Unidos por sueños compartidos y separados por oscuras mentiras, Alexander y Alana deberán luchar contra la traición para descubrir que el amor verdadero siempre encuentra el camino a la realidad.
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Capítulo 2: El costo de la perfección
Punto de vista: Alexander
El sudor frío le cubría la piel del pecho mientras se erguía en la cama, jalando una bofetada de aire helado hacia sus pulmones.
Alexander apretó los puños contra las sábanas de hilo egipcio, sintiendo cómo el corazón le martillaba contra las costillas a un ritmo salvaje. Su piel todavía ardía. Podía jurar que el aroma a flores silvestres y la calidez de esa piel suave de 1.70m seguían flotando en la penumbra de su suite principal en Bel-Air.
Pasó sus manos por su cabello castaño claro, dejando salir un suspiro lleno de rabia y frustración.
Seis meses. Seis malditos meses en los que su propio cerebro le jugaba exactamente la misma broma pesada cada noche. Había creado a la mujer más perfecta, ardiente y perturbadora del planeta: una criatura de cabello oscuro fino hasta la cintura y ojos descaradamente deslumbrantes como el ámbar, simplemente para canalizar el vacío sofocante de su vida real.
Un mecanismo de defensa. Una alucinación recurrente provocada por el estrés de dirigir un imperio inmobiliario de cientos de millones de dólares. No había otra explicación lógica para un hombre de mente tan fría y pragmática como él.
—Alex... mi amor, ¿otra vez despierto? —la voz dulce y calculada de Victoria rompió el silencio.
Alexander giró levemente la cabeza. Victoria Sterling, con sus veintisiete años de elegancia impecable, su corte bob rubio platinado y sus ojos verdes fríos, se acomodaba entre las cobijas.
Era la hija del mayor inversionista de Hale Developments, la mujer con la que sus padres habían planeado su vida desde que tenía uso de razón y la prometida perfecta ante los ojos de la alta sociedad de Los Ángeles.
—Tengo que preparar la junta con los ejecutivos —respondió Alexander, su voz grave saliendo más fría de lo que pretendía mientras se ponía de pie y caminaba desnudo hacia el ventanal de piso a techo.
Desde el piso más alto de su residencia, la silueta de Los Ángeles parecía un laberinto de luces dormidas.
—Siempre el trabajo... —se quejó Victoria con un suspiro dramático, sentándose en la cama mientras dejaba caer la sábana para mostrar su figura esbelta de modelo—. Recuerda que esta noche es la cena de gala en el club de golf de Beverly Hills. Mi madre organizó todo para anunciar la fecha oficial de la boda. No quiero que llegues tarde como la semana pasada.
La fecha de la boda.
Esa frase cayó sobre el pecho de Alexander como un bloque de cemento. Se giró para mirar a Victoria. Era una mujer hermosa, sofisticada, intachable... y, sin embargo, cuando la tocaba o la besaba, no sentía absolutamente nada. Ni una chispa. Ni una sola gota de esa hoguera voraz que lo consumía cada noche en los brazos de una mujer que solo existía en su mente.
—Estaré a tiempo —cortó él sin emoción, dándole la espalda para entrar al vestidor.
Dos horas más tarde, Alexander cruzaba el vestíbulo de la imponente torre corporativa de Hale Developments en el centro de Los Ángeles. Vestido con un traje a la medida color gris marengo que acentuaba su figura musculosa de 1.90m, caminaba a pasos firmes mientras los empleados se hacían a un lado y murmuraban saludos llenos de respeto.
Subió en el ascensor privado directamente a la planta ejecutiva. Su secretaria lo abordó en cuanto las puertas doradas se abrieron.
—Buenos días, señor Hale. Los informes financieros del rascacielos de Malibú están en su escritorio —anunció la mujer, siguiendo su paso apresurado—. Ah, y la dirección de Recursos Humanos me acaba de confirmar que los pasantes del International Talent Program ya llegaron a la ciudad. Se presentarán oficialmente en la sala de juntas A este lunes a primera hora.
Alexander se detuvo un segundo frente a la puerta de su oficina. Un cosquilleo extraño y repentino le erizó los vellos de los brazos, exactamente igual a la vibración que sentía en el aire segundos antes de caer en su sueño recurrente.
Se frotó las sienes con molestia, culpando al cansancio.
—Perfecto. Asegúrese de que tengan todo el material de diseño listo. No pienso tolerar errores en el proyecto de Malibú —ordenó antes de entrar y cerrar la puerta tras de sí.
Se acercó a su escritorio de cristal y miró hacia el horizonte de rascacielos de la ciudad. Se sirvió un café negro sin azúcar y se quedó en silencio, apretando la taza de porcelana entre sus dedos.
—Seis meses... —murmuró para sí mismo, soltando una risa amarga—. Estás perdiendo la cabeza, Alexander. Estás soñando con un fantasma mientras te preparas para casarte con una mujer real.
Lo que Alexander no sospechaba era que el domingo por la tarde, en el aeropuerto internacional de Los Ángeles, ese "fantasma de su mente" desembarcaba de un vuelo procedente de Ciudad de México... acompañada del mejor amigo que daría la vida por ella. Y que en menos de veinticuatro horas, el destino haría colisionar su fantasía de frente contra la realidad.