Aranza Jordán murió atropellada cuando huía de un matrimonio arreglado... y de un amigo que la dejó desangrándose en plena calle.
Despierta en el cuerpo de Renata Anastasia Salvatierra, la nieta consentida de dos de las familias más poderosas del país. El problema: Renata es el personaje de relleno de una novela que Aranza nunca terminó de leer, la chica ingenua que, en la historia original, acaba muerta por culpa de su prima Selena.
Pero Aranza ya no está dispuesta a ser una víctima. Con una sonrisa dulce que no le llega a los ojos, una inteligencia afilada y un talento oculto para el hackeo, Renata se pone la máscara de la inocencia y juega con las cartas que la novela le dio. Ahora conoce el guion de todos: la prima que finge ser su amiga, la rival que la humilla, el protagonista que aún no sabe lo que se le viene encima.
Cinco primos que la adoran, abuelos que daría la vida por ella, un hacker de mirada fría que parece ver a través de su máscara... y enemigos que están a punto de descubrir que subestimar a la nueva Renata fue el peor error de sus vidas.
¿Astuta tú? Ella lo es más.
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¡Empiezan a sospechar!
Un Rolls-Royce cruzó el portón y entró en los jardines de la enorme mansión Salvatierra.
Camilo y Andrés estacionaron su coche y bajaron.
—Ese auto es de Leandro, ¿no? —preguntó Andrés.
Camilo volvió a mirar el Rolls-Royce.
—Mm, deben de estar aquí. Acuérdate: que no se enteren de que Renata ya está en el país —advirtió.
Andrés asintió. Él también quería hablar con Renata sin que el resto de la familia se metiera, sobre todo los Montalvo.
Intercambiaron unas palabras más y entraron en la mansión.
En la sala encontraron a Selena conversando con Joaquín y Leandro.
Vista así, Selena no dejaba traslucir su verdadera cara. Y eso que Camilo la había sentido siempre, esa naturaleza que ella escondía.
Si hasta entonces se había quedado callado era porque Selena no se metía con él ni con su familia. Pero después de lo de hoy ya sabía que no era tan buena como aparentaba.
—¡Cami! —saludó Selena con entusiasmo a Camilo y Andrés, que se habían quedado inmóviles, mirándolos—. ¿Por qué se quedan ahí parados? Vengan con Joaco y Lean —dijo, e intentó tomarlos de las manos.
Camilo retrocedió unos pasos.
—Sigan ustedes. Yo voy a mi cuarto —dijo, y se fue.
Andrés suspiró. Su otro hermano no sabía disimular el fastidio. Ahora dudaba de que lograran ocultar la presencia de Renata, con Camilo así.
—¿Qué le pasa a Cami? —preguntó Selena, preocupada.
Andrés negó con la cabeza.
—No le des vueltas, seguro está ocupado con algo —dijo.
Selena asintió y lo acompañó hasta la sala.
Leandro y Joaquín lo saludaron con una sonrisa.
—¡Cuánto tiempo, Andre! —dijo Leandro, chocándole la mano.
—Es que ustedes están siempre ocupados con el colegio —les reprochó Andrés. Antes se juntaban y jugaban todo el tiempo, y más con los tres de la misma edad.
Pero desde que Renata se había ido, las dos familias se habían distanciado un poco.
Joaquín resopló.
—Yo no puedo quedarme mucho rato. Ya sabes, cuanto más tiempo paso aquí, más extraño a Renata —dijo, mirando el gran retrato de la familia Salvatierra, con Renata en el centro.
—¿Cuándo tienes vacaciones, Andre? Joaco y yo queremos ir a Inglaterra —intervino Leandro. Hacía demasiado que no sabían nada de ella.
Aunque los papás de Renata siempre les daban noticias, ellos querían verla con sus propios ojos.
Andrés se rascó la nuca. ¿Qué podía decirles?
—¿Para cuándo piensan ir? —preguntó al fin.
Selena apretó la tela de su blusa, molesta.
—¿Y si mejor a fin de año? Hay muchos días libres y podríamos pasar más tiempo en Inglaterra —sugirió.
No podía dejar que fueran a ver a Renata ahora. Todavía no la controlaba del todo. Primero tenía que lograr que todos la odiaran y la olvidaran.
—A fin de año... —murmuró Leandro con un suspiro—. Es demasiado tarde —dijo, poco convencido.
Joaquín asintió.
—No puedo esperar tanto —añadió.
A Selena le molestó oír eso, aunque consiguió disimularlo.
—Pero Lean, falta poco. Solo seis meses —insistió, queriendo que lo pensaran bien.
—Oye, Selena, ¿y por qué parece que no te gusta que vayamos antes? —preguntó Andrés con total naturalidad. Ya sabía lo que ella tenía en la cabeza.
Solo tenía curiosidad por ver hasta dónde era capaz de ocultarlo.
Selena se sobresaltó.
—¿Qué quieres decir, Andre? Yo jamás pensaría eso... —respondió, algo atropellada.
Andrés soltó una risita.
—Claro, cómo vas a pensar eso —dijo, y sonó más a burla que a otra cosa. Se volvió hacia Leandro y Joaquín—. ¿Y ustedes? ¿Renata les contestó los mensajes?
Los gemelos se miraron y negaron con la cabeza.
—Hasta ahora Renata no nos ha vuelto a contestar —dijo Joaquín, y Leandro asintió.
—¿Y tú? —preguntó Joaquín.
Andrés también negó.
—Igual que ustedes —respondió—. ¿Y tú, Selena? ¿De verdad Renata no se ha puesto en contacto contigo? —insistió, serio.
Selena puso cara de tristeza.
—¿Te olvidaste de que Renata bloqueó mi número? —dijo con un hilo de voz.
Leandro suspiró.
—Yo creo que Renata se olvidó de tu número, Selena. No creo que te haya bloqueado a propósito —dijo.
Leandro jamás creería que su querida prima pequeña fuera capaz de algo así.
—Estoy de acuerdo. A lo mejor cambió de número. Además, la tía Vanesa y el tío Arturo están en Italia, por eso también es difícil comunicarse con ellos —añadió Joaquín.
Selena solo sonrió ante sus palabras. Maldita sea. ¿Por qué cuesta tanto hacer que odien a Renata?, pensó, furiosa.
Cerró los ojos un instante para calmarse. Estaba segura de que, en el cumpleaños de la abuela, todo cambiaría. Renata dejaría de formar parte de la familia Salvatierra y de la Montalvo.
Tenía el plan bien armado. Solo faltaba esperar a que llegara ese día y todo saldría perfecto.
Sí, falta poco. Tengo que tener más paciencia, se dijo.
Andrés sonrió apenas. Llevaba rato fijándose en los cambios de expresión de Selena. Por más que ella tratara de taparlo, él lo veía.
Tac, tac...
Todos volvieron la vista hacia Camilo, que se había cambiado y llevaba ropa informal.
—¿Adónde vas, Cami? —preguntó Leandro al verlo con la mochila.
Camilo se detuvo.
—Tengo un asunto que resolver. Hoy duermo en el departamento —respondió.
Pum...
Andrés se levantó de un salto.
—Voy contigo. Espérame, Cami. Ni se te ocurra dejarme —dijo, y salió corriendo hacia su cuarto.
Claro que sabía adónde iba su hermano. No pensaba dejar que Camilo se aprovechara para acercarse a Renata antes que él.
Camilo puso los ojos en blanco y se sentó con los demás.
—¿Cómo han estado? —preguntó por cumplir.
—Bien, Cami —contestó Leandro, y Joaquín asintió.
Selena lo miró, confundida.
—¿Otra vez te vas? ¿Los tíos lo saben? —preguntó, preocupada.
Camilo levantó una ceja.
—Sí —respondió, seco.
Joaquín frunció el ceño. Le parecía que Camilo y Andrés estaban raros con Selena. ¿Serían ideas suyas?
Miró a Leandro. Tendría que preguntarle al salir.
—Ah, entonces no te olvides de descansar. Más ahora que los de último año se están preparando para los exámenes —dijo ella, tratando de acercarse a Camilo.
Camilo solo asintió, sin contestarle. Seguía furioso por lo que había hecho Selena. Hasta no tener pruebas, no dejaría que se acercara a Renata.
Pensaba que Renata era demasiado ingenua y por eso Selena la manipulaba con tanta facilidad. Lo que Camilo no sabía era que la Renata de ahora no era nada fácil de pisotear.
Pasaron unos minutos...
Andrés bajó con la mochila. Ya estaba listo.
—Vámonos, Cami —dijo.
Camilo asintió.
—¿Ustedes se quedan? —les preguntó.
Leandro y Joaquín negaron con la cabeza.
—Nosotros también nos vamos. Si no llegamos, mis papás me matan —dijo Leandro.
Selena se quedó callada, mirándolos a los cuatro mientras seguían charlando. No le gustaba nada que Camilo fuera cada vez más difícil de manejar.
Joaquín y Leandro eran más fáciles de acercarse que Mauricio y Camilo. Con Andrés todavía podía hablar y discutir, aunque sus comentarios fueran bastante hirientes; lo soportaba.
Me aseguraré de que todos sean solo míos. Tanto los Salvatierra como los Montalvo. Esas dos familias son mías, se dijo.