Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?
NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11 Un corazón que empieza a despertar
El amanecer encontró a Marco Vivaldi en el viñedo.
Había salido antes que cualquiera de sus trabajadores.
Necesitaba caminar.
Pensar.
Alejarse de la mansión.
O, mejor dicho, alejarse de los recuerdos que aquella casa había despertado la noche anterior.
El rocío cubría las hojas de las vides, y el aroma de la tierra húmeda solía transmitirle una paz que solo encontraba allí, entre las plantas que su padre había sembrado junto a él cuando era apenas un niño.
Aquella mañana, sin embargo, ni siquiera el viñedo lograba tranquilizarlo.
Tomó un racimo de uvas entre los dedos.
Lo observó durante unos segundos.
—¿Qué me está pasando...? —susurró.
No era un hombre acostumbrado a dudar.
Toda su vida había estado marcada por decisiones frías y racionales.
Pero Isabella...
Ella escapaba a toda lógica.
Mientras tanto, en la cocina de la mansión, Lucía repartía las tareas del día.
—Gianna, ocúpate del comedor.
Elisa, necesito que revises la despensa.
Isabella...
La joven levantó la vista.
—Sí, señora Lucía.
—Acompáñame.
Quiero enseñarte el invernadero.
Los ojos de Isabella se iluminaron.
Desde que había descubierto aquel lugar abandonado sentía una enorme curiosidad.
Caminaron por un sendero de piedra hasta llegar a una estructura de cristal cubierta parcialmente por enredaderas.
Lucía abrió la puerta.
Un leve olor a tierra húmeda inundó el ambiente.
Había macetas vacías.
Plantas secas.
Algunas rosas resistían apenas el paso del tiempo.
—Qué hermoso debió ser... —murmuró Isabella.
Lucía sonrió con nostalgia.
—Lo era.
La señora Vivaldi pasaba aquí casi todas las tardes.
Le encantaban las flores.
Isabella recorrió el lugar con la mirada.
—¿Y por qué dejaron que se perdiera?
Lucía guardó silencio unos instantes.
—Porque cuando ella murió...
Marco nunca volvió a entrar aquí.
La joven sintió una punzada en el pecho.
Miró las rosas marchitas.
Entonces comprendió algo.
La oscuridad de la mansión.
Las ventanas cerradas.
La piscina abandonada.
El piano sin tocar.
No eran simple descuido.
Eran heridas.
Heridas que nadie había sido capaz de cerrar.
A media mañana, Marco regresó.
Entregó unas indicaciones al capataz y cruzó el jardín principal.
No esperaba encontrar a nadie.
Sin embargo, una imagen llamó su atención.
Isabella estaba arrodillada frente al invernadero.
Con unas tijeras pequeñas retiraba cuidadosamente las ramas secas de un viejo rosal.
Lo hacía con tanta delicadeza que parecía estar cuidando algo vivo.
Marco permaneció inmóvil.
No dijo una palabra.
Ella todavía no lo había visto.
Continuó trabajando mientras hablaba con Lucía.
—Si corto estas ramas, las nuevas podrán crecer.
Lucía sonrió.
—Hace años que nadie intenta salvar esas rosas.
—Todavía tienen vida.
Solo necesitan un poco de cuidado.
Aquellas palabras golpearon a Marco de una forma inesperada.
"Todavía tienen vida."
No sabía por qué...
Pero sintió que Isabella no estaba hablando únicamente de las flores.
Dio media vuelta antes de que ella pudiera verlo.
No estaba preparado para conversar.
No después de sentir aquello.
Elisa encontró a su hija una hora más tarde.
—¿Dónde estabas?
Isabella señaló el invernadero.
—Intentando salvar unas rosas.
Elisa sonrió.
—Eres igual que tu padre.
La joven bajó la mirada.
—Él decía que ninguna planta estaba realmente muerta hasta que dejaba de luchar.
Elisa acarició su mejilla.
—Y tú heredaste esa manera de ver el mundo.
Aquella tarde, Marco intentó concentrarse en el trabajo.
Pero no podía.
Cada vez que cerraba un documento aparecía otra imagen de Isabella.
Riéndose en la cocina.
Nadando en la piscina.
Sonriendo mientras cuidaba las rosas.
Molesto consigo mismo, dejó la pluma sobre el escritorio.
—Basta.
Se levantó dispuesto a salir.
Cuando abrió la puerta del despacho...
Se encontró con Isabella al otro lado.
Ella llevaba una bandeja con café.
La sorpresa hizo que ambos se quedaran inmóviles.
—Perdón... —dijo ella—. Lucía me pidió que se lo trajera.
Marco observó la taza.
Luego la miró a ella.
—Déjala sobre la mesa.
Isabella entró despacio.
El despacho era amplio.
Elegante.
Pero tan sobrio como el resto de la casa.
Mientras dejaba la bandeja, no pudo evitar mirar alrededor.
—Tiene una vista preciosa.
Marco levantó apenas la cabeza.
—Sí.
Silencio.
Isabella señaló las ventanas.
—Es una pena que casi nunca las abra.
Marco apoyó la espalda en el escritorio.
—La luz distrae.
Ella sonrió con dulzura.
—O quizá recuerda cosas que uno preferiría olvidar.
Marco levantó la vista de golpe.
¿Cómo podía aquella muchacha entenderlo sin conocer su historia?
Isabella notó el cambio en su expresión.
—Lo siento...
No quise entrometerme.
Marco permaneció callado unos segundos.
Luego habló con voz baja.
—No lo hiciste.
Ella sonrió levemente.
—Me alegro.
Se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
Marco asintió.
—¿Siempre fue así de silencioso?
Él dejó escapar una exhalación casi imperceptible.
—No.
Fue la única respuesta.
Pero aquella palabra encerraba toda una vida.
Isabella comprendió que había cruzado un límite.
No insistió.
—Que tenga una buena tarde, señor Vivaldi.
Cuando la puerta se cerró, Marco permaneció varios minutos mirando el lugar donde ella había estado.
Después dirigió la vista hacia la taza de café.
Junto al plato había una pequeña flor blanca.
Una margarita.
Seguramente se había desprendido del ramo que Isabella llevaba en las manos.
La tomó con cuidado.
Era una flor sencilla.
Sin valor.
Y, sin embargo, hacía años que nadie dejaba algo tan pequeño sobre su escritorio.
Sin darse cuenta, sonrió.
Apenas un instante.
Una sonrisa breve.
Casi olvidada.
Desde el pasillo, Lucía alcanzó a verlo antes de que él volviera a borrar toda expresión de su rostro.
Y comprendió que, por primera vez desde el accidente...
Marco Vivaldi estaba empezando a vivir otra vez.
Aunque todavía no lo supiera.