A los 19 años, un joven conoce a una empresaria multimillonaria que quedó viuda hace muchos años. Ella ha dedicado todo su tiempo a criar a su hijo del y a dirigir su empresa, convencida de que el amor quedó atrás
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SENTIMIENTOS EN SILENSIO
Habían pasado ya varios meses desde aquella noche de tormenta.
La convivencia entre Andrea y Alejandro se había vuelto completamente natural.
Trabajaban juntos todas las tardes, conversaban durante los descansos y, en ocasiones, compartían una taza de café mientras revisaban los pendientes del día.
Sin embargo, algo estaba cambiando.
Algo que ninguno de los dos se atrevía a mencionar.
Aquella tarde, Alejandro estaba ordenando unos expedientes cuando Andrea entró al despacho.
Llevaba un elegante traje color marfil y el cabello recogido.
—¿Ya terminaste con los contratos?
Alejandro levantó la vista.
Por un instante, se quedó completamente inmóvil.
—S... sí.
Andrea notó que había tardado unos segundos en responder.
—¿Ocurre algo?
Alejandro reaccionó de inmediato.
—No... perdón. Solo estaba distraído.
Ella sonrió con dulzura.
—No te preocupes.
Mientras Andrea continuaba trabajando, Alejandro intentó concentrarse en los documentos.
"¿Qué me pasa?", pensó.
Nunca antes había sentido que el corazón se acelerara solo por verla sonreír.
Intentó convencerse de que era simple admiración.
Después de todo, Andrea había cambiado su vida.
Pero, en el fondo, comenzaba a comprender que aquel sentimiento era diferente.
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Más tarde, Andrea levantó la vista de su computadora.
Alejandro seguía revisando unos expedientes con una concentración admirable.
Sonrió sin darse cuenta.
"Es increíble...", pensó.
"Siempre da lo mejor de sí."
Recordó al joven empapado que había llamado a la puerta aquella noche de tormenta.
Ahora veía a un universitario responsable, amable y lleno de sueños.
Sin darse cuenta, también comenzó a notar pequeños detalles.
La forma respetuosa en que él la trataba.
Su paciencia con todos los empleados.
La sonrisa sincera que aparecía cada vez que hablaba de su abuela o de su hermanita.
Andrea bajó la mirada.
Su corazón dio un pequeño vuelco.
"¿Qué estoy pensando...?"
Sacudió ligeramente la cabeza para volver a concentrarse.
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Al terminar la jornada, ambos caminaron hacia el elevador.
El silencio no resultaba incómodo.
Era tranquilo.
Cuando las puertas se abrieron, Andrea dio un pequeño paso, pero perdió un poco el equilibrio debido al tacón.
Alejandro reaccionó por instinto y la sostuvo con cuidado antes de que pudiera caer.
—¿Está bien?
Andrea levantó la vista.
Durante unos segundos, sus miradas se encontraron.
Ninguno dijo una palabra.
El tiempo pareció detenerse.
Entonces Andrea sonrió con un ligero rubor.
—Sí... gracias.
Alejandro retiró la mano con rapidez.
—Perdón...
—¿Por qué te disculpas?
—No quería...
Andrea negó suavemente.
—Me ayudaste.
Eso es todo.
Los dos entraron al elevador sin volver a hablar.
Los corazones de ambos latían más rápido de lo normal.
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Desde el otro lado del pasillo, Mauricio había presenciado toda la escena.
Frunció el ceño.
—Cada vez es más evidente...
No muy lejos de él, dos secretarias comentaban en voz baja.
—¿Viste cómo se miraron?
—Sí...
—Creo que ambos sienten algo.
—Solo que ninguno se atreve a decirlo.
Mientras tanto, Alejandro salía del edificio rumbo a casa.
Durante todo el camino no pudo borrar la sonrisa de su rostro.
Por primera vez, aceptó en silencio una verdad que llevaba días intentando negar.
Se estaba enamorando de Andrea.
Al mismo tiempo, desde la ventana de su despacho, Andrea observó cómo el automóvil se alejaba.
Llevó una mano a su pecho y sonrió apenas.
Ella tampoco podía negar lo que comenzaba a sentir.
Pero ambos compartían el mismo pensamiento.
Aún no era el momento de decir una sola palabra.