Durante tres años, Valentina Robles creyó ser la mujer que Gabriel Duarte amaba. Hasta que volvió su ex y ella escuchó la verdad: él solo había estado buscando a otra en su rostro.
Valentina no va a competir por un lugar que nunca fue suyo. Acepta el matrimonio que antes había rechazado y vuelve a casa, decidida a dejar a Gabriel atrás. Lo que él no sabe es que la mujer a la que dio por sentada es una heredera que ya no necesita ocultarse.
A su lado está Alejandro Ferrer, dispuesto a darle algo que con Gabriel nunca tuvo: confianza sin condiciones.
Pero Gabriel no acepta haberla perdido. Y Valentina ya no está dispuesta a ser la segunda opción de nadie.
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Capítulo 18
018. De vuelta a casa
Después de tomar la foto, Alejandro le devolvió el teléfono. Su mirada estaba serena y su tono no revelaba nada.
—Creo que te escribió un amigo.
—¿Ah? A ver.
Valentina abrió el mensaje y se le tensó el rostro. Sabía que los SMS aparecían automáticamente en una notificación con el contenido. Alejandro tenía que haberlo visto. Se volvió hacia él con cierta culpa.
—Es mi exnovio. Ya terminamos.
—Está bien.
Su expresión seguía tranquila, sin ninguna emoción visible.
—Ya lo bloqueé en WhatsApp. Se me olvidó bloquear su número.
Valentina estaba algo alterada. Ni siquiera sabía por qué se sentía culpable. Tenía veinticinco años. Era normal haber tenido un novio, ¿no? Además, aquella relación había sido anterior a aceptar el matrimonio. No le había hecho nada malo a Alejandro. ¿Por qué iba a sentirse así?
Cuando lo vio claro, se calmó.
—Lo bloqueo ahora mismo.
Delante de él, añadió el número de Gabriel a la lista de bloqueados. Después explicó:
—No te preocupes. Si acepté casarme contigo, mi exnovio solo va a ser parte del pasado.
Alejandro asintió. Sus ojos oscuros y profundos seguían sin mostrar nada. Pero, en cuanto ella se dio la vuelta, una sonrisa casi imperceptible le curvó los labios.
***
Después de pasar unos días de paseo, Valentina y Alejandro regresaron a Santa Lucía. Ella no había avisado en casa que volvía ese día, así que nadie de los Robles fue al aeropuerto. Los recogió el asistente de Alejandro.
El Rolls-Royce Cullinan negro se detuvo frente a la casa familiar.
—¿Quieres que entre contigo? —preguntó él.
Valentina negó con la cabeza.
—No hace falta.
—Está bien.
Se quedó junto a la entrada, con esa inquietud que a veces daba estar tan cerca de casa. Alejandro notó su vacilación y no se demoró. Solo cuando el auto se alejó, Valentina tocó el timbre. Al marcharse no se había llevado las llaves. Tres años después, tenía que llamar para entrar en su propia casa. La sensación era extraña.
Abrió Rosa, la empleada de la familia. Al verla, se quedó inmóvil.
—Señorita… ¿volvió?
La voz se le quebró un poco. Valentina sintió que se le encogía el corazón y respondió con un «sí» suave.
—Por fin volvió. Qué bueno, qué bueno… Voy a avisarle al señor.
—¿No está en casa?
—Está en la empresa. La señora fue a una actividad para familias en la escuela de la niña.
No había nadie. Valentina soltó el aire, aliviada. Acababa de llegar y quería un respiro, sin enfrentarse todavía a aquella familia. Su madrastra, su hermana pequeña y el padre con quien llevaba años en conflicto le daban, cada uno, dolor de cabeza.
Fue a su dormitorio. Los muebles y la decoración estaban exactamente como los había dejado. Todo estaba limpio y ordenado, sin una mota de polvo. Era evidente que alguien lo limpiaba a diario.
Sacó las cosas de la maleta y se bañó. Al salir, oyó a Rosa llamar a la puerta.
—Señorita, ¿qué quiere cenar? Voy a comprar lo que haga falta.
Valentina abrió y sonrió un poco.
—Lo de antes.
—¡Claro!
Rosa sonreía, feliz de verdad. Llevaba más de diez años en casa de los Robles y la había visto crecer. Para ella, Valentina era como una hija. La noche en que Elena murió, había sido Rosa quien la recogió de la nieve y la llevó en brazos.
Después, Esteban se hundió durante mucho tiempo y no pudo ocuparse de su hija. Mientras la fiebre no bajaba, Rosa la cuidó en el hospital sin darse descanso. Cuando el dolor por su madre no la dejaba comer, estuvo a su lado, la consoló y la convenció una y otra vez para que probara algo.
Valentina no sabía si habría podido superar aquello sin ella. La sentía como parte de su familia. En aquellos tres años no había mantenido contacto con Esteban, pero sí llamaba a Rosa en las fiestas para saber cómo estaba.
Recordó algo y sacó una caja de regalo.
—Le traje jalea real. Es la especialidad más famosa de Puerto Azul. Prepáresela y pruébela.
Rosa la recibió sonriendo.
—Esta noche se la preparo a usted, señorita.
—No. —Valentina negó con la cabeza—. La compré para usted. Yo ya la probé muchas veces. Quería que la conociera.
—Pero… no puedo aceptar esto.
Rosa agitó las manos, apresurada. Valentina volvió a ponerle la caja entre los brazos.
—Acéptela. Se ha preocupado mucho por mí todos estos años. Es un pequeño detalle.
A Rosa se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Señorita…
—¡Hermana! ¡Vale, volviste!
Una voz infantil y clara las interrumpió. Apenas terminó de hablar, una niña corrió hacia Valentina y se abrazó a ella.
—¡Te extrañé mucho! ¡Por fin estás aquí!
Sujetándole la pierna, levantó el rostro con los ojos brillantes y una alegría inmensa. Era Emilia Robles, su hermana por parte de padre. Tenía ocho años.
Desde pequeña quería estar siempre pegada a ella, pero Valentina nunca había sido demasiado cariñosa. No le gustaba su madre y, por eso, tampoco le nacía querer a la niña. Aunque Emilia no tenía la culpa. Era inocente, dulce y solo quería acercarse a su hermana. Valentina no sentía cariño, pero tampoco la detestaba.
Bajó los ojos hacia ella.
—¿Ya saliste de la escuela? ¿Tan temprano?
—Rosa nos dijo que habías vuelto y Mili no podía esperar para verte. Por eso regresamos antes.
Beatriz Herrera se acercó sonriendo. El gesto de Valentina se tensó ligeramente. Antes de irse, poco le había faltado para llevar escrito en la cara que no soportaba a su madrastra. Apenas cruzaban unas palabras en todo el año.
No la odiaba solo porque Esteban hubiera cambiado de amor y traicionado a su madre al casarse de nuevo. Lo peor era que Beatriz había sido una de las mejores amigas de Elena. Para Valentina, era una mujer calculadora que ni siquiera había respetado al marido de su amiga. Y su padre, un sinvergüenza sin reparos en enredarse con la amiga de su difunta esposa.
Por todo aquello, después de perder a su madre, la niña buena a la que todos elogiaban se había convertido poco a poco en una adolescente rebelde.
Como Valentina no hablaba, Beatriz continuó sonriendo.
—Debes de estar cansada. Descansa un poco. Cuando esté la cena, te llamo.
Emilia le sacudió la mano a su hermana, mimosa.
—Vale, ven a mi cuarto un rato. Hice un dibujo. ¿Quieres verlo?
Valentina retiró la mano, con expresión fría.
—No. Voy a descansar.
—Ah… Está bien.
La niña recogió la mano, decepcionada. Bajó la cabeza e hizo un puchero, claramente triste. Beatriz la tomó de la mano.
—No molestes a tu hermana. Déjala descansar.
Rosa, que seguía a un lado, se veía un poco incómoda.
—Señora, señorita, voy a hacer las compras.
Después de que se fue, Beatriz también se llevó a Emilia. Valentina cerró la puerta.
Por fin, silencio.
***
Esteban volvió por la noche. La familia se sentó a la mesa, lista para cenar. Él miró a Valentina.
—¿Por qué no avisaste que volvías hoy?
—¿Y qué cambia si aviso o no?
No había dicho más que una frase y ya olía a pólvora. Esteban frunció mucho el ceño.
—Han pasado tres años. ¿Todavía no cambias ese carácter?
Valentina lo miró con una media sonrisa.
—Han pasado tres años. ¿Y tú y la señora Herrera todavía no se divorcian?