**Soy Madre del Hijo Mafioso por Accidente**
Solo quería ayudar a una niña perdida en el centro comercial, pero terminé siendo adoptada por ella… ¡y aceptada por su padre mafioso!
Ahora vivo en una mansión, tengo guardaespaldas siguiéndome y una pequeña que insiste en llamarme mamá.
¿Y su padre? Un hombre despiadado que parece dispuesto a concederle todos sus caprichos, incluso quedarse conmigo.
¡Yo no soy un perro para que me adopten! ¡Y mucho menos la esposa de un mafioso!
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Capitulo 14
Zhener no supo cuánto tiempo permaneció sentada en el suelo, junto a la cama, con las rodillas contra el pecho.
No escuchó regresar a Adrián.
A la mañana siguiente, alguien llamó suavemente a su puerta.
—¿Mami?
Zhener se incorporó de golpe. Se limpió la cara con las manos y miró el reloj.
—Pasa, mi amor.
Sofía abrió la puerta con cuidado. Llevaba un pijama con pequeños conejos y abrazaba un peluche contra el pecho. Al verla, no corrió hacia ella como de costumbre. Se quedó junto al marco, observándola con una preocupación demasiado seria para una niña de su edad.
—¿Todavía estás triste?
La pregunta le apretó el corazón.
—Un poquito —admitió Zhener, apartando la manta para hacerle sitio—. Pero no es por ti. Tú no hiciste nada malo, ¿recuerdas?
Sofía asintió y trepó a la cama. Se acomodó junto a ella, apoyando la cabeza en su brazo.
—Cuando yo estoy triste, papi me compra helado.
Zhener soltó una risita ronca. La niña levantó la cabeza como si acabara de presenciar un milagro.
—¿Te reíste?
—No te emociones. Fue un accidente.
—Entonces voy a contarle a papi que necesitas mucho helado.
—Eso sería un abuso de poder.
—¿Qué es abuso de poder?
—Algo que hacen los adultos cuando creen que pueden conseguir cualquier cosa.
Sofía lo pensó un momento.
—Como papi.
—Exactamente como tu papi.
Las dos se miraron y esta vez la sonrisa de Zhener duró un poco más. No borró el dolor, pero le permitió respirar sin sentir que se ahogaba en él.
Sofía le acarició la mano con sus dedos pequeños.
—No quiero que te vayas.
La sonrisa desapareció despacio. Zhener tragó saliva y le acomodó un mechón detrás de la oreja.
—No tienes que preocuparte por eso ahora, pequeña.
—Pero si te vas, ¿quién va a dormir conmigo cuando tenga pesadillas?
—Tu papá.
—Papi ronca.
—Entonces tendrás que conseguirle una almohada para taparle la boca.
Sofía abrió los ojos, escandalizada y encantada al mismo tiempo.
—¡No puedo taparle la boca a un jefe de la mafia!
—Buena observación. Podría despedirte.
La niña se rio, y Zhener la abrazó. Esta vez no se obligó a hacerlo para tranquilizarla. Quería tenerla cerca.
Unos minutos después, la niñera apareció para avisar que el desayuno estaba servido. Sofía se bajó de la cama, pero antes de salir tomó la mano de Zhener.
—Ven conmigo. Si comes conmigo, no estarás triste sola.
Así que Zhener se levantó, se lavó la cara y se puso una blusa limpia.
Al entrar al comedor, encontró a Adrián sentado en la cabecera. Llevaba una camisa negra, las mangas remangadas y el teléfono junto al plato. Dos hombres esperaban cerca de la puerta.
—Buenos días —dijo él.
—Depende de a quién le preguntes.
Adrián dejó el teléfono boca abajo.
—¿Quieres que mande traer algo?
—Un padre nuevo, si tienes alguno disponible.
El silencio cayó sobre la mesa. Sofía miró primero a Zhener y después a su padre, sin entender del todo. Zhener se arrepintió al instante de haberlo dicho delante de ella.
—Pequeña, ¿puedes pedirle a la niñera que te prepare fresas? —preguntó con suavidad.
Sofía vaciló, pero Adrián asintió. La niña salió acompañada por la niñera y la puerta se cerró.
Zhener no miró a Adrián.
—No debí decirlo delante de ella.
—No tienes que disculparte conmigo por estar herida.
Aquella respuesta la hizo levantar la vista.
—¿Y tú qué sabes de estar herido? —preguntó—. Cuando alguien te lastima, ¿te sientas a llorar o haces que lo entierren?
—Depende de quién sea.
—Qué respuesta tan reconfortante.
—No intento reconfortarte.
—Por fin dices algo honesto.
Adrián aceptó el golpe sin cambiar de expresión. Después empujó hacia ella una taza de té y un plato de tostadas.
—Come algo.
—No me des órdenes.
—Entonces considera que es una sugerencia.
—Una sugerencia con guardaespaldas.
—Los guardaespaldas no están aquí.
Zhener miró hacia la puerta.
—Están al otro lado, ¿verdad?
—Sí.
—Eres desesperante.
—También me lo han dicho.
Ella rodeó la taza con las manos, pero no bebió. Había una pregunta que no quería hacer porque temía la respuesta. Aun así, necesitaba saberlo.
—Anoche… ¿por qué me ayudaste?
Adrián no respondió enseguida.
—Porque estaban golpeándote delante de mí —dijo al fin—. Y porque no permitiré que nadie te toque de esa manera mientras estés bajo mi protección.
—No soy una de tus propiedades.
—Lo sé.
La respuesta la descolocó más que una discusión.
—No actúas como si lo supieras.
—No —admitió él—. No suelo hacerlo.
Zhener bajó la mirada hacia la taza. No iba a perdonarlo por una frase, ni a confundir protección con libertad. Pero tampoco podía fingir que aquella noche no había importado.
—No quiero que vuelvas a decidir por mí cómo debo sentirme —dijo—. Ni que uses lo de anoche para exigirme gratitud.
—No te la exigiré.
—Y no soy tu mujer.
Adrián sostuvo su mirada.
—Eso todavía tendremos que discutirlo.
—¡No hay nada que discutir!
La puerta se abrió y Sofía regresó con un cuenco de fresas. Ambos callaron. La niña se sentó entre ellos, satisfecha, sin advertir la tensión.
Adrián volvió a mirar el teléfono cuando vibró, pero no contestó enseguida. Sus ojos se desviaron hacia las mejillas de Zhener, todavía enrojecidas. Ella lo descubrió y alzó una ceja, desafiante. Él apartó la vista sin hacer comentarios. Ese pequeño gesto, tan distinto de sus órdenes habituales, la dejó más desconcertada de lo que quería admitir.
Zhener tomó una tostada, aunque no tenía hambre. Por primera vez desde la fiesta, consiguió comer algo. Era apenas un desayuno compartido, con una niña que la quería y un hombre al que todavía no sabía cómo enfrentar.
Por ahora, tendría que bastar.
Adrián suspiró y dejó el teléfono sobre la mesa. Parecía dispuesto a prestar atención a algo que no fuera una amenaza, un negocio o una orden.
—Mira, cariño —dijo—. Sé que no te gusta que te haga preguntas, pero lo haré. ¿De acuerdo?
Lo miré con desconfianza, mordiendo una tostada que ya estaba fría.
—Depende de la pregunta. Si vas a preguntarme si quiero casarme contigo, la respuesta sigue siendo no. Si vas a preguntarme si quieres que te arrojes por una ventana, podemos negociar.
Sofía soltó una risita dentro de su vaso de leche.
Adrián ni siquiera pestañeó.
—Haremos algo que te haga sentir mejor.
Parpadeé.
—Amo tu honestidad —dije.
Él ladeó la cabeza.
—Soy el jefe de la mafia. No voy a fingir ser una buena persona porque no lo soy, y eso me enorgullece. Así que te lo voy a volver a preguntar: ¿quieres hacer algo que te haga sentir mejor?
No tuve que pensarlo.
—Por supuesto. Quiero un fin de semana en la playa.
Adrián se quedó mirándome.
Sofía dejó la cuchara en el plato.
—¿Con castillos de arena? —preguntó.
—Con castillos de arena, helado y una cama enorme donde nadie me diga qué hacer. Y nada de entrenamiento durante cuarenta y ocho horas.
—Eso último parece negociable —dijo Adrián.
—No estoy negociando. Estoy presentando una lista de necesidades humanas básicas.
—¿Y quién dijo que iremos a un hotel?
Entrecerré los ojos.
—Si piensas llevarme a una cabaña aislada para enterrarme, no pienso ayudarte a cavar mi tumba.
—Tengo una casa en la costa.
—Claro que tienes una casa en la costa. Seguro tienes una isla privada, un submarino y un cocodrilo entrenado para cuidar la entrada.
—No tengo un cocodrilo.
—Qué decepción. Ya tenía nombre.
Sofía se rio tan fuerte que casi derramó la leche. Adrián le acercó una servilleta antes de volver a mirarme.
—Podemos ir mañana.
Me quedé inmóvil con la tostada a medio camino de la boca.
—¿Mañana?
—Sí.
—¿Y no vas a poner condiciones extrañas? ¿No tengo que firmar un documento con mi sangre ni prometer que jamás intentaré escapar?
—Si intentas escapar, mis hombres te encontrarán.
—¡Eso no es una respuesta tranquilizadora!
—No pretendía que lo fuera.
—Quiero ir porque necesito descansar —aclaré—. No significa que te haya perdonado por secuestrarme ni por decidir cosas sobre mi vida.
—Lo entiendo.
Adrián tomó su teléfono.
—Nicolás, prepara la casa de la costa. Saldremos mañana por la mañana. Lleva seguridad, pero que se mantengan a distancia salvo que haya una amenaza.
—¿Y la piscina? —pregunté enseguida.
Adrián levantó la vista.
—¿Qué pasa con ella?
—Quiero saber si la casa tiene piscina.
—Tiene piscina, acceso privado a la playa y una terraza.
—¿Jacuzzi?
—Sí.
—¿Cocina con una persona que prepare lo que yo quiera?
—También.
—Sofía, creo que tu padre acaba de hacer algo bueno.
—¿Entonces ya no estás triste, mami?
La pregunta borró mi sonrisa. La niña esperaba una respuesta sencilla que yo no podía darle.
Me incliné y le acomodé el cuello del vestido.
—Todavía estoy triste, mi amor. Pero creo que unos días junto al mar me ayudarán a respirar un poquito.
Sofía asintió, aceptándolo con la seriedad de quien acaba de recibir una tarea importante.
—Entonces yo voy a ayudarte a hacer castillos. El mío será más grande que el de papi.
—Eso no será difícil —murmuré.
—Te escuché —dijo Adrián.
—Era la idea.
Sofía se bajó de la silla y anunció que necesitaba llevar su cubo amarillo, su pala rosa y todos sus muñecos a la playa. Salió corriendo antes de que alguien pudiera recordarle que todavía no habíamos preparado las maletas.
La observé marcharse. Me estaba encariñando con ella mucho más de lo previsto, y eso hacía más difícil recordar que mi estancia en aquella mansión no había sido una elección.
—También quiero un sombrero enorme —añadí—. Y gafas de sol para parecer una mujer rica que esconde cadáveres.
—¿Cuántos? —preguntó Adrián.
—No responderé sin mi abogado.
Sofía apareció.
—¿Puedo llevar mi vestido de sirena?
—Lo que quieras.
—¿Y papi?
—Que lleve una camisa que no parezca de funeral.
Adrián miró su camisa negra.
—Es ropa normal.
—Para un funeral, sí.
Sofía se rio y desapareció. Yo también sonreí. La casa seguía siendo una prisión y Adrián, mi secuestrador. Pero mañana habría mar y un horizonte que no terminaba en las paredes de la mansión. Podría mirar algo sin cerraduras.
Adrián se levantó y rodeó la mesa, deteniéndose a una distancia prudente de mi silla.
—No tienes que fingir que estás bien para que ella se sienta mejor —dijo en voz baja.
—¿Y tú no tienes que fingir que eres considerado para que yo no te lance la taza?
—Puedes intentarlo. Aunque te recomiendo elegir una más pesada.
Una risa se me escapó antes de que pudiera contenerla. Él la oyó, pero tuvo la sensatez de no señalarlo.
—Hay una cosa más —dije.
—Te escucho.
—En la playa quiero caminar sola, si me apetece. No quiero que tres hombres armados me sigan hasta el agua como si fuera una sospechosa.
Adrián tensó la mandíbula.
—No voy a dejarte sin protección.
—No te pedí que lo hicieras. Te pedí que dejaras de convertir cada minuto de mi vida en una vigilancia.
Me sostuvo la mirada durante varios segundos.
—Habrá seguridad cerca, pero no encima de ti —concedió—. Si veo una amenaza, intervendré.
—Y yo decidiré si quiero helado de chocolate o de fresa.
—Eso sí que es una decisión peligrosa.
Me puse de pie, recogí mi taza y pasé a su lado.
—Preocúpate por tu cocodrilo imaginario, mafioso.
—Zhener.
Me detuve en la puerta y volví la cabeza.
—¿Qué?
—Mañana iremos a la playa.
No prometió que todo estaría bien ni me pidió olvidar lo ocurrido. Solo confirmó el plan. Por una vez, lo importante no era que yo lo quisiera a él, sino que pudiera elegir algo para mí.
Y, aunque todavía no confiaba en Adrián Volkov, ya estaba pensando en qué traje de baño metería en la maleta.
Espero más capítulos
Lo malo que está en emoción