EL PRECIO DE DESEARTE
Valeria jamás imaginó que una noche pudiera cambiar su vida para siempre.
Adrián apareció cuando ella más necesitaba respuestas… y menos podía permitirse confiar en alguien.
Él guarda un secreto.
Ella esconde un pasado.
Y entre ambos nace una atracción tan intensa como peligrosa.
Pero cuando el deseo se mezcla con mentiras, nadie sale ileso.
Porque enamorarse de Adrián no será su mayor error.
Será descubrir por qué él la eligió.
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LA MUJER DE BLANCO
La lluvia había comenzado nuevamente cuando Valeria y Adrián abandonaron la casa.
El aire frío golpeó sus rostros mientras avanzaban por el camino trasero.
Ninguno hablaba.
No porque no tuvieran nada que decir.
Sino porque ambos sabían que acababan de cruzar una línea de la que ya no podían regresar.
Valeria llevaba la fotografía guardada contra su pecho.
La mujer de blanco.
La mujer que había estado allí aquella noche.
La mujer que, según Gabriel, conocía la verdad sobre su nacimiento.
Y ahora sabía algo todavía más inquietante.
Esa mujer seguía viva.
—Adrián…
Él no dejó de caminar.
—¿Sí?
—¿Tú crees que Gabriel está diciendo la verdad?
—No.
Valeria lo miró sorprendida.
—¿No?
Adrián se detuvo.
—Creo que está diciendo una parte de la verdad.
Ella soltó una pequeña sonrisa.
—Eso es exactamente lo que pienso.
—Gabriel sabe mucho más de lo que quiere admitir.
—Y Samuel también.
Adrián asintió.
—Por eso no me gusta esa dirección.
Valeria bajó la mirada.
—A mí tampoco.
—Entonces no iremos.
Ella levantó los ojos.
—Sí iremos.
Adrián suspiró.
—Sabía que dirías eso.
—¿Y aun así viniste conmigo?
—Siempre voy a ir contigo.
Aquellas palabras hicieron que Valeria se quedara en silencio.
Adrián se acercó y tomó su mano.
—Pero quiero que me prometas algo.
—¿Qué?
—Si algo sale mal, corres.
—¿Y tú?
—Yo iré detrás de ti.
—No.
Valeria negó.
—No volveré a dejarte atrás.
Adrián sonrió ligeramente.
—Entonces supongo que tendremos que sobrevivir juntos.
Ella apretó su mano.
—Eso me parece justo.
---
La dirección los llevó hasta una calle antigua, alejada del centro.
El número 42 estaba casi oculto entre dos edificios abandonados.
Era una casa pequeña.
Demasiado pequeña para guardar un secreto tan grande.
Adrián apagó el motor.
Durante unos segundos ninguno bajó del vehículo.
—¿Estás segura? —preguntó.
Valeria miró la casa.
—No.
—Bien.
—¿Bien?
—Me preocuparía más si estuvieras segura.
Valeria soltó una pequeña risa.
Fue breve.
Pero suficiente para aliviar la tensión.
Adrián la miró.
—Extrañaba eso.
—¿Qué?
—Que sonrieras.
Valeria volvió el rostro hacia él.
—No recuerdo la última vez que me sentí realmente tranquila.
—Yo tampoco.
—¿Por qué?
Adrián la observó.
—Porque desde que te encontré, todo cambió.
—¿Te arrepientes?
Él negó.
—Ni un segundo.
Valeria sintió que aquellas palabras se quedaban dentro de ella.
Se inclinó y lo besó.
Fue un beso corto.
Pero lleno de significado.
Cuando se separaron, Adrián acarició su mejilla.
—Vamos.
Bajaron del vehículo.
La puerta de la casa estaba entreabierta.
Adrián levantó el arma.
—Quédate detrás de mí.
Entraron.
El interior estaba vacío.
No había muebles.
No había fotografías.
No había señales de que alguien viviera allí.
Excepto por una cosa.
Una lámpara encendida.
Valeria se acercó lentamente.
Sobre una pequeña mesa había una taza de café todavía caliente.
—Alguien estuvo aquí.
Adrián miró alrededor.
—Y no hace mucho.
Gabriel y Esteban habían decidido quedarse afuera vigilando.
Valeria sacó la fotografía.
La colocó sobre la mesa.
—Ella estuvo aquí.
Adrián observó el retrato.
—¿Cómo lo sabes?
Valeria señaló la taza.
—No sé.
Cerró los ojos.
—Pero lo siento.
De repente, escuchó un ruido detrás de ella.
Se giró.
Nada.
—¿Valeria?
—Hay alguien.
Adrián se colocó delante de ella.
—¿Dónde?
—No lo sé.
Entonces una voz femenina llenó la habitación.
—No debiste venir.
Valeria dejó de respirar.
Aquella voz.
La había escuchado en sus recuerdos.
—¿Quién eres?
La mujer apareció lentamente desde el fondo de la casa.
Vestía de blanco.
Exactamente como en la fotografía.
Valeria sintió que las piernas le temblaban.
—Tú…
La mujer se detuvo.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Sí.
Adrián levantó el arma.
—No te acerques.
La mujer levantó las manos.
—No vine a hacerles daño.
Valeria dio un paso adelante.
—¿Eras tú?
La mujer la miró.
—Sí.
—¿Estuviste en mi casa aquella noche?
—Sí.
—¿Conocías a mi padre?
La mujer cerró los ojos.
—Lo amaba.
Valeria sintió un golpe en el pecho.
—¿Lo amabas?
La mujer asintió.
—Mucho.
Adrián permaneció alerta.
—¿Cuál era tu relación con Julián?
La mujer lo miró.
—Eso no es lo que deberías preguntarme.
—Entonces, ¿qué?
La mujer volvió los ojos hacia Valeria.
—Deberías preguntarme por qué tu padre quería que olvidaras quién soy.
Valeria quedó paralizada.
—¿Por qué?
La mujer dio un paso.
—Porque si recuerdas quién soy, recordarás quién era el hombre que te sostuvo aquella noche.
Valeria sintió que su corazón se aceleraba.
—¿Mi padre?
La mujer negó.
—No.
Adrián bajó ligeramente el arma.
—¿Alejandro?
La mujer volvió a negar.
—Tampoco.
Valeria sintió que una imagen atravesaba su mente.
Un hombre.
Sus brazos alrededor de ella.
Una voz diciéndole:
“No llores. Él volverá por ti.”
Valeria abrió los ojos.
Miró a Adrián.
—Fuiste tú.
Adrián quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Aquella noche…
Valeria comenzó a llorar.
—Tú me sostenías.
Adrián bajó lentamente el arma.
—Yo tenía veintidós años.
—Lo sé.
—No recuerdo…
—Yo sí.
La mujer de blanco observaba la escena con lágrimas en los ojos.
—Por eso Alejandro te eligió.
Adrián se volvió hacia ella.
—¿Para qué?
La mujer respondió:
—Para salvarla.
Valeria se acercó.
—¿Quién eres?
La mujer respiró profundamente.
—Me llamo Elena.
El nombre quedó suspendido en el aire.
—Elena… —repitió Valeria.
—Sí.
—¿Eras amiga de mi padre?
—Era mucho más que eso.
Valeria sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Mi madre?
Elena no respondió.
Pero sus ojos sí.
Valeria retrocedió.
—No.
Adrián la sostuvo.
—Valeria…
—No puede ser.
Elena lloraba.
—Lo siento.
Valeria la miró.
—Dime que no eres mi madre.
Elena bajó la cabeza.
Y durante varios segundos solo se escuchó la lluvia golpeando las ventanas.
Finalmente levantó la mirada.
—No.
Valeria respiró aliviada.
Pero Elena añadió:
—Porque tu madre murió antes de que tú nacieras.
El silencio fue absoluto.
—Entonces, ¿por qué te confundí con ella?
Elena se acercó.
—Porque ella y yo éramos hermanas.
Valeria quedó paralizada.
—¿Hermanas?
Elena asintió.
—Tu madre se llamaba Isabel.
Valeria sintió que algo se rompía dentro de ella.
Ese nombre.
Isabel.
Por alguna razón, le resultaba familiar.
Muy familiar.
—¿Qué le pasó?
Elena miró hacia la fotografía.
—El mismo hombre que ordenó la muerte de tu padre estuvo detrás de su muerte.
Adrián apretó los puños.
—¿El hombre del anillo?
Elena asintió.
—Sí.
Valeria se secó las lágrimas.
—¿Quién es?
Elena la miró directamente.
—No puedo decirte su nombre.
—¿Por qué?
—Porque todavía te está buscando.
—Entonces nunca dejará de hacerlo.
Elena dio un paso hacia ella.
—No.
Sacó algo de su bolsillo.
Era una pequeña llave.
El símbolo grabado en ella era idéntico al de la cadena de Valeria.
—Pero existe una forma de encontrarlo.
Valeria miró la llave.
—¿Qué abre?
Elena respondió:
—La habitación siete.
Adrián frunció el ceño.
—La habitación siete no existe.
Elena negó.
—Sí existe.
—¿Dónde?
Elena miró a Valeria.
—En la casa donde comenzó todo.
Valeria sintió un escalofrío.
—La casa de mi infancia.
Elena asintió.
—Y hay algo allí que tu padre nunca quiso que encontraras.
—¿Qué?
Elena bajó la voz.
—El libro.
Antes de que Valeria pudiera responder, se escuchó un golpe afuera.
Adrián levantó nuevamente el arma.
Elena palideció.
—Ya vienen.
—¿Quiénes? —preguntó Valeria.
Elena miró hacia la ventana.
—Los hombres que mataron a tu padre.
Otro ruido.
Más cerca.
Adrián tomó la mano de Valeria.
—Tenemos que salir.
Elena negó.
—No.
—¿Qué?
Ella señaló una puerta oculta detrás de una estantería.
—Por ahí.
Adrián abrió la puerta.
Había un pasadizo estrecho.
Valeria miró a Elena.
—¿Vienes con nosotros?
Elena dudó.
—Sí.
Pero justo antes de entrar, miró hacia atrás.
Sobre la mesa estaba la fotografía.
La tomó.
La observó durante unos segundos.
Y entonces Valeria vio algo escrito en la parte posterior.
Una frase que no había visto antes.
“Isabel no murió aquella noche.”
Valeria levantó la mirada.
—Elena…
La mujer palideció.
—No leas eso.
—¿Por qué?
Elena cerró los ojos.
—Porque si esa frase es verdadera…
Su voz se quebró.
—Entonces hemos estado buscando a la persona equivocada durante todos estos años.