En un mundo salvaje donde las hembras son escasas, codiciadas y acumulan harenes de múltiples esposos para asegurar la supervivencia de la especie, Lin Mei (la antigua "hembra perezosa y fea") toca fondo tras intentar forzar al guerrero oso Boran a amarla. Al borde de la muerte tras un intento de suicidio, su cuerpo es ocupado por Mei, una brillante estudiante de agronomía y medicina alternativa del mundo moderno.
Decidida a no ser el juguete ni el parásito de nadie, Mei revoluciona la Tribu de la Roca con conocimientos de higiene, agricultura y costura. Su transformación física y mental la convierte en la hembra más hermosa y deseada del continente. Mientras rechaza los lamentos del arrepentido Boran, Mei desafía las leyes del mundo de las bestias al entregar su corazón a uno solo: Kaelen, el imponente y devoto líder de los leones, demostrando que en un mundo de poligamia, el verdadero poder radica en elegir a quién amar.
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CAPITULO 20
La vaguada del sur quedó sumida en un silencio sepulcral, roto únicamente por los lamentos ahogados de Karg, quien presionaba con desespero su codo cercenado mientras la nieve bajo su cuerpo se transformaba en un charco de un rojo denso y humeante. Los guerreros de la Tribu del León se desplegaron de inmediato por el perímetro, con sus lanzas de bronce destellando bajo la pálida luz del sol invernal, bloqueando cualquier intento de retirada del único subordinado de Boran que aún permanecía en pie.
Mei dio tres pasos hacia atrás, apartándose del calor sofocante que emanaba del cuerpo de Kaelen. Su mente científica, fría y calculadora por naturaleza, ya estaba procesando las variables del nuevo escenario geopolítico. El Traje de Ortiga que vestía no tenía una sola rasgadura, pero la lasca de piedra en su mano derecha goteaba el plasma del guerrero oso, una prueba irrefutable de que la línea de la no violencia se había quebrado de forma definitiva.
—Sora, Nila —ordenó Mei, su voz resonando con una autoridad clínica que contuvo el pánico de las hembras—. Levanten a Maya y recojan los fardos de ortiga que alcanzamos a cortar. No podemos dejar rastro de nuestro suministro aquí. Nos movemos ahora mismo.
—¿Y qué haremos con ellos, Lin Mei? —preguntó Nila, con los ojos fijos en el cuerpo inconsciente del oso que Kaelen había estrellado contra las rocas—. Si los dejamos aquí, el frío los matará antes de la noche.
—Ese no es nuestro problema, Nila —intervino Kaelen, su barítono profundo cargado de un desprecio absoluto mientras observaba a los invasores—. Cruzaron los límites de mi territorio y atacaron a las mujeres que proveen el sustento del valle. Según las leyes de la sabana, sus cabezas ya deberían estar clavadas en las lanzas de mi vanguardia. Agradece que la flor de plata prefiere la lógica a la carnicería, oso.
Kaelen se giró hacia su segundo al mando, un fiero león de melena oscura llamado Jarek. —Ata a Karg y al otro rezagado. Arrástralos hasta el límite del bosque alto y déjalos donde los centinelas de Gorik puedan verlos. Si Boran quiere recuperar a sus perros heridos, tendrá que venir a buscarlos él mismo.
Mei miró al líder de los leones, sus ojos almendrados estrechándose. —Estás forzando la situación, Kaelen. Boran es un bruto, pero cuando vea a Karg lisiado por una hembra y devuelto por tus guerreros, perderá el poco juicio que le queda. Utilizará esto para movilizar a la facción alta de la Roca. Dirá que los leones se han aliado con las parias para destruir la tribu desde dentro.
Kaelen dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia hasta que Mei pudo sentir el aroma a cuero y pintura de guerra que desprendía su torso dorado. Una sonrisa de soberbia y admiración se dibujó en sus labios perfectos.
—Eso es exactamente lo que quiero que haga, Lin Mei —ronroneó el león, sus pupilas verticales fijas en el rostro sereno de la joven—. Un enemigo enfurecido es un enemigo que comete errores. Boran intentará marchar con sus guerreros hambrientos por el sendero principal, pero sus nidos están vacíos y sus mujeres ya no creen en su fuerza. Tú has erosionado la base de su montaña con tus hilos y tus papas silvestres; yo solo voy a empujar la roca para que termine de caer. Regresa a tu Casa del Hilo. Asegura a tu gente. La tormenta que viene esta noche no será de nieve, sino de lanzas.
Mei no replicó. Sabía que el análisis del felino era correcto: la estructura social de la Tribu de la Roca estaba tan agrietada que un solo impacto externo la haría colapsar. Hizo una señal a su grupo y, escoltadas a la distancia por las sombras doradas de los leones, las hembras iniciaron el ascenso de regreso hacia las colinas altas.
El trayecto fue silencioso y tenso. Maya caminaba con dificultad, sostenida por Sora, pero su rostro no reflejaba arrepentimiento, sino una determinación sombría. Habían derramado sangre de un macho alfa para defender su derecho a la supervivencia, un acto de rebelión que cambiaría para siempre la historia de su especie.
Al llegar a la Casa del Hilo, la atmósfera de orden que Mei había construido se transformó de inmediato en un cuartel de crisis. Los trueques del día se suspendieron. Los cazadores de los nidos bajos que se encontraban en el claro esperando mantas o medicinas escucharon el relato de Sora con rostros de asombro y temor.
—¡Karg ha sido lisiado! —el murmullo corrió como el fuego por los senderos de piedra—. ¡La paria detuvo la maza de un guerrero pardo con una sola lasca! ¡Los leones están en el límite del bosque!
Alrededor del mediodía, el vaticinio de Mei se materializó. Desde la plaza central, el sonido sordo y rítmico de los tambores de cuero de mamut comenzó a resonar, convocando a todos los machos aptos para la guerra. El jefe Gorik ya no tenía el control de la situación; el desespero por el hambre y la humillación pública habían entregado el mando efectivo de la plaza a un Boran sediento de sangre.
Sora entró corriendo a la cueva de Mei, con el rostro pálido. —Lin Mei... Boran está reuniendo a los guerreros en la plaza baja. Talia está con él, y le está diciendo a todos que tú eres una bruja que ha pactado con los gatos del sur para entregar a nuestros hijos como esclavos. Vienen hacia acá. Dicen que van a quemar la Casa del Hilo y a confiscar toda la tela y las provisiones antes de marchar contra Kaelen.
Las hembras que se encontraban en el taller de hilado dejaron caer sus husos, rompiendo a llorar. Nila abrazó al pequeño Ro contra su pecho, mirando a Mei con ojos suplicantes.
—Tranquilas todas —la voz de Mei se alzó sobre el murmullo, firme, gélida y carente de cualquier rastro de pánico—. Esto no es una derrota; es el momento de aplicar la fase final de nuestra estrategia. Sora, Nila, Maya... escúchenme con atención. No vamos a defender esta cueva. Las paredes de piedra no se pueden comer y los telares se pueden reconstruir. Boran espera encontrarnos aquí acurrucadas como presas; en lugar de eso, le dejaremos un nido vacío.
—¿A dónde iremos, Lin Mei? —preguntó Maya, limpiándose el sudor de la frente—. El invierno exterior nos matará si dejamos el fuego del fogón térmico.
Mei se acercó a la repisa del fondo y tomó la gran capa de tela de ortiga reforzada que había terminado la noche anterior. Se la colocó sobre los hombros, asegurando los broches de hueso con movimientos mecánicos.
—No iremos al bosque exterior —declaró la agrónoma, una sonrisa calculadora dibujándose en sus labios—. Iremos a las cuevas profundas de la ladera oeste, los antiguos túneles de ventilación que los osos abandonaron porque decían que estaban malditos. Yo exploré ese sector la semana pasada; el suelo es seco y los pozos de ventilación mantienen el aire limpio. Llevaremos todas las cestas de papas, los rollos de tela terminados y los suministros de medicina. Dejaremos que Boran entre a esta cueva y encuentre únicamente las cenizas del fuego. Cuando no encuentre comida para su facción, el hambre terminará el trabajo por nosotros.
La orden de evacuación se ejecutó con la precisión de un protocolo científico. Las hembras de los nidos bajos, acostumbradas durante generaciones a cargar pesados fardos de pieles bajo el látigo del desprecio, movilizaron los recursos de la Casa del Hilo en menos de una hora. Los cazadores aliados, como Torg, se colocaron en los puntos de inflexión del sendero para cubrir la retirada de las madres y las crías.
Mei fue la última en salir. Se detuvo en el umbral de su cueva, mirando el fogón circular que tanto esfuerzo le había costado construir. Con un movimiento deliberado, arrojó un puñado de hojas de menta húmedas y ramas de pino verde sobre las brasas, provocando una densa humareda blanca que llenó el espacio, borrando cualquier rastro de su presencia.
—Disfruta de las piedras frías, Boran —murmuró Mei, dándose la vuelta y adentrándose en el sendero oculto de la ladera oeste bajo los primeros copos de una nueva e intensa nevada.
Mientras el éxodo de las colinas altas se completaba en absoluto secreto, en la plaza central de la Roca, la locura era total. Boran, vistiendo una pesada capa de mamut y con el rostro pintado con la grasa negra de los guerreros de élite, levantó su hacha de piedra frente a una multitud de cincuenta machos armados con lanzas y mazas.
—¡Hoy limpiaremos la Roca de las traidoras! —rugió el guerrero oso, su voz resonando con una vibración salvaje—. ¡Marcharemos primero a la colina de la paria y luego bajaremos al sur a arrancar la melena de ese gato presumido! ¡La Roca prevalecerá!
Talia, de pie a su lado con los ojos encendidos en un odio visceral, vitoreaba con desespero. Sin embargo, detrás de la línea de guerreros, el jefe Gorik observaba la escena desde la entrada de su cueva comunal con una tristeza infinita en sus ojos cansados. El anciano líder sabía lo que los jóvenes ignoraban: una tribu que persigue a sus propias mujeres y destruye su fuente de conocimiento ya ha firmado su sentencia de muerte antes de que el primer enemigo levante su lanza.
El tablero del invierno se había reconfigurado. Mei y su facción de la tecnología se ocultaban en las entrañas de la tierra, mientras Kaelen y sus leones esperaban en la linde del bosque el avance del orgulloso y hambriento ejército de osos. La guerra por el control del valle del norte había comenzado, y el hilo de la civilización pendía ahora de la agudeza mental de una sola mujer oculta en las sombras de la piedra.
zorra ? ¿ q animal ?