México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del
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Capítulo 24:Un nombre verdadero
Presente....
Dos días.
Habían pasado apenas dos días desde la fiesta y Amalia ya estaba harta de pensar en él.
No de pensar que estaba vivo.
Aquello, por más que intentara enfadarse, seguía produciéndole un alivio vergonzosamente profundo.
El problema ahora era otro.
¿Quién demonios era?
Amalia estaba sentada junto a la ventana de su habitación en la residencia De la Vega, con un libro abierto sobre el regazo que llevaba demasiado tiempo en la misma página.
El nombre con el que lo habían presentado en la fiesta regresó a su cabeza.
Falso.
Tenía que serlo.
Lo había visto en la manera en que Rafael y Mariel se comportaban cerca de él. En la naturalidad con la que Sombra había respondido al nombre y, al mismo tiempo, en algo que no terminaba de encajar.
Luego estaba la ropa.
La conversación.
Los modales.
La facilidad con que había caminado entre militares, empresarios y familias importantes sin parecer un hombre tratando de imitar un mundo ajeno.
Rafael podía haber aprendido.
Mariel también.
Pero Sombra...
No.
Él no parecía haber aprendido nada.
Parecía haber recordado.
Amalia cerró el libro.
—Maldito hombre.
Abrió un pequeño cajón.
Sacó el pañuelo.
Durante meses lo había tratado casi como una reliquia.
Lo único que quedaba de alguien muerto.
Ahora lo sostuvo entre los dedos y sintió deseos de estrangular a su propietario con él.
—Estás vivo.
Y estaba en la misma ciudad.
Eso era lo peor.
O lo mejor.
Todavía no decidía.
Recordó la galería.
No vuelvas a desaparecer.
No puedo prometerte eso.
Entonces no me pidas que confíe en ti.
Amalia apretó el pañuelo.
—Idiota.
---
En otro extremo de la ciudad, Rafael observaba a Joel desde hacía varios minutos.
Joel estaba sentado detrás de un escritorio de la residencia que los Medina mantenían disponible en la capital.
Documentos.
Correspondencia.
Informes.
Todo perfectamente ordenado.
Joel sostenía una hoja.
No la leía.
—Llevas diez minutos mirando lo mismo.
—Estoy leyendo.
—Está al revés.
Joel bajó los ojos.
La hoja estaba perfectamente derecha.
Levantó lentamente la mirada.
Rafael sonrió.
—Quería comprobar si estabas escuchando.
—Lárgate.
Mariel entró en ese momento.
—Está pensando en ella.
Joel dejó el documento.
—No.
Rafael señaló a Mariel.
—Definitivamente está pensando en ella.
—Tengo trabajo.
—Y llevas diez minutos sin hacerlo.
Joel tomó otra hoja.
Rafael sonrió.
—¿También vas a leer esa o solamente vas a mirarla hasta que aparezca Amalia entre las letras?
—Rafael.
—Ya me voy.
No se movió.
Mariel se acercó al escritorio.
—Hablé con ella en la fiesta.
Eso sí consiguió toda la atención de Joel.
—Lo sé.
—No, no sabes.
Mariel dejó de bromear.
—Realmente creyó que habías muerto.
Joel guardó silencio.
Te enterré sin tener un cuerpo.
La frase había regresado demasiadas veces durante las últimas dos noches.
—¿Cuánto sabía? —preguntó.
—Muy poco. Sabía que habías caído. Que encontraron sangre. Que los hombres de la hacienda regresaron convencidos de que estabas muerto.
—¿Nada más?
—¿Te parece poco?
Joel no respondió.
Mariel suavizó la voz.
—Nosotros tampoco sabíamos que ella había escuchado esa historia.
Joel dejó la hoja sobre el escritorio.
Rafael miró hacia otro lado.
Por una vez decidió no bromear.
Joel abrió un cajón.
Dentro había un pequeño papel doblado.
---
La noche de la fiesta, Amalia había tomado una decisión antes de subir al carruaje.
Había conseguido papel y lápiz en una estancia apartada.
No escribió un nombre.
No podía.
Eso había sido humillante por sí solo.
Escribió únicamente una dirección.
La residencia De la Vega.
Debajo añadió:
Ahora ya sabes dónde encontrarme.
Doblando el papel, salió hacia donde esperaban los carruajes.
Un muchacho joven ayudaba con recados y equipajes.
Amalia le hizo una señal.
—Ven.
El muchacho se acercó.
Ella le entregó unas monedas y el papel.
—Necesito que entregues esto a un caballero que está dentro.
—Sí, señorita. ¿Cómo se llama?
Amalia se quedó callada.
La pregunta le dolió más de lo que debería.
No sabía.
Había besado a aquel hombre.
Lo había llorado.
Había creído que había muerto.
Y no sabía su nombre.
—El caballero de traje oscuro —dijo finalmente—. Cabello negro. Ojos ámbar. Lleva una cruz negra en una oreja.
El muchacho asintió.
—¿Su nombre?
Amalia endureció la mandíbula.
—Entrégaselo solamente a él.
—Sí, señorita.
—Él sabrá de quién viene.
Minutos después, cuando Amalia ya estaba junto al carruaje, vio al muchacho acercarse a Sombra.
Él tomó el papel.
Lo abrió.
Levantó la cabeza.
Sus ojos encontraron los de ella.
Amalia no sonrió.
Subió al carruaje.
Y se marchó.
---
Dos días después, aquella nota seguía en el escritorio de Joel.
Rafael la vio.
No intentó leerla.
—¿Vas a ir?
—No puedo presentarme en la residencia De la Vega.
—No pregunté eso.
Joel lo miró.
Rafael cruzó los brazos.
—Pregunté si vas a verla.
Mariel intervino:
—Tiene razón. La residencia puede estar vigilada. Conde puede aparecer en cualquier momento.
Joel guardó la nota.
—Lo sé.
—Entonces busca otra forma —dijo Mariel.
Joel permaneció en silencio.
Rafael suspiró.
—Para un hombre que organiza ataques, rutas y fugas, eres sorprendentemente inútil cuando se trata de una mujer.
Joel levantó la mirada.
—¿Quieres conservar los dientes?
—Sí.
—Entonces sal.
Esta vez Rafael obedeció.
Riéndose.
---
—¿Cómo está el muerto?
Amalia levantó la vista.
Katherine acababa de entrar en el salón de la residencia De la Vega.
—No lo sé.
La joven rubia se sentó frente a ella.
—¿No has vuelto a verlo?
—No.
—Entonces es un muerto bastante descortés.
—Katherine.
—Solo digo.
Amalia suspiró.
Katherine la observó.
—No tienes que contarme nada que no quieras.
Aquello hizo que Amalia bajara la guardia más que cualquier interrogatorio.
—Lo conocí en Coahuila.
—Eso imaginé.
—Pasamos... bastante tiempo cerca.
Katherine esperó.
—Después ocurrió un accidente. Me dijeron que había muerto.
—Y tú les creíste.
Amalia asintió.
—Durante meses.
Katherine dejó de sonreír.
—Y apareció en aquella fiesta.
—Sí.
—Con otro nombre.
Amalia la miró.
—Lo notaste.
—Amalia, ese hombre te miraba como si el resto del salón hubiese desaparecido. Naturalmente presté atención.
Amalia desvió los ojos.
—No sé quién es.
—Pero lo conoces.
—Eso creía.
Katherine entendió la diferencia.
Antes de poder responder, una criada apareció.
—Señorita Amalia.
—¿Sí?
—Le dejaron esto.
Un papel doblado.
El corazón de Amalia golpeó una vez.
Lo abrió.
Pocas palabras.
Mañana. Cuatro de la tarde.
Debajo había una indicación precisa: uno de los paseos arbolados de la Alameda, cerca de un sendero lateral suficientemente transitado para no despertar sospechas y suficientemente apartado para conversar.
Sin firma.
Amalia sonrió apenas.
Katherine estiró el cuello.
—¿El muerto?
—Sí.
—Excelente.
Amalia levantó la mirada.
—¿Excelente?
—Necesitarás compañía.
—Katherine...
—¿Me estás utilizando como coartada?
Amalia guardó el papel.
—Sí.
Katherine sonrió.
—Perfecto. Solo quería saberlo.