hace siglos la puerta unida conectaba todos los territorios en un solo mundo sin fronteras,donde humanos ,elfos,hombres lobos,magos y el pueblo misterioso vivían en paz . pero cuando una adivina advirtió que la temida oscuridad .
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el portal oculto
La noche transcurrió lentamente, envuelta en silencio y sombras, en el frío sótano donde Elara había permanecido encerrada por protección. La luz de la luna llena iba menguando poco a poco tras la pequeña ventana alta, y la oscuridad que luchaba por salir de su interior se fue calmando, como una marea que retrocede. Elara pasó gran parte de las horas despierta, sentada en el suelo de piedra, mirando los símbolos plateados de las paredes que brillaban suavemente con la luz lunar, sintiendo cómo su respiración volvía a ser tranquila y su corazón recuperaba su ritmo normal. No durmió mucho, pero al llegar el amanecer, el calorcito del sol que empezaba a asomarse por el horizonte le trajo una sensación de paz que no sentía desde hacía días.
Esperó con paciencia, sentada frente a la puerta sellada, escuchando cada paso arriba en la casa, cada sonido que indicaba que el nuevo día había comenzado. Su corazón latía con emoción suave: sabía que cuando el sol estuviera alto, su madre vendría a abrirla. Y así fue. Los pasos se acercaron por las escaleras, lentos y pesados, como si quien bajaba cargara con una pena inmensa. La llave giró en la cerradura, el sello antiguo perdió su brillo y la puerta se abrió dejando entrar la luz dorada de la mañana. Allí estaba su madre, con el rostro cansado y los ojos hinchados, pero con una sonrisa llena de amor al ver que Elara estaba bien.
—Ve a tu cuarto y alístate para ir a la escuela, hija mía —le dijo con voz suave, acariciándola levemente al pasar.
—Sí, madre —respondió Elara con gratitud en la mirada, y subió las escaleras sintiéndose ligera, libre de aquella pesadez que la dominaba bajo la luna llena.
En su cuarto, mientras se peinaba el cabello dorado frente al espejo y se ponía su uniforme, escuchó que alguien llamaba suavemente a la puerta. Era Darien, su hermano menor. Se asomó con seriedad, como siempre, velando por ella.
—¿Todo está en orden? —le preguntó con esa voz que mezclaba preocupación y cuidado, como si fuera él quien llevaba la responsabilidad de cuidarla.
Elara sonrió, agradecida de tenerlo. —Sí, todo está bien —le aseguró, guardando sus cosas en la mochila.
—Entonces vamos —dijo él—. Se nos va a pasar el autobús.
Caminaron juntos hasta la parada, bajo un cielo azul limpio y un sol que calentaba el rostro, y cuando llegaron al colegio, las puertas estaban abiertas y los estudiantes entraban en grupos, riendo y charlando. Elara caminó entre ellos, y aunque seguía sintiéndose la extraña, la que todos llamaban “la rara”, esa mañana había algo diferente en ella. Algo que no sabía explicar, pero que la hacía sentir viva y esperanzada.
Mientras caminaba por los pasillos y luego por el patio de la escuela, algo llamó su atención. Al principio pensó que era un reflejo del sol, pero no: allí, en un rincón del patio, cerca de unos viejos árboles que casi nadie visitaba, brillaba algo que los demás no parecían ver. Era un portal. Una puerta de luz vibrante, formada por remolinos de colores dorados y azules, que giraba lentamente en el aire, emitiendo un zumbido casi imperceptible y una calidez que la llamaba. Elara se detuvo en seco, con el corazón saltando en el pecho. Miró a su alrededor: los otros alumnos pasaban justo al lado, cruzaban por delante mismo de aquel brillo, y no veían nada. Era invisible para todos… excepto para ella.
Y cada vez que lo miraba, Elara sentía una alegría inmensa nacer en su pecho, como si una parte de su alma reconociera aquel lugar. No le tenía miedo. Al contrario: cuanto más lo observaba, más brillaba el portal, como si la saludara, como si la esperara. Era como si algo dentro de ella supiera que aquella luz era la respuesta a todas sus preguntas, el camino hacia lo que le faltaba, hacia lo que no sabía que estaba buscando. No entendía todavía qué era ni a dónde llevaba, pero cada mañana, al entrar al colegio, Elara buscaba aquel brillo con la mirada, y al verlo, sentía que no estaba tan sola. Que su historia no terminaba en esas aulas. Que apenas estaba empezando.