El destino vuelve a reunirlos bajo el mismo techo, pero nadie sabe qué traerá consigo este reencuentro.
¿Encontrará Emma a alguien capaz de comprender su corazón?
¿Descubrirá que el amor puede llegar cuando menos lo espera?
¿O será una tentación inesperada la que ponga su mundo de cabeza?
En esta historia, nada está escrito todavía. Los sentimientos crecerán, los secretos saldrán a la luz y las decisiones de sus protagonistas irán marcando el rumbo.
Porque a veces, el corazón desea algo que la razón no sabe explicar… y la vida nos enfrenta a elecciones que jamás pensamos tener que hacer.
Bienvenidos a Tentaciones prohibidas.
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Celos
Leonardo estaba en su despacho cuando realizó la videollamada a Emma.
—Buenas tardes, señorita Carter.
—Buenas tardes, señor Moretti. ¿A qué debo el honor?
—Quería molestarte un rato.
Emma sonrió.
—Eso explica por qué mi día estaba siendo demasiado tranquilo.
Leonardo se acomodó en su silla y apoyó el teléfono frente a él.
—¿Qué haces?
—¿Te tengo una sorpresa?
—¿Me vas a decir que por fin admites que soy más guapo que tus compañeros de universidad?
—¡Ja!
Leonardo se rio.
—Está bien. ¿Cuál es la sorpresa?
Emma giró ligeramente el teléfono.
—Lenna acaba de recibir una visita.
La cámara captó a Adrián, que estaba dejando su equipaje cerca de la entrada.
—¡Adrián! —lo llamó Lenna—. Ven, quiero presentarte oficialmente a alguien.
Él se acercó.
—¿Oficialmente? Creí que ya habíamos hecho las presentaciones.
—Quiero que conozcas al hombre con el que Emma lleva hablando todo este rato.
Adrián miró el teléfono y vio a Leonardo.
El hombre que aparecía en la pantalla tenía el cabello oscuro, facciones definidas y una mirada intensa. Su camisa impecable y su porte transmitían la seguridad de alguien acostumbrado a estar al mando.
Leonardo, por su parte, observó a Adrián.
Joven, apuesto, bien vestido y demasiado cómodo con Emma.
Algo desagradable se le revolvió en el estómago.
—Leonardo, te presento a Adrián Valenti, el hermanastro de Lenna —dijo Emma con naturalidad—. Adrián, él es Leonardo Moretti, el hermano de mi papá Aless.
Adrián extendió una mano hacia la cámara, como si aquel gesto pudiera atravesar la pantalla.
—Un placer, Leonardo. ¿Eres su tío?
Leonardo mantuvo la sonrisa, aunque su expresión se endureció ligeramente.
—Igualmente. Y no, no soy su tío.
La respuesta fue breve y contundente.
Sus miradas se encontraron a través de la pantalla.
Adrián mantuvo una pequeña sonrisa tranquila.
Leonardo hizo lo mismo.
Ninguno tenía motivos para desconfiar del otro.
Y, sin embargo, ambos parecieron comprender que aquella presentación podía tener consecuencias mucho más interesantes de lo que Emma imaginaba.
—Lenna me ha hablado de tus estudios —comentó Adrián—. Diseño de Moda, ¿verdad?
—Sí —respondió ella—. Todavía estoy aprendiendo.
—No seas modesta —intervino Lenna—. Es buenísima.
Adrián volvió la mirada hacia Emma.
—Entonces quizá algún día tenga que contratarte para diseñar los uniformes de los empleados de mis hoteles.
Emma se rio.
—¡Todavía no estoy preparada para eso!
—Todo el mundo empieza en alguna parte.
Leonardo apretó ligeramente la mandíbula.
No había nada malo en aquella conversación.
Adrián estaba siendo amable. Emma parecía cómoda y Lenna se divertía observando la escena.
Pero había algo en la manera en que aquel hombre miraba a Emma que no le gustaba en absoluto.
Y lo peor era que no podía reclamar nada.
No era su novio ni su pareja. Ni siquiera habían acordado que hubiera algo más entre ellos.
Eran amigos.
Él mismo había aceptado aquel acuerdo.
Entonces, ¿por qué sentía ganas de cerrar la computadora y preguntarle a aquel desconocido qué demonios estaba mirando?
—Bueno —dijo Leonardo, forzando una sonrisa—, no quiero interrumpir la reunión.
Emma volvió a mirarlo a través del teléfono.
—No interrumpes nada. Solo estamos hablando.
—Sí, ya lo veo.
Su tono fue más seco de lo que pretendía.
Emma frunció el ceño.
—¿Pasa algo, León?
—No.
Adrián, que no había perdido detalle de la expresión de Leonardo, se acomodó en el respaldo del sofá.
—¿Trabajas con Emma? —le preguntó.
—No. Hablamos todos los días. Me gusta saber qué hace. Somos muy cercanos.
—Entiendo.
Adrián asintió, aunque su sonrisa adquirió un matiz distinto.
—Entonces seguramente la conoces desde hace mucho tiempo.
—Muchísimo. Desde que era una niña.
La respuesta salió demasiado rápido.
Emma miró la pantalla, sorprendida por aquel tono.
Leonardo se aclaró la garganta y fingió revisar un documento abierto en su computadora.
—Pequeña, ¿no ibas a contarme algo de tus clases?
Emma parpadeó.
—Sí, pero…
—Te escucho.
Ella comenzó a hablarle de un proyecto universitario, aunque no tardó en darse cuenta de que Leonardo apenas le prestaba atención.
Sus ojos permanecían fijos en la computadora. Contestaba con monosílabos y parecía mucho más interesado en cualquier documento que en lo que ella estaba diciendo.
Emma se detuvo.
—León.
—¿Sí?
—¿Me estás escuchando?
Él levantó la mirada apenas un instante.
—Claro.
—¿Qué acabo de decir?
Leonardo no encontró una respuesta.
Emma cruzó los brazos.
—Eso pensé.
Adrián disimuló una sonrisa.
Lenna, en cambio, ya había comenzado a sospechar que algo extraño estaba ocurriendo.
Leonardo volvió a mirar la computadora.
—Perdona, pequeña. Tengo algunos asuntos pendientes.
Emma lo observó con desconcierto.
—Está bien, pero puedes decírmelo. No tienes que fingir que me escuchas.
—No estoy fingiendo.
—Leonardo…
Él levantó la mirada hacia ella, pero volvió a apartarla casi de inmediato.
—¿Qué pasa, pequeña?
Emma guardó silencio unos segundos.
Aquel comportamiento era nuevo.
Desde que se habían reconciliado, Leonardo siempre encontraba tiempo para escucharla, incluso cuando estaba trabajando. Si necesitaba terminar algo, se lo decía con naturalidad y acordaban hablar después.
Nunca la había tratado de aquella manera.
—¿Te pasa algo conmigo? —preguntó finalmente.
Leonardo negó con la cabeza.
—No, pequeña. Todo está bien.
—Entonces, ¿por qué estás tan extraño?
—Estoy trabajando, Emma.
Ella miró el teléfono y después volvió a mirar la pantalla de la computadora.
—Hace cinco minutos estabas bromeando y no parecías tan ocupado.
—Y ahora tengo trabajo que terminar.
La respuesta cayó entre ambos como una puerta cerrándose.
Emma sintió una pequeña punzada de decepción.
No entendía qué había hecho para que él cambiara de actitud de repente.
Intentó recuperar el tono habitual.
—Bueno, señor empresario. No quiero interrumpir su importantísima agenda. Pero, cuando termine de salvar el mundo, quizá pueda regalarme cinco minutos de su tiempo.
Normalmente, Leonardo habría soltado una carcajada.
Esta vez solo sonrió brevemente, sin levantar la mirada.
—Hablamos después, pequeña.
Emma se quedó quieta.
—¿Quieres que te llame más tarde?
—Como quieras.
Aquella respuesta le dolió más de lo que esperaba.
No porque necesitara hablar con él todo el tiempo, sino porque estaba acostumbrada a que Leonardo nunca la hiciera sentir que su presencia era una molestia.
—Está bien —murmuró—. Te dejo trabajar.
—Nos vemos.
La llamada terminó.
Emma se quedó contemplando la pantalla apagada, desconcertada.
Adrián se acercó al sofá y se sentó a una distancia prudente.
—¿Todo bien?
Emma levantó la mirada.
—Sí. Supongo que está ocupado.
Adrián no insistió, pero algo en su expresión le indicó que no estaba convencido.
—Bueno, si necesitas distraerte, puedo invitarte a tomar un café algún día. Me gustaría conocer mejor a la amiga de mi hermanastra.
Emma sonrió con educación.
—Claro. Podemos ir los tres algún día.
Adrián soltó una risa suave.
—Por supuesto.
Pero su mirada decía que tenía otros planes.
Y Lenna, que lo conocía demasiado bien, comprendió que su hermanastro acababa de encontrar algo que realmente le interesaba.
Emma Carter.
---
Leonardo permaneció inmóvil frente a su computadora.
La llamada había terminado, pero seguía viendo en su mente la sonrisa de Adrián, la forma en que miraba a Emma y la naturalidad con la que entablaba una conversación con ella.
Se levantó de su silla y caminó hasta la ventana.
—Maldita sea… ¿Qué te pasa, Moretti?
No tenía derecho a sentirse así.
Emma podía conocer a quien quisiera. Podía salir con sus amigos, aceptar invitaciones y encontrar a alguien que le gustara.
Él mismo le había dicho que quería recuperar su amistad.
Entonces, ¿qué esperaba?
¿Que Emma permaneciera sola mientras él intentaba entender sus propios sentimientos?
La idea le resultó insoportable.
Tomó el teléfono y estuvo a punto de volver a llamarla. Quería preguntarle quién era exactamente Adrián, cuánto tiempo se quedaría y si pensaba salir con él.
Pero se detuvo.
No podía hacerlo.
No podía disfrazar sus celos de preocupación ni empezar a imponerle límites que nunca habían acordado.
Se pasó ambas manos por el rostro.
—¿Qué demonios me está pasando?
La puerta del despacho se abrió y Matteo entró con una carpeta bajo el brazo.
—Vaya, esa cara no promete nada bueno. ¿Qué ocurrió ahora?
Leonardo se volvió hacia él.
—Necesito hablar contigo.
Matteo dejó la carpeta sobre el escritorio.
—¿Otra vez problemas con algún empresario?
—No. No es eso.
—¿Con Valentino?
—Tampoco.
Matteo lo observó con atención.
—Entonces solo queda una persona.
Leonardo apretó la mandíbula.
—Emma.
Su amigo suspiró y se sentó frente a él.
—¿Qué pasó?
Leonardo caminó de un lado a otro antes de responder.
—Estábamos hablando por videollamada. Todo iba bien. Me estaba contando cosas de la universidad cuando apareció un hombre.
Matteo levantó las cejas.
—¿Un hombre?
—Adrián Valenti. Averigüé algunas cosas en redes. Tiene veintiocho años, es empresario de Valenti Internacional y es el hermanastro de Lenna.
—Bien. Es empresario y hotelero. ¿Cuál es el problema?
Leonardo lo miró como si acabara de preguntarle algo absurdo.
—¿Quieres que te muestre su foto?
Antes de que Matteo respondiera, Leonardo abrió el perfil de Adrián y le mostró la pantalla.
Matteo examinó la fotografía y después miró a su amigo.
—Calma, Leo. Deja tus celos.
—No son celos. Es joven, atractivo y claramente está interesado en Emma.
Matteo guardó silencio unos segundos.
Después, una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro.
Leonardo lo señaló.
—No te atrevas, maldito cabrón.
—¿A qué? —preguntó Matteo, conteniendo una risa burlona.
—A eso. A reírte.
Matteo se llevó una mano a la boca, intentando contenerse.
No funcionó.
Terminó soltando una carcajada.
—¡No puedo creerlo!
—¡Matteo!
—¡Estás celoso!
—No estoy celoso.
—¡Claro que sí! Estás celoso de un hombre que acabas de conocer, que ni siquiera vive con Emma y que probablemente solo estaba siendo amable.
Leonardo lo fulminó con la mirada.
—Se va a quedar allí y le hablaba con una familiaridad…
Se interrumpió, frustrado.
Matteo arqueó las cejas.
—¿Con una familiaridad qué?
—Como si tuviera toda la confianza del mundo.
Matteo dejó de reírse lentamente.
—Ah. Eso explica muchas cosas.
Leonardo se cruzó de brazos.
—¿Ves?
—No. Lo que veo es que estás haciendo exactamente lo que te advertí que no hicieras.
—¿Qué?
—Pretender que Emma puede seguir siendo tu amiga mientras tú decides qué sientes, pero molestarte cuando otro hombre muestra interés en ella.
Leonardo apartó la mirada.
Matteo se inclinó hacia delante.
—Hermano, escucha. Tú no le has ofrecido una relación. Le pediste que recuperaran su amistad y ella aceptó. No puedes enfadarte porque el mundo siga girando a su alrededor.
—No estoy enfadado con ella.
—¿Seguro? Porque, por cómo estás, lo más probable es que hayas terminado la llamada haciéndola sentir como si estuviera molestándote.
Leonardo se quedó inmóvil.
La expresión de Emma cuando le preguntó si le ocurría algo volvió a su memoria.
Había intentado sacarle una sonrisa. Le había hablado con el mismo cariño de siempre y él había respondido con frialdad porque no soportaba ver a otro hombre cerca de ella.
—No quería tratarla así —murmuró.
—Pero lo hiciste.
Leonardo se dejó caer en la silla y se cubrió el rostro con las manos.
—No entiendo qué me pasa, Matt. Cuando estoy lejos de ella, la extraño. Cuando hablamos, soy feliz. Pero ahora que sé que hay alguien que podría gustarle…
No terminó la frase.
Matteo asintió lentamente.
—Sientes que puedes perderla.
Leonardo levantó la mirada.
Su amigo ya no estaba sonriendo.
—Y eso te asusta porque, por primera vez, te estás dando cuenta de que no basta con querer tenerla cerca. Ella tiene su propia vida, sus propios planes y el derecho de elegir con quién compartirlos.
Leonardo permaneció callado.
Adrián Valenti no había hecho nada malo.
Emma tampoco.
El único que había convertido una videollamada normal en un campo de batalla era él.
Lo peor era que, por primera vez, no podía culpar al miedo a lo que diría su familia ni a las complicaciones del beso.
Esta vez, sus celos habían nacido de algo mucho más sencillo.
La posibilidad de que otro hombre llegara a la vida de Emma y le ofreciera lo que él todavía no se atrevía a darle.
Matteo se levantó y recogió su carpeta.
—Piénsalo bien, Leo. Porque, si sigues empeñado en llamarla solamente amiga, tendrás que aprender a comportarte como tal.
Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.
—Y una última cosa.
Leonardo lo miró con exasperación.
—¡Joder! ¿Tienes algo más para terminar de destruirme?
Matteo sonrió ligeramente.
—Bienvenido a la competencia.
La puerta se cerró.
Leonardo permaneció sentado, contemplando su teléfono.
Abrió la conversación de Emma.
Escribió un mensaje.
Lo borró.
Volvió a escribirlo.
León: Perdona por haber estado distante durante la llamada. No tenía nada que ver contigo.
Lo leyó varias veces antes de enviarlo.
La respuesta llegó unos minutos después.
Pequeña: Está bien, León. Espero que termines pronto tu trabajo. Hablamos mañana o cuando te desocupes.
Leonardo miró el corazón al final del mensaje.
Sonrió involuntariamente.
Después dejó el teléfono sobre el escritorio y se reclinó en la silla.
Adrián Valenti acababa de aparecer en escena.
Leonardo, que había creído que recuperar su amistad con Emma sería sencillo, empezaba a comprender que el verdadero desafío no sería acercarse a ella.
Sería aprender a verla acercarse a alguien más sin que el miedo a perderla terminara convirtiéndolo en el hombre del que ella había intentado alejarse.
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