Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.
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Capitulo 2
Las sirenas de la ambulancia cortaban la noche con su aullido estridente, tiñendo las calles oscuras de un tono azul y rojo intermitente. En el interior del vehículo, el caos era absoluto. Los paramédicos luchaban desesperadamente contra el tiempo, aplicando compresiones torácicas sobre el cuerpo inerte de Alexander, cuya piel lucía desgarradoramente pálida. El monitor cardíaco emitía una línea casi plana, interrumpida apenas por leves anomalías que amenazaban con apagarse por completo en cualquier segundo.
A su lado, Isabella permanecía de rodillas sobre el suelo de metal de la ambulancia. Su vestido de novia, antes impecable y pulcro, ahora lucía completamente empapado por la sangre de su prometido. Sus manos temblorosas sostenían la mano derecha de Alexander, apretándola con una fuerza sobrehumana como si a través de ese contacto pudiera transferirle un soplo de su propia vida. Tenía los ojos desorbitados, empañados por lágrimas constantes que no dejaban de brotar.
—¡Carguen a doscientos! —gritó uno de los paramédicos mientras colocaba las paletas del desfibrilador sobre el pecho ensangrentado del joven.
—¡Despejen!
El cuerpo de Alexander se levantó bruscamente sobre la camilla tras la descarga eléctrica, solo para volver a caer de forma inerte sobre la colchoneta. Isabella soltó un ahogado chillido de terror, apretando la mano helada de su prometido contra su propia mejilla caliente.
—Por favor, Alexander... No te vayas. Mírame, mi amor, mírame —suplicaba ella con la voz completamente rota, ahogándose entre sollozos descarnados—. Me prometiste que estaríamos juntos siempre. No me puedes dejar aquí, no me hagas esto.
—¡Carguen de nuevo! ¡A trescientos! —ordenó el médico con la frente perlada de sudor—. ¡Despejen!
El sonido seco del choque eléctrico volvió a resonar en el reducido espacio, pero el monitor no reaccionó. La pequeña pantalla mostró una línea perfectamente horizontal, acompañada por un pitido continuo, agudo y ensordecedor que congeló el aire dentro de la unidad médica. El profesional médico bajó las paletas lentamente, observando el reloj en su muñeca con una mueca de pesar e impotencia.
—Hora de muerte: veintiuna horas con cuarenta y dos minutos —anunció el paramédico en voz baja, mirando a su compañero antes de dirigir una mirada cargada de compasión hacia la joven.
—No... No, no, no. ¡Sigan intentándolo! ¡Por favor, sigan! —gritó Isabella en un estallido de histeria pura, tratando de empujar las manos del médico hacia el pecho de Alexander—. ¡No pueden rendirse! ¡Él está vivo! ¡Alexander, despierta! ¡Abre los ojos!
El médico la tomó suavemente por los hombros para contener su desesperado avance.
—Lo sentimos mucho, señorita. Hicimos todo lo posible. Su prometido ha fallecido.
Aquel veredicto cayó sobre ella como un hacha invisible que cercenó de golpe cada ilusión, cada esperanza y cada pedazo de su alma. La respiración se le cortó por completo. El dolor no fue físico, sino una hendidura abismal en el centro del pecho que la dejó sin aire. Isabella se desplomó sobre el cuerpo inmóvil de Alexander, enterrando su rostro en el cuello del hombre que amaba, sintiendo cómo el calor residual de su piel se disipaba segundo a segundo para dar paso al frío de la muerte.
Cuando la ambulancia llegó al hospital, la escena no mejoró. El cuerpo fue trasladado de inmediato hacia el área posterior del edificio, lejos de las miradas curiosas de la prensa y los transeúntes que comenzaban a agolparse tras enterarse de la tragedia ocurrida en la catedral. Isabella caminaba detrás de la camilla como un autómata, sin procesar las luces de los pasillos, los murmullos del personal médico ni los intentos de las enfermeras por detenerla.
Las puertas vaivén de la morgue se abrieron con un chirrido metálico, revelando un recinto amplio, iluminado por tubos fluorescentes de luz blanca y fría. El olor a antiséptico y metal impregnaba cada rincón, acentuando la atmósfera desoladora del lugar. Los camilleros colocaron la estructura en el centro de la habitación y se retiraron en silencio, dejando solo al médico legista y a la joven devastada.
Isabella se quedó de pie a un par de metros de la camilla. El silencio de la morgue era sepulcral, roto únicamente por el goteo distante de un grifo y el sonido de su propia respiración entrecortada. Con pasos torpes y pesados, se acercó a la mesa metálica donde descansaba el amor de su vida. Extendió una mano temblorosa y retiró con infinita delicadeza la sábana blanca que cubría el rostro de Alexander.
Al ver su cara serena, privada de cualquier rasgo de dolor pero vacía de la vitalidad que lo caracterizaba, Isabella sintió que la realidad la golpeaba con una fuerza desgarradora. Ya no había vuelta atrás. Aquella sonrisa que iluminaba sus mañanas, aquellos ojos brillantes que la miraban con adoración, aquella voz profunda que le prometía un futuro juntos... todo había sido arrebatado en un abrir y cerrar de ojos por ráfagas de odio e incomprensible violencia.
—¿Por qué tú? —susurró con un hilo de voz que apenas raspó su garganta—. ¿Por qué nos hicieron esto, Alexander? Éramos tan felices... Iba a ser el mejor día de nuestra vida.
Posó sus labios fríos sobre la frente helada de su prometido, dejando que sus lágrimas cayeran directamente sobre la piel inerte de él. Deslizó sus dedos por el cabello castaño de Alexander, recordando los planes que habían trazado apenas esa mañana: la luna de miel, la casa que soñaban construir, los hijos que anhelaban criar juntos. Todo se había transformado en cenizas en cuestión de minutos.
De repente, la puerta de la morgue se abrió con brusquedad. Su padre ingresó a la estancia, vistiendo aún el elegante traje de gala pero luciendo un aspecto desaliñado y alterado. Tras él venían dos agentes de policía. Al ver a su hija en semejante estado, el hombre intentó acercarse a ella con los brazos abiertos.
—¡Isabella, mi niña! Gracias a Dios estás a salvo —exclamó él con voz agitada, mostrando una preocupación que rozaba la exageración.
Isabella se giró lentamente hacia su padre. Al verlo intacto, sin un solo rasguño y habiendo huido del lugar mientras su prometido desangraba en el altar, un sentimiento amargo y oscuro se mezcló con su dolor. Lo miró con ojos vacíos, inyectados en sangre por el llanto.
—Te fuiste... —dijo ella en un susurro desgarrador, dando un paso atrás para evitar que la tocara—. Huiste y lo dejaste morir.
—Hija, los tiradores estaban disparando a matar, no podíamos hacer nada. Fue una tragedia terrible, una locura de la que apenas logré escapar —se justificó el hombre con tono apresurado, tratando de colocar una mano sobre el hombro de la joven.
—¡No me toques! —gritó Isabella con una furia desesperada, alejándose bruscamente—. ¡Él dio la vida por mí! ¡Él me protegió mientras todos los demás corrían como cobardes!
Las fuerzas de Isabella comenzaron a agotarse. El estrés traumático, el impacto del ataque y la devastación de perder a Alexander terminaron por pasarle factura a su cuerpo. Las piernas le temblaron incontrolablemente y la vista se le nubló por completo. El techo blanco de la morgue comenzó a girar vertiginosamente.
—Alexander... —susurró por última vez antes de que la oscuridad absoluta la envolviera.
Isabella se desplomó desmayada sobre el frío piso de baldosas de la morgue. Su cuerpo quedó tendido junto a la camilla de su prometido, rota por dentro, destrozada por el luto y sumergida en una penumbra profunda, sin saber que la tragedia que acababa de presenciar era solo la punta de un iceberg cubierto de engaños, dinero sucio y secretos inconfesables.