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Siento lo que sientes

Siento lo que sientes

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:9k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**

Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.

Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.

Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.

Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.

El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.

Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.

**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**

NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Cap 12: La junta de directivos

Santiago la preparó como se prepara a un soldado antes de entrar al campo: con instrucciones breves, sin emoción, y con la expectativa implícita de que sobreviviría.

—Son seis personas. Ninguna te va a hablar directamente. Si alguien te pregunta algo, dices tu nombre y que eres mi asistente temporal. Si no sabes qué contestar, miras hacia mí. ¿Entendido?

Valentina asintió. Tenía las manos frías y un sabor metálico en la boca que asociaba con los exámenes finales de la universidad.

—Y come algo antes. Hay comida en la sala.

Eso ayudó. No mucho, pero algo. La idea de que hubiera comida convertía cualquier situación hostil en algo ligeramente más soportable.

---

La sala de juntas del piso veintiséis tenía el tamaño de su departamento en Ecatepec multiplicado por tres. Mesa ovalada de madera oscura, sillas de cuero con respaldo alto, cafetera de cápsulas con doce opciones, una charola de petit fours que Valentina miró con la devoción de quien mira un oasis en el desierto.

Los directivos fueron llegando. Seis en total: Finanzas, Legal, Operaciones, Recursos Humanos, Marketing y una mujer de pelo plateado cuyo título Valentina no alcanzó a leer en la placa pero que todos trataban con un respeto que rayaba en el miedo.

Emilio se sentó junto a Santiago. Le hizo un guiño a Valentina desde el otro lado de la mesa —ella no estaba segura de si eso la tranquilizaba o la ponía más nerviosa.

Santiago se puso de pie.

—Antes de empezar. Esta es Valentina Reyes, asistente temporal de dirección general. Es un poco frágil. No la asusten.

Valentina quiso que la tierra se abriera. ¿Acababa de decir "frágil"? ¿Frente a seis ejecutivos que probablemente consideraban la fragilidad un defecto de carácter?

Los directivos le dedicaron sonrisas corteses —del tipo que se da a los invitados que no se espera que vuelvan— y la junta comenzó.

Los primeros quince minutos fueron incomprensibles. Hablaron de EBITDA, de márgenes de renovación, de un cliente llamado Lumière que aparentemente era importante y problemático a partes iguales. Valentina anotó en su libreta las palabras que no entendía para buscarlas después. La lista creció rápido.

Santiago hablaba con la misma voz que usaba para todo: precisa, sin adornos, sin pausas innecesarias. Pero en algún momento —entre una diapositiva de proyecciones y una discusión sobre presupuesto— se inclinó hacia ella.

—¿Cómo te sientes? —murmuró, tan bajo que solo ella pudo escucharlo. Su aliento le rozó la oreja.

Valentina se agarró de la silla.

—Bueno... no me estoy muriendo —susurró de vuelta.

—¿Y yo?

Dos palabras. Dichas al oído. Con una voz que era la misma de siempre pero que a esa distancia —siete centímetros, diez a lo mucho— sonaba como algo completamente diferente. Valentina sintió una cosa pequeña y afilada rasguñarle el pecho por dentro, como un gatito clavando las uñas en un cojín.

—También está bien —logró decir.

Santiago asintió. Se enderezó. Volvió a la junta. Valentina pasó los siguientes diez minutos intentando convencer a su corazón de que dejara de latir como si acabara de correr un maratón.

La smartband marcaba 108. 104. 99. Bajando. Pero despacio. Muy despacio.

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La junta terminó a las 17:10. Los directivos empezaron a recoger sus carpetas. Uno de ellos —Marketing, un hombre de bigote recortado y traje azul— se acercó a Valentina con el teléfono en la mano.

—Oye, ¿por qué no nos agregamos a WhatsApp? Así si Santiago necesita coordinar algo, nos podemos...

—Todo el trabajo pasa por mí —dijo Santiago desde el otro lado de la mesa, sin levantar la vista de su laptop—. No le asignen tareas.

El de Marketing guardó el teléfono con la velocidad de alguien que acaba de tocar una estufa caliente. Asintió. Se fue.

Valentina miró a Santiago. Santiago seguía escribiendo. No la miró. Pero la protección estaba ahí, invisible y absoluta, como una pared de cristal entre ella y el resto del mundo.

"Esto es demasiado. Es como una telenovela. Soy la asistente nueva que el CEO misterioso protege frente a todos. Solo falta la lluvia y la música de piano."

La emoción le estalló dentro del pecho como una burbuja de champán: dulce, burbujeante, ridícula.

Y Santiago se rio.

No fue una risa grande. Fue un sonido corto, involuntario, que salió de su garganta como un estornudo emocional. La comisura de su boca subió. Los ojos se le arrugaron en las esquinas. Un segundo. Dos. Luego desapareció.

La sala se quedó en silencio.

Los tres directivos que todavía estaban recogiendo sus cosas levantaron la cabeza. Emilio, que estaba guardando su tableta, se quedó inmóvil con la funda a medio cerrar. La mujer de pelo plateado giró la cabeza lentamente, como si acabara de escuchar un sonido que no debería existir en la naturaleza.

Santiago dejó de reírse. Su cara volvió a la neutralidad con la velocidad de un interruptor. Pero el daño estaba hecho: todos en esa sala habían visto a Santiago Montero Castellanos reírse, y ninguno sabía qué hacer con esa información.

Emilio fue el primero en moverse. Cerró la tableta, se levantó, y al pasar junto a Valentina le dijo en voz baja:

—Eso que acaba de pasar no ha pasado en veinte años. Recuérdalo.

Valentina no entendió del todo. Pero algo en el tono de Emilio —gravedad bajo la sonrisa— le dijo que lo que había presenciado era mucho más importante de lo que parecía.

---

El pasillo de vuelta a la oficina estaba en penumbra. Los empleados que quedaban recogían sus cosas a toda velocidad —viernes a las cinco, nadie se quedaba un minuto extra a menos que fuera Diego.

Y ahí estaba. Diego Herrera Campos, de pie frente al escritorio de Andrea, con una carpeta en la mano y esa postura de subordinado aplicado que Valentina ya identificaba a kilómetros.

—...y si revisa la tabla de métricas de esta semana, Licenciada, verá que mi productividad fue un veintitrés por ciento superior al promedio del departamento. Si necesita referencias adicionales para la evaluación trimestral, tengo un documento que...

"Imbécil."

La palabra le cruzó la mente con la velocidad de un relámpago. No la dijo. No movió los labios. Pero la repulsión que la acompañó —específica, dirigida, inequívoca— se disparó a través de la conexión emocional como una bala de goma.

Santiago se detuvo en medio del pasillo. Se giró.

—¿A quién estás insultando?

Valentina retiró la mirada de Diego con la inocencia de alguien que ha practicado la cara de poker frente al espejo desde los trece años.

—¿Yo? A nadie.

Santiago la miró. Luego miró hacia donde ella había estado mirando. Luego volvió a mirarla.

—Tu corazón está a setenta y dos —dijo—. No estás nerviosa. Lo que significa que lo que sea que pensaste, lo pensaste con total convicción.

Valentina no pestañeó.

—Solo admiraba la dedicación de mis compañeros —dijo, con una voz tan plana que habría hecho orgulloso al propio Santiago.

Santiago entrecerró los ojos. Pero no insistió. Dio media vuelta y siguió caminando hacia su oficina.

Valentina lo siguió, tres pasos detrás, con el pulso estable y la certeza de que insultar a Diego no era un acto de ira, sino de justicia. Y en algún lugar muy dentro de Santiago —tan profundo que ni siquiera la conexión emocional alcanzaba a iluminarlo del todo— una curiosidad nueva se instaló: quién era esa persona que provocaba un desprecio tan limpio y tranquilo en una chica que temblaba frente a una junta de directivos.

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Lau
interesante 🤭 comenzando
Graciela Pinto Caetano
esperaba otro final!!!
Tere Bru
novela tan larga ,para un final así !! desilusión total 😔
Milo Mosquera
Muy linda.
Milo Mosquera
😍😍😍😍
Stella Vega
??? Y ???
Stella Vega
????Y ??
engerling marrugo arroyo
😭 y el final 😭😭
Viviana Gonzalez
Estimada Escritora, muchas gracias, por una historia Fascinante, Extraordinario, me encantó pero siento que faltaron los besos, más vida de ellos como pareja,
Is Cantil
Jajaja pobre, no sabe porque comió ese taquito 🤣🤣
Karen Bel
que paso aquí? así termina 😢
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