Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
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CAPITULO 20
Salí de la sala de juntas todavía procesando todo lo que acababa de pasar.
Mateo Escalante.
Truey.
El proyecto.
Y, sobre todo, la sensación de que acababa de entrar en una liga completamente diferente.
Cuando llegué a la oficina de Saúl, él ya estaba sentado frente a su computadora revisando unos documentos.
Levantó la vista apenas me vio entrar.
—Israel.
—¿Sí?
—Lo hiciste muy bien.
—¿En serio?
—Claro que en serio. No cualquiera responde con seguridad en su primera reunión con un cliente de ese nivel.
Me senté frente a él.
—La verdad estaba nerviosa.
—No se notó.
Sonrió.
—Ahora tengo una junta virtual dentro de unos minutos. Puedes aprovechar para conocer al resto del equipo.
—Está bien.
—Y después comenzaremos a trabajar.
—Perfecto.
Me levanté y recorrí parte de las oficinas.
El lugar era enorme.
Arquitectos.
Diseñadores.
Ingenieros.
Personas hablando por teléfono.
Pantallas gigantes mostrando proyectos.
Maquetas.
Planos.
Todo parecía moverse a una velocidad impresionante.
Me presenté con varias personas.
Y para mi sorpresa todos fueron amables.
Aunque algunos parecían más interesados en otra cosa.
—¿De verdad eres arquitecta?
—Sí.
—Pensé que eras modelo.
—Ya me lo han dicho tres veces hoy.
—Pues es que pareces modelo.
—Y ustedes parecen arquitectos estresados.
Las risas no tardaron en aparecer.
Cuando regresé a mi escritorio sonó mi teléfono.
Cristian.
Sonreí automáticamente.
Contesté.
—Hola, amigo.
Silencio.
Fruncí el ceño.
—¿Cristian?
—¿Ya te acordaste de que existo?
Me reí.
—¿Qué?
—Una semana, Israel.
Una semana completa.
—He estado ocupada.
—Claro.
Tan ocupada que ni un mensaje.
—No exageres.
—Estoy exagerando.
Y tengo derecho.
Volví a reír.
—¿Cómo estás?
—Molesto.
—¿Y además?
—Molesto y preocupado.
—¿Por qué preocupado?
—Porque te fuiste a otro país.
Porque trabajas con gente importante.
Porque desapareciste.
Porque ni siquiera sabía si seguías viva.
—Dramático.
—Realista.
Apoyé la cabeza sobre una mano.
—¿Cómo están todos?
—Bien.
Cristal sigue gritándole a la gente.
Omar sigue creyéndose galán.
Y todos extrañamos a la chica que llegaba tarde.
Sonreí.
—Yo también los extraño.
—Pues no parece.
—Cristian...
—Está bien.
Solo prométeme que vas a llamar más seguido.
—Lo prometo.
—Porque si no...
—¿Si no qué?
—Publico tu número en internet.
Solté una carcajada.
—No harías eso.
—Israel.
—¿Sí?
—No es una broma.
Me reí todavía más.
—Estás loco.
—Y tú eres insoportable.
—Gracias.
—Cuídate.
—Tú también.
Colgué todavía sonriendo.
Definitivamente algo había cambiado en Cristian.
No sabía exactamente qué.
Pero algo había cambiado.
Volví a la oficina de Saúl.
Lo encontré acostado en uno de los sillones mirando el techo.
Amelia estaba trabajando frente a su computadora.
—¿Y ahora qué haces? —pregunté.
Saúl señaló los planos sobre la mesa.
—Pensando.
—¿En qué?
—En el hotel.
Me acerqué.
Observé todos los bocetos.
Las medidas.
Las ideas.
Las anotaciones.
Y entonces tomé un lápiz.
Sin pensarlo demasiado.
Comencé a dibujar.
Una línea.
Luego otra.
Y otra.
Los minutos comenzaron a pasar.
El silencio llenó la oficina.
Amelia me observaba de reojo.
Saúl también.
Yo seguía dibujando.
Completamente concentrada.
Una hora después levanté la cabeza.
—Listo.
Saúl se incorporó.
—¿Qué hiciste?
Le entregué la hoja.
Era un boceto rápido.
Pero detallado.
La estructura exterior parecía inspirada en construcciones antiguas.
Elegante.
Majestuosa.
Con detalles clásicos.
Arcos.
Jardines.
Y al centro una enorme área verde suspendida.
Como un santuario escondido dentro del edificio.
Saúl observó el dibujo durante varios minutos.
Demasiados minutos.
Yo empezaba a ponerme nerviosa.
—¿Y bien?
No respondió.
Siguió mirando.
Después volvió a mirar.
Y una tercera vez.
Finalmente levantó los ojos.
—Israel.
—¿Sí?
—Esto es increíble.
Parpadeé.
—¿En serio?
—Muy en serio.
Amelia también tomó el dibujo.
—Dios mío...
—¿Qué?
—Lo hizo en una hora.
Saúl sonrió.
—Creo que encontré a la persona correcta.
Sentí una emoción difícil de describir.
—¿Te gusta?
—Me encanta.
Se levantó.
Colocó el dibujo sobre su escritorio.
—Vamos a hacer esto.
Tendrás dos meses para desarrollar cuatro propuestas completas.
Yo desarrollaré otras cuatro.
Después presentaremos las ocho al señor Escalante.
Él decidirá cuál seguirá adelante.
—¿Y si elige una mía?
—Entonces será tu proyecto.
Me quedé inmóvil.
—¿Mío?
—Tuyo.
Tu nombre aparecerá.
Tu diseño.
Tu trabajo.
Tu primer gran edificio.
Lo observé sin poder creerlo.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
Pero también quiero que entiendas algo.
Su expresión cambió.
—No habrá errores.
Ni uno.
Si dibujas una línea mal, la corriges.
Si haces un cálculo mal, lo repites.
Si una idea no funciona, comienzas de nuevo.
¿Entendido?
Asentí.
—Entendido.
—Bien.
Porque el talento abre puertas.
Pero la disciplina las mantiene abiertas.
Aquellas palabras se quedaron conmigo el resto del día.
Y resultó que el primer día tranquilo había sido una mentira.
Los siguientes fueron una locura.
Visitas a obras.
Planos.
Reuniones.
Correcciones.
Llamadas.
Más reuniones.
Llegaba al departamento completamente agotada.
A veces ni siquiera tenía energía para cocinar.
Me duchaba.
Cenaba cualquier cosa.
Y terminaba dormida sobre la cama.
El boceto seguía sobre mi escritorio.
Esperándome.
Pero durante aquella primera semana no pude avanzar ni una sola línea más.