«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».
Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.
Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.
El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.
Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.
Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.
Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.
Porque ella no fue creada para salvar el mundo.
Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.
Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.
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Prólogo: El día que el cielo lloró sangre
El Cielo ardía.
No con las llamas que consumen la carne ni con el fuego que devora los bosques, sino con una luz carmesí que se extendía sobre las estrellas, tiñendo de rojo los últimos vestigios de una eternidad moribunda.
Por primera vez desde la creación, las campanas del Reino Celestial anunciaban una muerte.
Y no era la de un mortal.
Sobre las escalinatas de un palacio derruido, una mujer permanecía de pie entre fragmentos de mármol blanco y plumas ennegrecidas.
Su vestido, alguna vez tan claro como la primera luz del amanecer, estaba cubierto de cenizas. Una corona de oro quebrada descansaba sobre sus cabellos oscuros, mientras sus ojos contemplaban el horizonte con una serenidad que resultaba casi aterradora.
Frente a ella, un hombre se arrodillaba.
Sus ropas negras estaban desgarradas y sus manos temblaban al intentar sostener las de aquella mujer.
—No lo hagas —suplicó.
Ella sonrió con tristeza.
—Siempre me pides lo imposible.
—Puedo encontrar otra manera.
—Ya no queda tiempo.
El hombre levantó la mirada. Sus ojos carmesí, capaces de infundir terror incluso entre los inmortales, reflejaban algo que jamás habría permitido presenciar a sus súbditos.
Miedo.
—Te lo ordeno —murmuró, aferrándose a sus manos—. No te atrevas a abandonarme.
La mujer soltó una pequeña risa.
—Sigues creyendo que puedes darme órdenes.
Él cerró los ojos.
A su alrededor, los restos de un ejército permanecían inmóviles. Ángeles y demonios, enemigos desde tiempos inmemoriales, contemplaban en silencio a las dos figuras.
Nadie se atrevía a intervenir.
Porque todos sabían que aquella decisión cambiaría el destino de la creación.
—Si haces esto, te perderé —susurró él.
La mujer se inclinó y apoyó suavemente la frente contra la suya.
—No puedes perder aquello que nunca te perteneció.
Las palabras lo atravesaron con una crueldad que ninguna espada habría conseguido igualar.
Sin embargo, antes de que pudiera responder, ella acarició su rostro.
—Pero puedes recordar aquello que elegiste amar.
Una lágrima descendió por la mejilla del soberano infernal.
Y entonces, desde las alturas, una voz resonó sobre las ruinas.
—¡La sentencia debe cumplirse!
La mujer alzó la mirada hacia las figuras luminosas que descendían entre las nubes.
Sus labios dibujaron una sonrisa.
No era una sonrisa de resignación.
Era una de advertencia.
—Entonces que los cielos recuerden este día.
El suelo comenzó a temblar.
Los fragmentos de su corona se elevaron lentamente, suspendidos en el aire por una fuerza invisible. Las estrellas parecieron apagarse una tras otra, mientras una oscuridad imposible se extendía desde el corazón del palacio.
El hombre intentó levantarse.
-¡Detente!
Ella lo miró por última vez.
—Cuando volvamos a encontrarnos...
Su voz se quebró.
Durante un instante, la mujer pareció olvidar las palabras que había preparado durante siglos.
Finalmente, sonrió.
—No confíes en tus recuerdos.
Una luz cegadora envolvió el palacio.
Y el universo guardó silencio.
Aquella noche, los inmortales escribieron una historia que sería transmitida durante milenios.
Hablaron de una traidora.
De un demonio engañado.
De una sentencia justa.
Y de una mujer cuyo nombre debía desaparecer para siempre.
Pero omitieron un pequeño detalle.
Antes de desaparecer, ella había sonreído.
Como si todo hubiera sucedido exactamente como lo había planeado.
Capítulo 1: La mujer de los sueños olvidados
Época moderna — Ciudad de Vespera
El despertador sonó a las seis y treinta y siete de la mañana.
Seraphine Veyrath abrió los ojos de golpe.
Durante varios segundos permaneció inmóvil, con las manos aferradas a las sábanas y el corazón golpeándole dolorosamente el pecho.
Había vuelto a soñar con él.
Un hombre de ojos rojos.
Un palacio destruido.
Y una voz que le suplicaba que no se marchara.
Lo extraño era que nunca conseguía recordar su rostro al despertar.
Solo sus ojos.
Y aquella sensación insoportable de haber perdido algo que ni siquiera sabía que poseía.
—Otra vez no... —murmuró.
Se incorporó lentamente y observó su habitación.
Todo estaba exactamente donde debía estar.
Los libros amontonados sobre el escritorio. Una taza de café olvidada junto a la computadora. Las cortinas oscuras que apenas permitían entrar la luz grisácea de la mañana.
Y, sobre la pared frente a su cama, el calendario donde había comenzado a marcar las noches en las que tenía aquella pesadilla.
Veintitrés marcas.
Veintitrés noches consecutivas.
Seraphine pasó una mano por el rostro.
—Definitivamente necesito vacaciones.
Su teléfono vibró.
Eveline Ashford: ¿Estás despierta?
Seraphine: Desgraciadamente.
Eveline: Perfecto. Necesito que llegues temprano a la universidad.
Seraphine: ¿Para qué?
Eveline: Porque encontré algo que tienes que ver.
Seraphine suspiró.
Su mejor amiga tenía una habilidad extraordinaria para convertir cualquier descubrimiento insignificante en una emergencia nacional.
La semana anterior había encontrado una cafetería que vendía pasteles con forma de murciélago y había insistido en que aquello justificaba faltar a una conferencia.
Seraphine: Si es otra cafetería, te bloqueo.
Eveline: Es sobre tus sueños.
Seraphine dejó de sonreír.
Leyó el mensaje dos veces.
Después escribió:
Seraphine: ¿Qué encontraste?
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Eveline: Una pintura.
Eveline: De una mujer que se parece exactamente a ti.
La Universidad de Vespera ocupaba uno de los edificios más antiguos de la ciudad.
Sus torres de piedra oscura, sus ventanas arqueadas y los enormes vitrales que adornaban la biblioteca hacían que pareciera más un monasterio medieval que una institución académica.
Seraphine siempre había encontrado cierto consuelo en aquel lugar.
Le gustaban los edificios antiguos.
Los pasillos silenciosos.
El olor de los libros envejecidos.
Y, especialmente, la sensación de que las paredes guardaban historias que nadie se había molestado en escuchar.
Aquella mañana, sin embargo, algo era diferente.
Mientras atravesaba el patio principal, sintió que alguien la observaba.
Se detuvo.
A su alrededor, los estudiantes caminaban apresuradamente, conversando sobre solicitudes, proyectos y las interminables exigencias de sus profesores.
Nada fuera de lo normal.
Hasta que lo vio.
Un hombre permanecía inmóvil junto a la entrada de la biblioteca.
Vestía un abrigo negro de corte impecable y sostenía un antiguo bastón cuya empuñadura parecía estar hecha de plata.
Su cabello oscuro caía ligeramente sobre su frente.
Pero fueron sus ojos los que hicieron que Seraphine dejara de respirar.
Carmesí.
Un rojo profundo, imposible.
El hombre la observaba con una expresión que ella no consiguió descifrar.
No parecía sorprendido.
Parecía... Dolido.
Seraphine parpadeó.
Y el hombre desapareció.
No se marchó caminando.
No giró hacia otro pasillo.
Simplemente dejó de estar allí.
—¿Seraphine?
Una mano se posó sobre su hombro.
Ella dio un respingo.
—¡Eveline! ¡Por todos los cielos!
Su amiga retrocedió, levantando ambas manos.
—¡Oye! ¿Qué te pasa? Pareces haber visto un fantasma.
Seraphine miró nuevamente hacia la biblioteca.
El hombre no estaba.
—Tal vez lo vi —murmuró.
Eveline frunció el ceño.
—¿Otra pesadilla?
Seraphine palideció.
Su amiga guardó silencio durante unos instantes.
Después le tomó la mano.
—Ven conmigo. Hay algo que necesito mostrarte.
La biblioteca estaba prácticamente vacía.
Eveline la condujo hasta una pequeña sala de investigación ubicada en el segundo piso, donde varios manuscritos antiguos descansaban sobre una mesa.
Junto a ellos había una carpeta de cuero.
—Antes de que digas nada —comenzó Eveline—, quiero aclarar que no estoy loca.
Seraphine levantó una ceja.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que está loca.
—Muy graciosa.
Eveline abrió la carpeta.
En su interior había una reproducción de una pintura antigua.
Seraphine se inclinó para observarla.
Y sintió que el mundo se detenía.
La imagen mostraba a una mujer de cabellos oscuros, vestida con una túnica blanca y una corona dorada.
Sus ojos tenían la misma forma que los suyos.
Sus labios.
Su nariz.
Incluso la pequeña marca que Seraphine tenía debajo de la clavícula.
Era ella.
No alguien parecido.
Ella.
—¿Qué... es esto?
Su voz apenas fue un susurro.
Eveline tragó saliva.
—La encontraron durante la restauración de una capilla abandonada. Estaba oculto detrás de un muro.
Seraphine acercó lentamente los dedos a la imagen.
—¿Cuántos años tiene?
—Según los investigadores, aproximadamente ochocientos.
Seraphine soltó una risa nerviosa.
—Imposible.
—Eso pensé.
—Debe ser una coincidencia.
—También pensé eso.
Eveline extrajo otro documento.
—Hasta que encontré esto.
Era una página amarillenta cubierta de símbolos desconocidos.
En el centro había una ilustración.
Un trono negro.
Una corona rota.
Y dos figuras tomadas de la mano.
Debajo, una inscripción había sido traducida al lenguaje moderno.
Seraphine comenzó a leer con una mirada voraz.
«Cuando la hija del primer silencio se despierte, los juramentos perderán su poder y los reinos recordarán el nombre que juraron olvidar».
Sintió un escalafrío.
— ¿Quién es la hija del primer silencio?
Eveline negó con la cabeza.
—No lo sé.
Seraphine volvió a observar la pintura.
La mujer retratada parecía mirarla directamente.
Entonces sucedió.
Por un instante, la sala desapareció.
El olor del papel antiguo fue sustituido por el de las cenizas.
Escuchó campanas.
Gritos lejanos.
Y una voz masculina, quebrada por la desesperación.
«No te atrevas a abandonarme».
Seraphine retrocedió bruscamente.
La carpeta cayó al suelo.
—¡Seraphine!
Pero ella ya no escuchaba a su amiga.
Porque había visto algo.
Una mano masculina cubierta de sangre.
Una corona destrozada.
Y sus propios dedos acariciando el rostro de un hombre que lloraba.
La visión desapareció tan repentinamente como había comenzado.
Seraphine cayó de rodillas.
Eveline se apresuró a sostenerla.
—¡Mírame! ¿Qué sucede?
Seraphine intentó responder.
No pudo.
Su mirada permanecía fija en la pintura que había caído junto a ella.
Porque ahora había algo escrito en el reverso.
Una frase que no había visto antes.
Tres palabras.
Trazadas con una tinta oscura que parecía conservar un extraño brillo rojizo.
«Perdóname, mi reina».
A varios kilómetros de distancia, en lo alto de una torre que no aparecía en ningún mapa de Vespera, un hombre contemplaba la ciudad a través de una enorme ventana.
Sobre su escritorio descansaba un antiguo reloj de bolsillo.
Sus manecillas llevaban tres mil años detenidas.
Hasta aquella mañana.
Un movimiento apenas perceptible rompió el silencio.
Tic.
El hombre bajó lentamente la mirada.
Tic.
Una sonrisa amarga apareció en sus labios.
—Así que finalmente se ha despertado.
Detrás de él, una figura vestida con armadura negra inclinó la cabeza.
—Mi señor, ¿debemos proceder con la captura?
El hombre permaneció en silencio.
Durante siglos había imaginado aquel momento.
Había ensayado las palabras que pronunciaría.
Las preguntas que exigiría que ella respondiera.
Y las acusaciones que arrojaría a los pies de la mujer que había destruido su eternidad.
Sin embargo, ahora que su regreso era una realidad, descubrió que ninguna de aquellas palabras tenía sentido.
—No —respondió finalmente.
—Pero el Consejo...
—El Consejo puede esperar.
Su subordinado vaciló.
—¿Y si los celestiales la encuentran primero?
El hombre levantó la mirada.
Sus ojos carmesí brillaron en la oscuridad.
—Entonces tendrán que recordar por qué una vez aprendieron a temerme.
El reloj volvió a sonar.
Tic.
Tic.
Tic.
Y Kaelith Nocthar, soberano de las cenizas, sonrió por primera vez en tres mil años.
—Bienvenida de nuevo, Seraphine.
Su expresión se ensombreció.
—Esta vez no permitiré que mueras por mí.