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Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Malentendidos / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:7.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.

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Capítulo 11: La furia del heredero

El rugido de las aspas del helicóptero Sikorsky de Prescott Global cortó el aire gélido sobre el helipuerto de la Torre Prescott en Wall Street.

Apenas los patines de aterrizaje tocaron la plataforma de hormigón, la compuerta presurizada se abrió de golpe. Andrew Prescott saltó al exterior sin esperar la escalerilla. Llevaba una camisa oscura arremangada, el abrigo largo de cachemira abierto al viento y los ojos inyectados en una furia fría y calculadora que hizo que los cuatro escoltas de seguridad retrocedieran un paso instintivo.

Al final de la pasarela acristalada, apoyado en su bastón con empuñadura de cabeza de lobo, esperaba Arthur Prescott.

El patriarca no vestía bata de descanso ni mostraba fatiga a pesar de ser casi la medianoche. Sus ojos grises, duros como diamantes industriales, observaron a su nieto avanzar con zancadas largas y letales.

—¿Te divertiste jugando a ser chofer de alquiler, Andrew? —espetó el anciano con su habitual voz de lija—. ¿O necesitas otros dos mil dólares para comprarte un metro subterráneo?

Andrew no aminoró el paso. Se detuvo a medio metro de su abuelo, sosteniéndole la mirada con una ferocidad que rivalizaba con la del patriarca.

—Guárdate el sarcasmo para tus memorias, Arthur. ¿Dónde está Richard Belmont?

—En su mansión del Upper East Side, bebiendo coñac de reserva y convenciéndose a sí mismo de que salvó el honor de su patético linaje —respondió el anciano, dando un golpe seco con el bastón sobre el mármol del vestíbulo—. Vino a mi oficina hace cuatro horas, arrastrándose como una babosa. Me dijo que su hija había resultado ser una deshonra sin moral, que se había casado con un don nadie en Nevada para sabotear el pacto y que la había desterrado sin un solo centavo para demostrarme su lealtad corporativa.

Andrew apretó la mandíbula con tanta fuerza que un músculo saltó en su mejilla. Sus puños se cerraron dentro de los bolsillos del abrigo.

—¿Y tú qué le dijiste?

Arthur soltó una carcajada áspera, desprovista de humor.

—Le dije que era un imbécil integral por no saber educar a sus vástagos, pero que admiraba su mano dura. No le dije la verdad todavía. Quería que estuvieras presente cuando le cayera el techo encima. Además... —el viejo zorro clavó sus pupilas hundidas en las de su nieto—, todavía no supero el hecho de que esa chiquilla me haya llamado monstruo decrépito y momia viviente. Tengo ochenta y dos años, Andrew, pero mi mente sigue manejando este país. ¿De verdad cree que necesito un respirador artificial para cerrar un negocio?

—Ella vio entrar a un anciano amargado con un bastón mientras su propio abuelo le decía: «Ahí viene tu prometido». ¿Qué querías que pensara? —replicó Andrew con un filo venenoso—. Antonella tiene más agallas en el dedo meñique que toda la junta directiva de este consorcio. Tuvo el coraje de arrojarse frente a mi auto para no arrodillarse ante ti. Y ahora está en la calle, sin dinero y sin protección, porque el bastardo de su padre pensó que eso complacería al Lobo de Acero.

El rostro de Arthur se tensó ligeramente. Por debajo de la soberbia, el patriarca reconoció una chispa peligrosa en los ojos de Andrew: no era el disgusto de un heredero contrariado por una cláusula rota; era la furia territorial de un hombre cuya mujer había sido vulnerada.

—¿Los autos están listos abajo? —preguntó Andrew, girándose hacia el jefe de escoltas.

—Tres camionetas blindadas y el Maybach personal del señor Arthur en la entrada principal, señor Prescott —confirmó el jefe de seguridad con voz firme.

Arthur sonrió con una malicia sombría y alzó el bastón.

—Vamos a hacerle una visita de cortesía a los Belmont. Quiero ver qué color toma la cara de Richard cuando descubra que convirtió a su única hija en la esposa legítima del dueño de todas sus deudas bancarias... y luego la echó a patadas.

En la sala principal de la mansión Belmont, el ambiente pretendía ser de calma restaurada, pero apestaba a derrota contenida.

Richard Belmont estaba de pie junto a la chimenea encendida, con un vaso de cristal tallado en la mano derecha. El fuego crepitaba, arrojando reflejos dorados sobre los retratos al óleo de cuatro generaciones de banqueros que decoraban las paredes. Frente a él, Eleanor Belmont permanecía desplomada sobre el diván, con los ojos hinchados de tanto llorar y la mirada perdida en la alfombra vacía donde horas antes su hija había arrojado el certificado de matrimonio.

—Deja de sollozar, Eleanor —ordenó Richard con fastidio, bebiendo un sorbo largo de coñac—. Hicimos lo que cualquier familia de nuestra posición debía hacer. Antonella cruzó una línea intolerable. Si permitíamos que se saliera con la suya, Arthur Prescott nos habría aniquilado en la apertura de Wall Street de mañana por la mañana. Al desheredarla públicamente y cortar todo lazo con ella, le demostré a Arthur que los Belmont no toleramos traiciones.

—¡Es tu hija, Richard! —gimió Eleanor con la voz rota—. ¡La dejaste sin techo, sin fondos, sin nada! ¿Adónde va a ir con ese... con ese chofer de mala muerte?

—A donde pertenecen los fracasados: a la miseria —sentenció él con una crueldad pétrea—. Cuando el hambre le apriete y ese tipejo de Las Vegas le robe los pocos dólares que lleva en el bolso, volverá arrastrándose a esta puerta de rodillas. Y entonces aceptará casarse con quien yo le ordene y como yo le ordene.

Antes de que Eleanor pudiera responder, el estruendo de neumáticos frenando sobre la grava del patio exterior interrumpió la noche. Segundos después, las alarmas perimetrales emitieron un pitido intermitente y el sonido de puertas cerrándose con pesadez marcial resonó en todo el vestíbulo.

El mayordomo principal apareció en el arco de la sala, con el rostro blanco como el papel.

—Señor Belmont... disculpe la intrusión, pero... no pudimos detenerlos.

Las pesadas puertas de caoba de la entrada fueron empujadas de par en par.

Richard se giró con el ceño fruncido, dispuesto a despedir al personal de seguridad, pero las palabras se le congelaron en la garganta. Cuatro hombres de traje oscuro y corte militar tomaron posiciones a los lados del pasillo, flanqueando la entrada de dos figuras que congelaron el aire de la estancia.

Arthur Prescott avanzó con su paso lento y firme, la empuñadura de plata de su bastón brillando bajo la luz de las arañas de cristal. Pero no venía solo. A su derecha caminaba un hombre joven, de hombros anchos, mandíbula de piedra y una presencia tan abrumadora que Richard sintió un vacío repentino en el estómago.

Era Andrew Prescott. El prodigio que había desmantelado monopolios en Europa. El heredero ausente.

—Arthur... señor Prescott —tartamudez involuntaria tiñó la voz de Richard, mientras se apresuraba a dejar el vaso sobre la repisa de la chimenea y avanzaba con una sonrisa forzada y sumisa—. No esperaba su visita a estas horas. Si hubiera sabido...

—Cierra la boca, Richard —cortó Arthur con una voz que cayó como una losa de granito sobre el salón. El anciano ni siquiera lo miró; se limitó a señalar el sillón principal con el bastón—. Tu departamento legal me informó esta tarde que tomaste medidas drásticas respecto a la insolencia de tu hija.

Richard cuadró los hombros, tratando de recuperar un ápice de dignidad aristocrática frente al joven Andrew, cuyos ojos ámbar lo escaneaban como si fuera un insecto bajo una lente de aumento.

—Así es, Arthur. Les garantizo a ambos que la conducta de Antonella no quedará impune. La desheredé formalmente. La expulsé de mi casa y he ordenado el bloqueo total de sus activos en todos los bancos de Manhattan. Esa mocosa se atrevió a traer un papel ridículo de una capilla de Las Vegas, diciendo que se casó con un vulgar taxista para arruinar nuestra alianza. Pero yo le demostré que el honor de los Belmont no se mancha con la escoria de la calle.

Un silencio espeso y claustrofóbico se apoderó de la sala.

Andrew dio dos pasos al frente. Su abrigo negro se abrió ligeramente, dejando al descubierto la postura tensa de un depredador a punto de despedazar a su presa.

—¿Un vulgar taxista, señor Belmont? —la voz de Andrew era baja, modulada con una calma tan gélida que resultaba diez veces más aterradora que cualquier grito.

Richard parpadeó, desconcertado por el tono del joven magnate.

—Sí, Andrew... comprendo tu indignación como el prometido ofendido. Imagino la humillación que sientes al saber que prefirió a un chofer miserable antes que a un hombre de tu estirpe. Pero te doy mi palabra de que haré que la policía rastree a ese muerto de hambre y...

—Ese muerto de hambre —interrumpió Andrew, sacando despacio una mano del bolsillo para arrojar sobre la mesa de centro un sobre lacrado con el sello judicial de Nevada y una tarjeta corporativa de titanio— era yo.

Richard se quedó paralizado. Su mirada bajó automáticamente a la mesa. Vio la tarjeta negra con las letras plateadas: Andrew Prescott – Vicepresidente Ejecutivo. Y junto a ella, la copia idéntica del acta de matrimonio que él mismo había arrojado al suelo horas antes sin molestarse en leerla por el asco.

El nombre en el casillero del contrayente masculino no era ningún alias callejero. Rezaba con absoluta validez jurídica federal: Andrew Arthur Prescott.

—¿Qué...? —el aire abandonó los pulmones de Richard. Las rodillas parecieron doblársele bajo el peso de su propio cuerpo. Miró a Andrew, luego a Arthur Prescott, buscando una señal de que aquello fuera una broma pesada.

Eleanor soltó un grito ahogado desde el diván, llevándose ambas manos a la boca.

—¿No leíste el acta, verdad, Richard? —se burló Arthur Prescott, apoyando ambas manos sobre la cabeza de lobo de su bastón y clavándole una mirada cargada de un desprecio supremo—. Estabas tan ocupado jugando al patriarca despiadado que ni siquiera te tomaste dos segundos para revisar con quién demonios se había casado tu propia hija.

—Ella... ella dijo que era un taxista... —balbuceó Richard, con el rostro perdiendo todo rastro de color hasta volverse ceniciento—. Dijo que la llevaban a Las Vegas...

—Compré ese taxi por dos mil dólares porque mi deportivo se averió en Lexington —dijo Andrew, acortando el último metro de distancia hasta quedar a escasos centímetros de Richard. La sombra de Andrew cubrió por completo al hombre mayor—. Tu hija se cruzó frente a mi auto huyendo del restaurante subterráneo porque creyó que este anciano que tengo al lado era su prometido. No le dije mi nombre. La llevé a Las Vegas. Nos casamos por la ley civil ante un juez de paz. Y pasamos la noche juntos como marido y mujer.

Richard sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El pánico más puro y primario le inundó la mirada.

—Ella... ella es...

—Antonella Belmont es legalmente Antonella Prescott —sentenció Andrew con una frialdad sanguinaria—. La legítima esposa del único heredero de este consorcio. La mujer que acabas de insultar, desheredar y expulsar a la tormenta como a una mendiga por intentar complacer a mi familia.

—Andrew... yo no sabía... por Dios, fue una confusión... —empezó a suplicar Richard, con la voz quebrada y las manos temblorosas—. Pensé que nos estaba desafiando... lo hice por el respeto a los Prescott...

—¡Nos insultaste a nosotros! —rugió Arthur Prescott, y el golpe de su bastón contra el suelo de madera retumbó como un trueno en la estancia—. ¡Arrojaste a la calle a la señora Prescott! ¡Desterraste a la mujer que lleva el futuro de mi sangre bajo el techo de este imperio!

Andrew levantó una mano, deteniendo a su abuelo. Sus ojos ámbar estaban fijos en Richard con una fijeza letal.

—No me importan tus disculpas, Belmont. Y no me importa tu falso honor. Te doy exactamente diez segundos para responder a una sola pregunta: ¿a dónde fue Antonella?

Richard tragó saliva con dificultad, ahogándose con su propio terror.

—No... no lo sé. Salió de aquí con una maleta deportiva... tomó un taxi común... ordené bloquear sus tarjetas de inmediato para que no pudiera salir del estado...

—¿Bloqueaste sus tarjetas? —la voz de Andrew cayó a un susurro casi inaudible.

—Sí... para presionarla a volver... pensé que no tendría dinero...

Andrew se giró hacia su jefe de seguridad sin mirar a Richard ni un segundo más.

—Cancela todas las operaciones de recompra de deuda de los Belmont. Comunícale a la Reserva Federal que Prescott Global retira el respaldo de liquidez a su banco a partir de este instante. Que no quede una sola línea de crédito abierta para esta familia al amanecer.

—¡No! ¡Arthur, por favor, nos llevarán a la quiebra! —gritó Richard, cayendo de rodillas sobre la alfombra, completamente destrozado—. ¡Haré lo que sea! ¡Pondré a todos los investigadores del estado a buscarla!

—Tus hombres son unos incompetentes que no supieron reconocer a mi nieto tras un volante —escupió Arthur Prescott, dándole la espalda con repugnancia—. Quebrarán antes del viernes, Richard. Y será el precio más barato que pagarás por tocar a una Prescott.

Andrew ya no estaba escuchando. Salió al vestíbulo a zancadas, marcando con dedos rápidos al centro de rastreo satelital de la empresa.

—Habla Andrew Prescott —dijo al teléfono mientras bajaba los escalones de la mansión bajo la lluvia torrencial—. Quiero los registros de todas las cámaras de tráfico del Upper East Side de las últimas cuatro horas. Revisen terminales de autobuses, estaciones de tren y aeropuertos privados. Alguien tuvo que ayudarla a salir de Manhattan sin tarjetas activas. Encuéntrenla. Aunque tenga que dar vuelta este maldito país piedra por piedra.

Subió al auto blindado y cerró la puerta de un golpe seco.

La lluvia repiqueteaba con furia contra el cristal blindado. Andrew se llevó una mano al bolsillo interior de su chaleco y tocó el fajo de billetes que ella le había dejado sobre la mesa de noche en Las Vegas. La paga del taxista.

Apretó los dientes con una mezcla desesperada de rabia, admiración y vacío.

Antonella se había evaporado en el aire. Y la cacería más grande de su vida acababa de comenzar.

1
Flor Perez
simplemente maravillosa👏👏👏👏
Maria Laura Perez
😍👏
Cliente anónimo
Me encanta!!! No paro de leerla!
Primi Mendez
muy bueno TÚ novela gracias felicitaciones
Flor Perez
tómala, por mentiroso😂😂😂😂
Flor Perez
autora me estoy comiendo las uñas por saber que pasará, muchas felicitaciones por tan excelente novela y espero seguir disfrutando otras obras tuyas 👏👏👏👏👏
Helizahira Cohen
No me gusta lo de los Padres, creo debe ser diferente
Flor Perez
y ojalá hubiera bebé a bordo para acabar de rematar tan buenísima novela 😂😂😂😂😂
Flor Perez
ya quisiera ver la cara de Antonela cuando se de cuenta realmente con quien se casó 😂😂😂😂😂😂
Flor Perez
que sucederá?
Flor Perez
muy biena novela hasta el momento y espero que siga asi 👏👏👏👏👏
Cliente anónimo
Muy buena !!
Helizahira Cohen
Bueno no se , ella culpa a los padres de todo, pero el abuelo paterno también hizo lo suyo, Andrew aprovecho la confusión pero si iba a decir la verdad
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂
Adriana Montoya Velez
eso se ganan ellas po lopetulantes que son
Adriana Montoya Velez
todas tienen la misma trama el embarazo oculto al papá y conocer al hijo después de varios años cambien ya eso
Helizahira Cohen
No hay comentarios pero es muy buena, esta muy fresca la historia
Maria Laura Perez
😍🤭
Pris
Fascinante historia. Es la segunda vez que la leo
Primi Mendez
emocionante tu novela felicitaciones ala escritora
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