Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.
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Capítulo 9: El sótano de los recuerdos
La lancha surca las aguas negras durante casi una hora. La tormenta comienza a amainar, pero el mar sigue agitado, y cada ola golpea el casco con un golpe sordo que resuena en los huesos de Leo. Elena está a su lado, con los brazos cruzados y la mirada fija en el horizonte, como si buscara algo que solo ella puede ver.
—¿Cuánto falta? —pregunta Leo, alzando la voz por encima del rugido del motor.
—Poco más de veinte minutos —responde ella—. Hay un embarcadero al norte de la ciudad, en la zona antigua. Allí podemos dejar la lancha sin que nadie nos vea.
—¿Y luego?
—Luego caminamos. Tu casa verdadera está a unas quince calles del embarcadero. Un piso pequeño, en un edificio sin ascensor, en un barrio que nadie miraría dos veces. Tú lo elegiste por eso. Porque era invisible.
Leo asiente. La palabra "invisible" le gusta. Durante años ha sido invisible para sí mismo. Ahora está empezando a verse.
El motor de la lancha empieza a toser, como si el combustible estuviera llegando a su fin. Leo reduce la velocidad y busca con la mirada el embarcadero. Lo ve a lo lejos: una estructura de madera podrida, con una única farola parpadeante. Perfecta para una llegada discreta.
Atracan con cuidado, y Leo ata la lancha a un poste oxidado. Salen a tierra firme. Sus pies, aún con los calcetines empapados, encuentran el asfalto irregular del muelle. Elena lo guía por callejones estrechos, entre contenedores de basura y gatos callejeros que huyen al verlos.
La ciudad parece dormida. Son las tres de la madrugada, y la lluvia ha ahuyentado a cualquier posible testigo. Caminan rápido, sin hablar, con la atención puesta en cada sombra, en cada ruido.
Finalmente, Elena se detiene frente a un edificio de fachada desconchada, con una puerta de madera pintada de gris. No hay nombre, no hay número. Solo una mirilla oxidada y un timbre que no funciona.
—Aquí es —dice ella—. El tercero izquierda.
Leo saca las llaves de la chaqueta. Prueba con la segunda, la que abría la puerta de su casa en la Calle de los Olivos. No encaja. Prueba con la tercera. Tampoco. Hay una cuarta llave, pequeña, que casi no había notado. La introduce en la cerradura. Gira. La puerta se abre con un chirrido.
Suben las escaleras. El edificio huele a humedad y a comida vieja. En el tercer piso, una puerta igualmente gris los espera. Leo usa la misma llave. La puerta se abre.
El piso es pequeño. Una sala de estar con un sofá descolorido, una mesa de madera, una cocina minúscula. Todo está cubierto por una capa fina de polvo, como si nadie hubiera entrado en años.
—¿Aquí vivía? —pregunta Leo, sintiendo una extraña familiaridad.
—Sí —responde Elena, cerrando la puerta detrás de ellos—. Aquí vivías antes de la misión. Antes de que todo esto empezara.
Leo camina por la sala, tocando los objetos. Un libro sobre la mesa. Una taza con una grieta. Una fotografía en la pared: él solo, con una sonrisa que no reconoce.
—El sótano —dice Elena—. La entrada está en la cocina, debajo de la alfombra.
Se arrodilla y levanta una alfombra raída. Bajo ella, una trampilla de madera con un anillo de hierro. Leo la abre. Una escalera estrecha desciende hacia la oscuridad.
—Bajo primero —dice Leo—. No sé qué hay allí abajo.
—Yo tampoco —dice Elena—. Tú nunca me lo contaste. Solo me diste una llave, por si algún día necesitabas volver.
Leo baja los escalones. La madera cruje bajo su peso. Al llegar al fondo, enciende la linterna del móvil. El sótano es pequeño, de unos cuatro metros cuadrados. Hay estanterías vacías, una silla, y en el centro, un suelo de cemento que parece recién hecho.
—Aquí —dice Leo, señalando—. El cemento es distinto. Más nuevo.
Se arrodilla y golpea el suelo con los nudillos. Suena hueco. Busca algo para romperlo y encuentra una palanca oxidada apoyada en la pared. La usa para hacer palanca contra el cemento. La capa de hormigón se agrieta y se levanta, revelando un hueco oscuro.
Dentro, una caja fuerte pequeña, igual que la que encontró en la Calle de los Olivos, pero más antigua. Tiene una cerradura de combinación. Leo la mira y, por un instante, no sabe qué hacer. No recuerda la combinación.
—¿Sabes el código? —pregunta Elena desde arriba.
Leo cierra los ojos. Se concentra en el recuerdo que ha recuperado. En el pasillo del complejo, tecleando el código 8372. ¿Será el mismo?
Marca 8-3-7-2. La cerradura no se abre.
Prueba con la fecha de la foto de la boda. 1-2-0-6. Nada.
Siente la frustración subirle por el pecho. Está tan cerca. La información que escondió está a solo unos centímetros, pero su propia mente le niega el acceso.
Entonces, una imagen se forma en su cabeza. No es un recuerdo del pasado, sino una sensación. La sensación de escribir un número en un papel. La sensación de doblarlo y guardarlo en un lugar seguro.
Abre los ojos y se toca el tatuaje. La coordenada. 43°28′N 3°46′W. No son números de un mapa. Son números que significan algo más.
Marca 4-3-2-8. La puerta de la caja fuerte emite un clic.
Abre.
Dentro, una carpeta de cartón marrón, atada con una cuerda. Y una foto. La misma foto de él con Elena en la playa, pero con una inscripción al dorso que no había visto antes: "Para cuando lo olvides todo. Confía en ella."
Abre la carpeta. Dentro, documentos. Informes, mapas, fotografías de hombres y mujeres que no conoce. Y una carta escrita en su propia letra, con tinta azul.
"Si estás leyendo esto, significa que has llegado hasta el primer fragmento. Felicidades. Has superado la primera prueba. El segundo fragmento está donde empezó todo. Donde te convertiste en quien eres. La antigua base de entrenamiento. Busca el árbol de hierro."
—¿El árbol de hierro? —dice Leo en voz alta.
—¿Qué? —pregunta Elena, bajando para verlo.
—El segundo fragmento está en la base de entrenamiento, bajo un árbol de hierro. ¿Sabes a qué se refiere?
Elena se queda pálida. Sus ojos se abren con una mezcla de sorpresa y algo que parece miedo.
—Sí —dice—. La base de entrenamiento fue desmantelada hace años. Está abandonada. Pero el árbol de hierro... es una escultura que pusieron en el patio. Una estructura metálica con forma de roble. Tú la llamabas el árbol de hierro.
—¿Y dónde está esa base?
—A unos ochenta kilómetros al norte. En medio de la nada. Pero no podemos ir ahora. Vergara nos está buscando. El helicóptero, los hombres, el coche negro... todo está rastreándonos.
Leo guarda la carpeta en la mochila. Siente que cada fragmento de su pasado lo acerca a la verdad, pero también lo acerca al peligro.
—No podemos esperar —dice—. Si esperamos, ellos encontrarán el archivo primero.
Sube la escalera. Elena lo sigue. La lluvia ha cesado, y la ciudad está en silencio.
—Entonces iremos al norte —dice Elena—. Pero tenemos que ser inteligentes. No podemos ir directo. Tenemos que desaparecer unos días. Cambiar de aspecto, de vehículo, de todo.
Leo asiente. Sabe que ella tiene razón. Pero también sabe que el tiempo se está agotando.
—¿Dónde podemos escondernos? —pregunta.
Elena sonríe. Por primera vez, su sonrisa no es triste.
—Conozco un lugar. Un refugio que tú mismo preparaste para emergencias. Pero necesito que confíes en mí.
Leo la mira. La mujer que ha fingido su muerte, que ha estado oculta cinco años, que le ha mentido y le ha dicho la verdad alternativamente. Pero también la mujer que lo ha guiado hasta aquí, que le ha dado pistas, que ha arriesgado su vida para salvarlo.
—Confío en ti —dice.
Elena asiente, y juntos salen del piso, cerrando la puerta detrás de ellos. La noche aún es larga, y el camino hacia el norte los espera.
Pero antes de bajar las escaleras, Leo se detiene un momento. Saca la foto de la caja fuerte, la que tiene la inscripción "Confía en ella". Mira a Elena, que ya está en el rellano, esperándolo.
—¿Sabes una cosa? —dice.
—¿Qué?
—Creo que esta foto no es de la playa. Creo que es de otro lugar. De otro tiempo. Pero no sé cuál.
Elena se queda callada. Por un instante, algo en su mirada se oscurece.
—Tal vez —dice, en voz baja—. Tal vez cuando llegues al árbol de hierro, lo descubras.
Baja las escaleras sin mirar atrás. Y Leo, con la foto en la mano, la sigue.
Pero en su interior, una pequeña duda se enciende como una llama.
¿Y si Elena no está diciéndole toda la verdad?