Hombres lobos y Vampiros se han odiado desde siempre. ¿Qué va a pasar luego de que el Alfa Andrew y la princesa de los vampiros Leonor compartan una noche de pasión?
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Verdades que queman.
...Capítulo 6....
...Parte 1....
...Verdades que queman....
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Leonor.
Mis piernas apenas me sostienen mientras caminamos de regreso al castillo. Voy detrás de mi padre, con la cabeza alta, la espalda recta y esa máscara de hielo que he perfeccionado durante siglos, pero por dentro… por dentro estoy ardiendo. Siento como si me hubieran arrancado el suelo de debajo de los pies, como si todo lo que creía saber, todo lo que soy, se hubiera hecho añicos en el espacio de un parpadeo.
Andrew Fortier.
Ese nombre resuena en mi cabeza una y otra vez, como un martillo golpeando contra mi conciencia. Andrew Fortier, Alfa de la Manada Luna de Sangre. El líder de los lobos. Nuestro enemigo mortal.
Él es él.
No fue un humano. No fue un error cualquiera. No fue un desconocido sin importancia que cruzó por mi camino para divertirme un rato. Fue él. El hombre al que he odiado sin conocerlo desde que tengo memoria, el hombre del que mi padre habla con desprecio, el hombre que representa todo lo que debemos destruir.
Y es también el hombre que me hizo perder la razón en una habitación llena de ruido y descontrol hace un año. El hombre que marcó mi piel, mi cuerpo y mi memoria de una forma que nada ni nadie ha podido borrar.
¿Cómo puede ser esto posible? ¿Cómo puede el destino ser tan cruel, tan retorcido, tan perfecto en su maldad?
Recuerdo cada segundo del encuentro en el puente. El momento exacto en que nuestros ojos se cruzaron. Ese instante eterno donde el mundo se detuvo. Lo vi. Él me vio. Y ambos lo supimos. No hubo palabras, no hizo falta. En su mirada vi el mismo impacto, el mismo reconocimiento, el mismo caos que debí tener yo en la mía. Y luego, al instante, ambos pusimos el escudo. Ambos mentimos. Ambos fingimos indiferencia, desprecio, como si no hubiera nada entre nosotros, como si no lleváramos un año entero pensando el uno en el otro en silencio.
Me salvó la vida con su silencio. Yo le salvé la suya. Porque si mi padre hubiera notado algo… si hubiera sospechado que su preciosa hija, su tesoro, se había entregado al enemigo, al perro, al Alfa… nos habría matado a los dos ahí mismo, sin dudar, sin pestañear. Y lo peor de todo… es que yo habría arriesgado todo de nuevo solo por volver a sentir lo que sentí esa noche.
Llegamos al castillo. Mi padre va delante, hablando consigo mismo, furioso, escupiendo rabia y planes de guerra, convencido de que ese encuentro fue una victoria para él, convencido de que yo solo estaba ahí para mirar y aprender. No tiene ni la más mínima idea de lo que pasó realmente. No tiene ni idea de que la maldición que tanto se ríe de haber esquivado… está viva, está aquí, y soy yo quien la carga.
—Leonor, ven. Tenemos reunión en el salón de armas en una hora —me dice al despedirse, con voz firme—. Vienen todos los capitanes y líderes de los clanes menores. Vamos a planear el ataque definitivo. Quiero que estés ahí. Quiero que aprendas cómo se destruye a la escoria.
Asiento con la cabeza, con una sonrisa fría que me sale automática.
—Allí estaré, padre. Ya sabes que nada me gusta más que ver cómo caen nuestros enemigos.
Se va satisfecho, creyendo que su hija es igual a él, pura oscuridad, puro odio. Y yo me quedo parada en el pasillo, temblando por dentro, sintiéndome la mayor mentira sobre la faz de la tierra.
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