Kaelen llega a la mansión más poderosa de la ciudad con un solo propósito: venganza. Su hermana murió a manos de la hija favorita del dueño, y él está dispuesto a destruirlo todo desde adentro. Pero entre lujos, secretos y noches prohibidas, lo que comenzó como odio se transforma en un amor imposible ..
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— Fiesta de disfraces, máscaras y besos
Al tiempo...
La gran fiesta de disfraces de los Valerius fue el evento más esperado del año. La mansión estaba decorada con velas, telas negras y doradas, máscaras de encaje y música que hacía vibrar los suelos.
- Seraphina llegó como una reina egipcia, vestida de oro y blanco, con una máscara de piedras preciosas que dejaba ver solo sus ojos verdes brillantes. Nathaniel, su novio, vestía de caballero, guapo y serio, siguiéndola a todos lados como un perro leal… aunque sus ojos siempre terminaban buscando a Liora, que siempre estaba escondida entre las sombras, vestida con un sencillo disfraz de hada, hermosa y tímida.
Kaelen vestía de cuervo: traje negro ajustado, capa, máscara que le cubría la mitad del rostro, dejando ver solo esos ojos azules que cortaban como cuchillas. Vigilaba todo, observaba cada movimiento, esperaba cada error.
Y el error llegó antes de lo que pensaba.
A medianoche, vio a Seraphina escabullirse hacia el ala este de la mansión, donde nadie iba. Kaelen la siguió en silencio, moviéndose como una sombra. Se detuvo fuera de una habitación y escuchó.
—Estás loco, si nos ven… —decía ella, con voz entrecortada y risas ahogadas.
—Nadie nos ve… —respondió una voz masculina que no era la de Nathaniel—. Y tú me pediste que viniera.
Kaelen empujó la puerta apenas lo suficiente para ver. Seraphina estaba contra la pared, besándose apasionadamente con un joven modelo de pasarela llamado Lucien, alto, rubio, con ojos grises y una sonrisa arrogante. Ella le rodeaba el cuello con los brazos, apretándose contra él con deseo.
—Eres mía, Seraphina —decía él, mordiéndole el cuello—. No de ese chico aburrido.
—Soy tuya —susurraba ella—. Pero nadie puede saberlo. Mi padre me mataría.
Kaelen estaba a punto de intervenir cuando vio una figura pequeña retroceder en el pasillo. Era Liora. Pálida, temblando, Se quedó petrificada cuando vio a Kaelen. Él le hizo una seña para que guardara silencio y la llevó lejos, hasta el jardín oscuro.
—Lo vi todo… —susurró ella con voz quebrada—. ¿Se lo decimos a Nathaniel?
—No —respondió Kaelen con frialdad—. Aún no. Espera. Las cosas se pudren solas si se les da tiempo.
Pero Seraphina, al regresar a la fiesta, notó la mirada de su hermana. Y en lugar de sentirse culpable, decidió atacar primero. Al día siguiente, en la escuela, en medio del pasillo lleno de estudiantes, se acercó a Liora y le habló con voz lo suficientemente alta para que todos escucharan:
—¿Qué miras, rata? —le dijo, empujándola levemente—. ¿Te da celos que yo tenga todo lo que tú nunca tendrás? ¿Mi novio, mi ropa, mi vida,el cariño de mi padre? Deja de mirarme como si fueras alguien, porque no eres nada. Eres invisible. Igual que tu madre que te abandonó.
Los estudiantes se rieron. Liora se quedó quieta, con las mejillas ardiendo y los ojos llenos de lágrimas que no se atrevía a soltar. Kaelen, que había ido a buscarla, lo vio todo desde la entrada. Y supo que la guerra apenas comenzaba. Esa noche, Seraphina encontró todos sus vestidos más caros de Diseñador de Alta Costura rasgados con una cuchilla. Nadie vio nada. Nadie supo nada. Y Kaelen le llevó un té caliente y le dijo con la cara más dulce del mundo:
—Qué pena, señorita. Seguro fue alguien que la envidia. No se preocupe, yo me encargo de que estén seguros la próxima vez.