Karol Bellandi lo perdió todo en cuestión de semanas. La empresa que levantó con años de esfuerzo está al borde de la quiebra, las deudas la persiguen y el embargo de su casa termina de destruir el mundo que construyó con sacrificio.
Sin opciones y desesperada por salvar lo único que le queda de su padre, acepta buscar ayuda del frío y poderoso empresario Nathanael Moretti.
Nathanael no cree que asociarse con Karol sea una buena inversión. Para él, ella solo es una empresaria en caída libre. Sin embargo, intrigado por la determinación de Karol, le propone un trato: si logra conquistar al cliente más importante del próximo proyecto, considerará firmar el contrato que podría salvar su empresa.
Obligada a convivir con él después de quedarse sin hogar, Karol descubre que detrás de la arrogancia de Nathanael existe un hombre marcado por secretos y heridas del pasado. Lo que comienza como un acuerdo estrictamente profesional pronto se convierte en una tensión imposible de ignorar.
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Capitulo 24
La puerta se cerró tras ella con un golpe suave que resonó como un adiós definitivo en todo el pasillo. Karol se detuvo un instante, apretando con fuerza el asa de su maleta, sintiendo cómo el frío de la madrugada calaba en sus huesos. Hacía apenas unas horas, ese lugar era su refugio; ahora era solo un muro que la separaba de todo lo que le importaba.
Caminó despacio hasta la salida del edificio, y al llegar a la acera, se detuvo a mirar hacia la ventana del apartamento donde había compartido tantas confesiones. No había luces encendidas. Nathanael se había quedado allí, convencido de que ella era una mentirosa.
—No puedo creerlo —murmuró entre lágrimas—. Después de todo… volvió a cerrarme la puerta en la cara.
Pero entonces, recordó la promesa que se había hecho a sí misma, y la confianza que su padre siempre tuvo en ella. Sacó el pañuelo, se secó las mejillas y enderezó la espalda. No podía quedarse allí llorando: si se rendía, Bianca ganaría, y la verdad quedaría oculta para siempre.
—No voy a dejar que te salgas con la tuya —dijo con voz firme, mirando a la nada—. Y no voy a aceptar que él crea que lo usé. Tengo que demostrar que todo es una trampa.
Empezó a caminar sin rumbo fijo, pensando en dónde buscar. Sabía que Bianca no habría podido falsificar esos documentos sin dejar rastro: alguien debió haberle dado acceso a los archivos, o las copias originales debían guardarse en algún lugar seguro.
—Los correos… las fechas —se dijo a sí misma—. Si logro encontrar los registros originales, o quién le entregó esa información, tendré la prueba. No importa cuánto tarde, ni qué tan difícil sea: voy a limpiar mi nombre. Y voy a hacer que él sepa la verdad.
Aunque el camino se veía oscuro y lleno de incertidumbre, ya no caminaba sola: llevaba consigo la certeza de su inocencia y la determinación de no perder lo que realmente valía la pena.
Caminó hasta encontrar un banco en una plaza cercana, donde la luz de las farolas apenas alumbraba, y dejó la maleta a sus pies. El cansancio le pesaba en los hombros, pero la rabia justa y el amor que sentía por Nathanael eran más fuertes que cualquier agotamiento. Sacó su teléfono y empezó a repasar mentalmente cada paso: Bianca había necesitado acceso a correos antiguos, a papeles personales, a datos que solo quienes habían estado muy cerca de la familia podían conocer.
—No lo hizo sola —murmuró, mordiéndose el labio—. Alguien le ayudó a manipular las fechas, a imitar mi letra, a entrar en los archivos. Y quien lo hizo, seguro dejó una huella.
Recordó entonces al antiguo asistente de su padre, quien conocía todos los sistemas y guardaba copias de seguridad de cada documento importante en un servidor externo, al que solo él y su padre tenían acceso. Si lograba dar con él, podría demostrar que esos supuestos planes previos nunca existieron.
Se puso de pie de golpe, con una nueva chispa de esperanza en el pecho. Ya no se sentía tan perdida: tenía un rumbo, tenía una forma de probar su inocencia. Y aunque el miedo a fracasar seguía ahí, ya no era capaz de detenerla.
—No voy a dejar que la mentira se quede con todo —se prometió a sí misma mirando hacia las luces de la ciudad—. Ni con mi nombre, ni con mi empresa, ni con él. Voy a recuperar lo que es mío por derecho, y lo que nos pertenece por amor.
Cogió de nuevo su maleta y echó a andar con paso decidido. El camino sería largo y difícil, y no sabía qué obstáculos le esperaban, pero por primera vez desde que salió de ese apartamento, no caminaba hacia la incertidumbre: caminaba hacia la verdad.