Durante tres años, Valeria Rivas cuidó de su esposo mientras él permanecía en coma. Cuando Alejandro Montenegro despertó, ella creyó que por fin llegaría su oportunidad de ser amada. Pero el regreso de su primer amor convirtió esa esperanza en una humillación.
Para él, Valeria era una muchacha del campo que no estaba a su altura. Para sus amigos, la esposa que sobraba.
Hasta que ella le entregó los papeles del divorcio.
El motivo: «Mi esposo no cumple en la cama».
Alejandro fue a exigirle explicaciones. Esperaba encontrar a una mujer suplicando que no la dejara. En cambio, encontró a una Valeria que ya no pensaba bajar la cabeza… y que ocultaba mucho más de lo que él imaginaba.
Ella lo recibió con una sonrisa.
—Señor Montenegro, ¿viene a pedir cita con el urólogo?
NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17
Capítulo 17. Cada uno por su lado
¿Una reunión para conocer hombres? La expresión de Alejandro se volvió helada. Se desabrochó la camisa.
Entraron varios mensajes más de Dani, acompañados de notas de voz que se reprodujeron automáticamente y resonaron con claridad por el dormitorio.
—Mira este, Val. Un hombre de gimnasio con ocho abdominales marcados. ¿Te gusta? Podrías dormir con la cabeza apoyada en ellos.
—¿Y este? Un chico tímido y dócil. Parece que sería muy divertido.
—Este es un empresario de élite con anteojos de marco dorado. Frío, inalcanzable… ¿Quieres que se arrodille y te cante que lo conquistaste?
—Todos son para tu harén, Val. Elige al que quieras.
Alejandro apretó los labios hasta convertirlos en una línea amenazante. No sabía que Valeria disponía de semejante colección de hombres atractivos.
Ella tomó el teléfono y respondió con una nota de voz.
—De acuerdo. En un rato llego.
Se volvió y encontró a Alejandro detrás. Le tendió la hoja que tenía en la mano.
—La receta de las preparaciones medicinales de tu abuela. Los martes, jueves y sábados deben hervir la preparación a fuego fuerte durante una hora y dársela caliente.
Él bajó la vista. Eso era lo que había estado escribiendo: una receta con muchos ingredientes medicinales, en su letra pequeña y elegante.
—¿Sabes medicina?
—Sí. Estudié un poco —contestó ella sin darle importancia.
Alejandro no tomó la hoja.
—Por seguridad, haré que un médico la revise.
Valeria sabía que él la despreciaba. Para él no era más que una muchacha del campo. Podía entenderlo; después de todo, Alejandro Montenegro era un hombre excepcional. Dejó la receta sobre la mesa y tomó su bolso.
—No volveré a esta casa. Busca un momento para decirle a tu abuela que vamos a divorciarnos.
Quiso salir, pero él le atrapó la muñeca.
—¿Adónde vas a estas horas?
Obligada a detenerse, Valeria forcejeó un par de veces para soltarse.
—Suéltame, señor Montenegro.
Alejandro observó su expresión fría y distante. No se parecía en nada a la de la noche anterior, cuando se aferraba a él, lo provocaba con los ojos húmedos y lo besaba por todas partes como una gatita ansiosa. Ella lo había tentado, y ahora se apartaba como si nada.
Él soltó una risa fría.
—¿A quién vas a buscar? ¿Al de los ocho abdominales, al tímido o al empresario inalcanzable? No sabía que te gustaba tanta variedad. Ten cuidado de no volver con una enfermedad asquerosa.
Como tenía una muñeca sujeta, Valeria lo abofeteó de revés con la mano libre. El golpe le giró la cara; a ella le quedó la palma entumecida por la fuerza que había usado.
Los ojos de Alejandro se cargaron de furia. La empujó; la parte de atrás de sus rodillas chocó con el borde de la cama y ella cayó sobre el colchón. Enseguida él se inclinó encima, cubriéndola con su sombra.
—¿Ya te acostumbraste a pegarme?
Era la segunda bofetada. Ni Camila se atrevía a tocarlo. Bastaba que él mostrara un poco de disgusto para que ella intentara contentarlo. ¿Qué creía Valeria que era? ¿Alguien a quien podía pegar cuando se le antojara?
Valeria lo miró con frialdad.
—Así que sabes que estar con varios hombres puede traer enfermedades. ¿Anoche se te olvidó cuando querías buscarme uno o varios?
Alejandro se quedó desconcertado. Ella yacía debajo de él, con el cabello negro extendido sobre las sábanas rojas del dormitorio conyugal que su abuela había preparado personalmente. El rojo hacía resaltar su piel blanca de una manera sensual.
Si estuviera así debajo de otro hombre…
Cerró el puño. Quiso explicarle que había enviado un antídoto, no un hombre para acostarse con ella. Pero las palabras no le salieron.
—Apártate —dijo Valeria.
Le pedía que se apartara. Él no se movió. Ella empezó a forcejear; solo pensar que la noche anterior había llevado a Camila a Villa del Bosque le quitaba cualquier deseo de que la tocara.
—¡Apártate, Alejandro! Acabas de acostarte con ella. ¿Por lo menos te lavaste?
Él le tomó las dos manos y las sujetó contra la cama.
—¡Quédate quieta!
Valeria no pensaba obedecer. Se resistió con más fuerza, retorciéndose debajo de su cuerpo firme como una pequeña serpiente. La tela fina de la ropa no impedía el roce entre ambos.
Alejandro recordó cómo lo había besado la noche anterior, acurrucada contra él. Lo recordaba todo. Una oleada de deseo lo atravesó y le alteró la mirada.
Valeria lo sintió enseguida y dejó de moverse. Lo observó, sorprendida.
—¿Estás…?
Él maldijo para sus adentros. La soltó y se incorporó de inmediato.
—¡No!
Ella también se sentó.
—Pero…
Alejandro le dirigió una mirada.
—Estás tan enojada porque anoche fui con Camila en lugar de quedarme contigo. ¿Qué te imaginabas? ¿Que iba a tocarte?
Valeria palideció ante la humillación. Así que se había hecho ilusiones. ¿Cómo iba él a desearla?
Se puso de pie.
—Entonces no te metas con los hombres con los que quiera divertirme.
El rostro de Alejandro se ensombreció.
—¡Tú…!
Verlo furioso la hizo sonreír.
—Avísame cuando tengas tiempo para el divorcio. Mientras seguimos casados, tú puedes divertirte por fuera y yo también. Cada uno por su lado.
Recordó algo más y bajó los ojos hacia la boca de él.
—Practica esos besos cuando puedas. ¿De verdad sabes besar, señor Montenegro?
Y se marchó.
Alejandro quedó sentado en la cama, con el pecho subiendo y bajando. Una rabia sin nombre lo envolvía en una oscuridad amenazante. ¡Maldita mujer! ¿Qué tenían de malo sus besos? ¿Por qué insistía tanto en ellos?
Soltó una risa desdeñosa. Era una provocación, eso era. Quería incitarlo a besarla otra vez, igual que cuando decía que él no funcionaba. No había cambiado sus trucos.
Sabía perfectamente que una mujer como Valeria, con algo de belleza y ningún talento, no era su tipo. Si la había deseado dos veces, solo se debía a que era un hombre normal.
Sonó el teléfono. Era Camila. Su ceño se relajó.
—Cami.
La voz de ella sonó alegre.
—Ven al club, Alejandro. Sebastián volvió hoy al país. ¿Te olvidaste de darle la bienvenida?