y fría. Antes de que ella pudiera protestar, la puerta se abrió y dos hombres de aspecto rudo, vestidos con trajes oscuros y expresiones de pocos amigos, entraron con maletines. Eran socios de la red rusa de Damian.
—Siéntate ahí —ordenó Damian, señalando un sofá de cuero justo detrás de su escritorio principal—. Y recuerda la regla: no te muevas de ese radio de dos metros.
Alessandra obedeció, sintiéndose como un trofeo de guerra puesto en exhibición. Los hombres se sentaron frente a Damian y comenzaron a hablar en un tono bajo y áspero sobre rutas de envío y "mercancía especial". Uno de ellos, un hombre con una cicatriz en la ceja, no dejaba de desviar la mirada hacia las piernas de Alessandra.
—¿Es ella la heredera de los Cavalli? —preguntó el hombre de la cicatriz con una sonrisa lasciva—. He oído que su padre la entregó por una miseria. Parece que los activos de la naviera no son lo único que vale la pena inspeccionar.
Alessandra se tensó, sintiendo el impulso de levantarse y abofetearlo, pero Damian fue más rápido. El ambiente en la sala se congeló. Damian dejó caer su bolígrafo sobre el escritorio con un golpe seco que sonó como un disparo.
—Ella no es parte de esta conversación —dijo Damian, su voz bajando a un tono gélido que hizo que el socio ruso borrara su sonrisa inmediatamente—. Pero es mi propiedad. No la miren, no la mencionen y, sobre todo, no vuelvan a pensar en ella a menos que quieran que esta sea la última reunión de sus vidas.
El silencio que siguió fue absoluto. Los hombres asintieron rápidamente, sudando a pesar del aire acondicionado, y terminaron la reunión en tiempo récord. Cuando salieron de la oficina casi huyendo, Alessandra finalmente explotó. Se levantó de un salto, invadiendo el espacio de Damian.
—¿"Propiedad"? —le espetó—. Me usas para marcar territorio frente a esos animales. Me haces quedarme aquí para que vean que me has ganado.
Damian se levantó lentamente, rodeando el escritorio hasta quedar frente a ella.
—En este mundo, Alessandra, si no dejas claro qué es tuyo, otros intentan tomarlo. —Él se inclinó, obligándola a retroceder contra el borde del escritorio—. Y esos hombres son buitres. Si no supieran que me perteneces a mí, ya estarían planeando cómo sacarte de aquí para venderte al mejor postor.
—Yo no te pertenezco —susurró ella, aunque su corazón golpeaba su pecho con una fuerza traicionera.
—El contrato en mi caja fuerte dice lo contrario —respondió él, rozando con el dorso de sus dedos el cuello de ella—. Todavía faltan cinco horas para que se ponga el sol, cara (querida). Y nuestra sombra sigue siendo una sola.