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Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Embarazo no planeado / Malentendidos / Dejar escapar al amor / Enfermizo / Completas
Popularitas:313.9k
Nilai: 4.5
nombre de autor: Galaxy

Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.

Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:

—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.

Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.

Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:

—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!

¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.

Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.

NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3: "Solo fue cortesía"

Un brazo le cruzó la espalda y otro le atrapó las rodillas, y el vacío de la escalera se cerró de golpe.

Valentina quedó suspendida a un palmo del primer escalón, sostenida en el aire por un cuerpo que olía a tabaco frío y a una loción que su memoria reconoció antes que su razón. El corazón le golpeaba en los oídos. Tardó un segundo entero en atreverse a abrir los ojos.

Maximiliano la miraba desde arriba, con la mandíbula tensa y algo trabajándole detrás de los ojos. La tenía pegada al pecho. Por un instante —uno solo— el agarre fue casi cuidadoso, como si cargara algo que se podía quebrar.

Después su cara volvió a cerrarse.

—No te hagas ideas. —La puso de pie con una brusquedad calculada, sosteniéndola apenas hasta que recuperó el equilibrio—. Solo fue cortesía. No iba a dejar que te abrieras la cabeza en mi presencia. Sería un escándalo.

—Gracias —dijo ella, bajito, y se separó como si el contacto quemara.

Él bajó la vista a la pierna derecha, a la forma en que ella la cargaba. Abrió la boca. No dijo nada. Desde el descanso de arriba, la voz de Joana cayó como vidrio:

—Maxi, ¿bajas o no? —Estaba parada con los brazos cruzados, mirándolos a los dos con una sonrisa que no era sonrisa.

Maximiliano se metió las manos en los bolsillos y subió sin volver a verla. Valentina se sostuvo del barandal de mármol y se obligó a respirar hasta que las piernas le obedecieron. Salió del Club Pegaso por su propio pie. No miró atrás.

Esa noche, en el departamento de la colonia Obrera, soñó.

Soñó con ella misma a los diecisiete, con el uniforme de la preparatoria y el corazón en la boca, parándose frente al muchacho más callado del salón para decirle, atropellándose, que le gustaba desde hacía meses. Soñó con su propia voz temblando y con la sorpresa lenta en la cara de él, y con el "está bien" que él contestó al fin, casi sin aire, como si nadie le hubiera ofrecido nunca nada tan grande.

Soñó con la UNAM, con tres años de manos entrelazadas entre clase y clase, con la beca de él y los turnos de ella, con un viaje barato a Oaxaca donde él gastó lo que no tenía en un anillo de plata de filigrana y se lo puso en el dedo prometiéndole cosas que entonces parecían posibles. Soñó con el día en que las cosas dejaron de ser posibles: los acreedores, los periódicos, el despacho cerrado, su nombre arrastrado por el lodo.

Y soñó con el lago. Siempre terminaba en el lago.

Despertó con la cara mojada y el anillo de plata frío sobre el pecho, donde lo cargaba desde hacía cinco años porque no había sabido cómo dejar de hacerlo. Afuera ya amanecía. Tenía turno.

Levantó a Dulce, le acomodó el audífono detrás de la oreja y le dio de desayunar avena con plátano mientras la niña le contaba, muy seria, un sueño en el que volaba. La fiebre había cedido del todo. La dejó en el Colegio Montessori con un beso y la promesa del elote pendiente, y de camino al hospital hizo cuentas en la cabeza, como cada quincena: la renta, la luz, las pilas del audífono, y los doscientos pesos del suero de anoche que todavía no sabía de dónde iban a salir. Doscientos pesos. Llevaba toda la mañana dándoles vueltas.

Lo que no esperaba era que el turno le trajera precisamente a él.

A media mañana, Maximiliano Argüello entró a urgencias del Hospital General doblado por un dolor de estómago, con Ulises, su asistente, sosteniéndolo del codo y soltando explicaciones que nadie le pedía. Gastritis, dijo el médico de guardia después de revisarlo. Nada grave. Suero, un antiespasmódico, reposo. Y a la enfermera de turno le tocó canalizarle la vena.

A la enfermera de turno le tocó ser Valentina.

Se acercó a la camilla con el carrito, los guantes ya puestos, y el aire entre los dos se volvió denso. Él estaba recostado, pálido, con la camisa arremangada hasta el codo. No dijo nada. Ella tampoco. Le buscó la vena del antebrazo, le pasó el algodón con alcohol, tomó el catéter.

Y le tembló la mano.

Le pinchó mal. La aguja resbaló, él no se quejó, pero ella vio el músculo del brazo contraerse y sintió que se le caía el alma.

—Perdón —murmuró—. Perdón, ahorita.

—Tú antes no temblabas. —La voz de él fue baja, casi para sí mismo.

Y a Valentina se le vino encima, sin permiso, el recuerdo de cuando estudiaba enfermería y no le salían las inyecciones, y él, sin que ella se lo pidiera, le subía la manga y le ofrecía el brazo. "Practica conmigo. Yo aguanto." Cuántas veces le había picado ese mismo brazo, de noche, en la cocina de un departamento que ya no existía, hasta que le salió perfecto.

Le salió perfecto en el segundo intento. La vena tomó el catéter. Ella fijó la cinta sin levantar la mirada, porque si la levantaba se rompía.

—Listo —dijo, y se dio la vuelta con el carrito.

La emboscó en el pasillo de los baños.

—Deberías tener algo de vergüenza. —Joana se interpuso, fresca, recién retocada—. Andar revoloteándole con la batita de enfermera. Por Dios. ¿No tienes dignidad?

Valentina se detuvo. Algo en ella, después de la noche anterior, después del sueño, después del temblor de su propia mano, ya no tenía ganas de tragarse nada.

—Dignidad. —Repitió la palabra despacio, como probándola—. Qué curioso que tú me hables de dignidad, Joana. ¿Te acuerdas de la UNAM? Camila y yo te invitábamos a estudiar a la casa. Te prestábamos apuntes. Éramos amigas. —Dio un paso—. ¿Y te acuerdas de aquel lago? Porque yo sí. Yo me acuerdo del día en que te le declaraste a Maximiliano y él te dijo que no, con todas sus letras. Y me acuerdo de lo que hiciste después, con quién hablaste, qué inventaste. —Bajó la voz—. Tú no me odias porque yo no tenga dignidad. Me odias porque a ti te dijo que no. Hace diez años. Y todavía corres detrás de él cargándole la cartera.

La cara de Joana se descompuso, blanca y luego roja.

—Tú... —Le tembló la voz de pura rabia—. Te vas a arrepentir.

—Seguro. —Valentina la rodeó y siguió caminando—. Con permiso, tengo pacientes.

El turno terminó a las tres. Cuando volvió a la sala, la camilla de Maximiliano estaba vacía y tendida. Se había ido sin avisar, por supuesto, sin un gracias, sin una palabra. Y aunque era lo más lógico del mundo, Valentina sintió un hueco absurdo en el pecho, como si hubiera dejado algo a medias y ya no pudiera terminarlo.

Pasó por la caja a preguntar por el adeudo del suero de Dulce de la noche anterior, los doscientos pesos que llevaba todo el día calculando de dónde sacar.

La cajera revisó la pantalla.

—No, señora, esa cuenta ya está saldada. Y la de la niña también, la del lunes. Las pagaron en efectivo esta mañana. —Levantó la vista—. ¿No le avisaron?

—¿Quién? —preguntó Valentina, aunque ya lo sabía. Aunque el anillo de plata, sobre su pecho, ya se había puesto tibio.

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Patricia Trujillo Marin
se terminó la historia y todo los capítulos solo fue de sufrimiento y uno solo de felicidad, que pena con la escritora pero yo no vuelvo a leerte 🤭🤭🤭🤭👏
Patricia Trujillo Marin
señora escritora no vuelva a escribir nada no sé si usted es mujer pero como mujer no se quiere un carajo
Patricia Trujillo Marin
señora escritora no vuelva a escribir nada no sé si usted es mujer pero como mujer no se quiere un carajo
Patricia Trujillo Marin
mire pues ahora solo falta que la escritora le ponga una enfermedad, no voy a seguir leyendo historias de esta escritora es una persona muy perversa
Patricia Trujillo Marin
yo tengo razón la escritora odia de muerte a Valentina, todo lo que hace la protagonista le sale mal😭😭😭😭😭
Patricia Trujillo Marin
la que escribio está historia no quiere nada ala protagonista que dolor a Valentina no le pasa nada bueno uyyyyyyy
Patricia Trujillo Marin
No me gusta mucho la novela donde hay mayoría de malos y pocos buenos ya señora escritora cambié la trama
Patricia Trujillo Marin
max no es tan inteligente como yo pensaba tiene a la niña y no le hace la prueba de ADN
gabriela uliarte
hermosa historia
Mirna Lobo
espero que la escritora le tenga un buen final al tal Bruno por desgraciado 😡😡😡y a la mamá también 😡
Ada Luque
empieza bien, lo situaría en un 7 de 10. pero conforme pasa la historia se va haciendo pesada, anodina, larga y para rematar incongruente por toooodos los fallos q no son pocos. Al final tuve la sensación d q leí 2 historias diferentes en una. Finalmente le doy un 3.
Carmen Salgado
Muy buena novela gracias autora, felisitaciones apacionante!! ¡
Tere Jimenez
hermosa novela gracias por compartir
Tere Jimenez
así es
Tere Jimenez
así es ya llore mucho por favor que hable con el o que el se entere que está enferma
Mariana Posternak
no me cuadra los años ???????
Maria Hernández
Me. Gustó mucho esta. Novela lloré arto y sufrí con las, maldades. De la ama de. Ximena
neumidia ruiz
estuvo muy buena la trama , algunas incoherencias como por ejemplo 18 años de sufrimientos y la niña tenía 5, luego ya adolescente Dulce mateo bebé 🤣
Laura Incaurgarat
me encantó!!! llore como nunca... pero de verdad hermosa historia
alicia g
tristisima historia, escritora ases que el lector se meta en la trama viva cada capítulo, excelente
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