Alma Rivera jamás imaginó que una beca cambiaría su vida. Al ingresar a la prestigiosa Academia Blackwood, descubre que algunos estudiantes desaparecen sin dejar rastro... y que nadie se atreve a mencionarlos. Junto a Adrián Lancaster, el alumno más brillante y distante de la escuela, comenzará una investigación que desenterrará secretos ocultos durante años. Pero en Blackwood, conocer la verdad tiene un precio, y alguien está dispuesto a matar para mantenerla enterrada.
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Entre libros
Los días siguientes transcurrieron con una calma inusual.
Demasiado inusual.
Después de lo ocurrido la noche del toque de queda, Alma esperaba que alguien la llamara a la dirección o que algún profesor le hiciera preguntas.
Pero nada ocurrió.
Era como si aquella conversación que había escuchado jamás hubiera existido.
Y eso la inquietaba todavía más.
El jueves por la tarde, Alma terminó sus clases antes que Olivia.
—Tengo entrenamiento dentro de media hora —dijo su compañera mientras guardaba el equipo de tiro con arco—. ¿Me esperas después?
—Voy a aprovechar para estudiar un rato.
—¿Dónde más?
—En la biblioteca.
Olivia sonrió.
—Empiezo a pensar que te van a poner una placa con tu nombre ahí.
—Mientras no me cobren alquiler…
Las dos rieron antes de separarse.
La biblioteca estaba especialmente tranquila.
La lluvia caía con suavidad sobre los ventanales y apenas había media docena de estudiantes repartidos entre las mesas.
Alma eligió su lugar habitual, cerca de una ventana.
Abrió un libro de Literatura y comenzó a tomar apuntes.
No supo cuánto tiempo pasó.
Cuando levantó la cabeza para descansar la vista, descubrió a alguien sentado frente a ella.
Adrián.
Tenía un libro abierto y escribía algunas anotaciones en una libreta negra.
No hacía ruido.
Ni siquiera parecía haber notado que ella lo observaba.
—¿Siempre apareces sin hacer ningún sonido?
Él levantó la vista.
—Tú estabas demasiado concentrada.
—Casi me das un infarto.
—Lo tendré en cuenta.
Alma sonrió.
Ya empezaba a acostumbrarse a su forma de hablar.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Depende.
—¿De qué?
—De la pregunta.
Ella soltó una pequeña risa.
—No eres muy fácil.
—Nunca dije que lo fuera.
Durante unos segundos volvió el silencio.
Cada uno regresó a su libro.
Fue Alma quien terminó rompiéndolo otra vez.
—¿Qué estás leyendo?
Adrián giró el ejemplar para que pudiera verlo.
“Arquitectura gótica en instituciones educativas.”
Alma parpadeó.
—Eso… es bastante específico.
—Necesitaba información sobre edificios antiguos.
—¿Por alguna materia?
Él dudó apenas un instante.
—Sí.
La respuesta fue tan rápida que Alma sospechó que ocultaba algo.
Pero decidió no insistir.
Al menos no esta vez.
—Yo estoy con Literatura.
Le mostró el libro.
Adrián observó el título y levantó una ceja.
—¿Ya llegaron a ese capítulo?
—¿Lo conoces?
—Lo estudié hace dos años.
—Entonces…
Alma sonrió con timidez.
—¿Podrías explicarme una cosa?
Él cerró lentamente su libro.
—¿Qué parte?
Durante los siguientes veinte minutos, Adrián le explicó un análisis literario que el profesor apenas había mencionado en clase.
No recitaba de memoria.
Realmente entendía cada detalle.
Relacionaba los temas, hacía preguntas y esperaba a que Alma llegara sola a las conclusiones.
—Ahora tiene sentido.
—Porque dejaste de memorizar y empezaste a interpretar.
Alma apoyó el lápiz sobre la mesa.
—¿Siempre explicas así?
—No suelo explicar.
—Pues deberías.
Serías un buen profesor.
Por primera vez, Adrián pareció quedarse sin respuesta.
Desvió la mirada hacia el ventanal.
—No creo.
—¿Por qué?
—No tengo paciencia con la gente.
Alma rio por lo bajo.
—Conmigo la has tenido.
Él la miró de nuevo.
Era cierto.
Y no entendía por qué.
Las horas pasaron sin que ninguno de los dos se diera cuenta.
Habían dejado de hablar únicamente de los estudios.
Alma descubrió que Adrián prefería las novelas históricas a las de misterio.
Que tomaba café sin azúcar.
Y que, aunque nadie lo creyera, sabía tocar muy bien el piano.
Adrián, por su parte, descubrió que Alma tenía la costumbre de morder la tapa del bolígrafo cuando pensaba.
Que hacía pequeños dibujos en los márgenes de los apuntes cuando se aburría.
Y que hablaba con una pasión contagiosa cada vez que mencionaba los libros.
—No pareces la misma persona que hace preguntas incómodas por toda la academia.
Ella sonrió.
—¿Eso es un cumplido?
—Tal vez.
—Voy a anotarlo. Creo que es el segundo cumplido que me haces desde que nos conocemos.
Adrián negó con una sonrisa apenas visible.
—Llevas la cuenta.
—Claro.
No ocurren muy seguido.
Los dos rieron en voz baja.
Fue un momento breve.
Pero natural.
Sin misterios.
Sin preguntas incómodas.
Solo dos estudiantes compartiendo una tarde entre libros.
Desde el mostrador, la señora Evans levantó la vista al escuchar aquella risa.
Observó a Adrián durante unos segundos.
Hacía años que no lo veía reír con alguien.
Y, por primera vez desde la desaparición de Isabella, sintió que el muchacho volvía a parecerse un poco al chico alegre que alguna vez había conocido.
Aunque también sabía que esa tranquilidad difícilmente duraría mucho en Blackwood.a