Julián Zaragoza lo tiene todo bajo control, excepto su propia vida. A sus 30 años, es el frío y respetado director de una firma de administración aduanera internacional, viudo y padre soltero de una rebelde joven de 18 años. El estrés corporativo y la rutina lo están asfixiando por dentro.
Entonces conoce a Esther Molina.
Ella tiene 27 años, una hija pequeña a la que proteger y un pasado oscuro que dejó atrás: años atrás, trabajó en un prostíbulo. Cuando Julián descubre su secreto, no la juzga. Ve en ella la vía de escape perfecta.
La propuesta de Julián es tan directa como indecente: una relación puramente física. Sin citas, sin preguntas sobre sus vidas personales, sin involucrar a sus hijas y, sobre todo, sin enamorarse. Un pacto donde la única regla es el placer absoluto para olvidar el mundo exterior.
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El límite
La discusión a puerta cerrada con Victoria había dejado a Julián con una tensión insoportable en los hombros. Por más que intentara mantener su máscara de frialdad corporativa, la realidad lo estaba rebasando. Al quedarse solo en su oficina, se desabrochó la corbata de un tirón y se acercó al gran ventanal que daba a la ciudad. Sus ojos grises, usualmente calculadores, estaban fijos en la nada.
Internamente, ya no podía seguir mintiéndose. Lo que sentía por la mujer del uniforme azul no era solo un desfogue para el estrés, ni un pacto de carne clandestino. Estaba obsesionado. Estaba jodidamente enamorado de Esther. Le perturbaba la idea de que otros hombres la miraran en los pasillos, le dolía su pasado y le desesperaba la distancia que ella insistía en imponer cada vez que salían de la habitación del hotel. El límite de su control se había pulverizado por completo.
Esa misma noche, la cita en la habitación 404 del hotel *Le Mirage* comenzó con una urgencia que rayaba en la locura.
En cuanto Esther cruzó la puerta, Julián la atrapó contra la madera. Sus manos grandes se enterraron en su cabello oscuro, desarmando el moño que traía y obligándola a levantar el rostro. El beso fue salvaje, rudo, cargado de una posesividad que a ella le arrancó un gemido agudo. Esther respondió con la misma intensidad, enredando sus piernas alrededor de la cintura de Julián mientras él la cargaba sin romper el contacto de sus bocas, llevándola directo a las sábanas oscuras.
La química entre los dos era un fuego que nunca se apagaba; al contrario, cada encuentro parecía avivar las llamas. Julián la poseyó con una entrega total, buscando con cada estocada profunda recordarle a quién le pertenecía cada milímetro de su piel, mientras ella se dejaba llevar por el placer prohibido, arañándole la espalda y gritando su nombre en la penumbra.
Sin embargo, tras la tormenta del clímax, cuando sus respiraciones agitadas comenzaron a calmarse y el sudor empezó a enfriarse sobre sus cuerpos desnudos, Julián no se apartó. Se quedó suspendido sobre ella, apoyando sus antebrazos a los costados de la cabeza de Esther, contemplándola con una fijeza que le cortó el aliento.
—No quiero seguir viniendo aquí —susurró Julián, con la voz ronca por el esfuerzo y el deseo latente.
Esther parpadeó, acariciándole el hombro marcado por la tensión.
—Es nuestro trato, Julián... Es el lugar seguro.
—Ya no lo es —replicó él, y una chispa de terquedad autoritaria cruzó sus ojos—. Compré un departamento en la zona norte. Un edificio con seguridad privada, terraza y todas las comodidades. Está a tu nombre, Esther. Quiero que dejes la cafetería, que dejes el trabajo de limpieza y te mudes ahí con Sofía. No quiero que pases necesidades, y quiero tener un lugar que sea solo nuestro, donde pueda llegar a ti a cualquier hora del día sin tener que registrarme en un hotel de citas.
Las palabras de Julián, que pretendían ser una declaración de protección y amor, cayeron sobre Esther como una losa de concreto.
El calor líquido que aún sentía en el vientre por el sexo increíble de hacía unos minutos se congeló de golpe. Esther se tensó bajo su cuerpo, y la sombra del miedo oscureció sus ojos almendrados. Se deslizó con cuidado hacia un lado, sentándose en la cama y cubriendo su desnudez con la sábana, tomando una distancia física que a Julián le dolió en el pecho.
—No —dijo Esther, con la voz temblando pero firme—. No voy a aceptar eso.
Julián se sentó a su lado, completamente desnudo, exponiendo su anatomía perfecta bajo la luz ámbar del cuarto. Intentó tomarla de la barbilla, pero ella le apartó la mano.
—¿Por qué no? —preguntó él, con la mandíbula apretada por la frustración de ver su control desafiado—. Te estoy ofreciendo estabilidad. Te estoy ofreciendo sacar a tu hija del peligro y darte una vida donde no tengas que romperte la espalda limpiando los pisos de otros. ¿Qué tiene eso de malo?
—Tiene de malo que me estás pidiendo que vuelva a ser una mujer "guardada", Julián —escupió ella, y una lágrima de rabia y orgullo le resbaló por la mejilla—. Pasé años encerrada en ese prostíbulo, perteneciendo a alguien que pagaba por mí, viviendo entre cuatro paredes bajo los términos de un hombre. Sé que lo haces porque me... porque te importo, pero no voy a cambiar una jaula por otra, aunque la tuya tenga acabados de lujo y sábanas caras. No voy a ser tu secreto mantenido.
—No es lo mismo, maldita sea. Yo te amo, Esther —confesó Julián por primera vez, rompiendo la última barrera en un rugido de desesperación.
Esther lo miró, con el corazón rompiéndosele en mil pedazos por la belleza de esa confesión, pero el miedo a perder su libertad recién ganada era un monstruo más grande.
—Si me amas, no me quites lo único que me costó la vida conseguir: mi independencia. Si cruzamos esa línea, si me convierto en tuya de esa manera, el deseo se va a transformar en una transacción. Y prefiero volver a la miseria antes de volver a sentirme propiedad de alguien.
La distancia en la cama se volvió un abismo insalvable. El límite del control de Julián había chocado de frente contra el trauma de Esther, dejando la obsesión y la atracción en un peligroso punto de quiebre.