Catrina no nació cruel; la forjaron a golpes de desprecio y una traición devastadora de su tío, quien le arrebató las tierras de su padre y su inocencia. Hoy, es "La Generala", la mujer que gobierna el pueblo con puño de hierro y cuyo corazón parece de piedra volcánica.
La paz armada de su mundo se altera con la llegada de Máximo, un joven heredero acostumbrado a los lujos de la capital y a que el mundo gire a sus pies. Castigado por su abuelo para "hacerse hombre" en la hacienda vecina, Máximo llega con arrogancia, pero se estrella contra la realidad de un pueblo que no le teme a su apellido. El destino los obliga a convivir cuando una amenaza externa pone en riesgo las tierras de ambos. Mientras Máximo descubre que la vida es más que fiestas, Catrina se enfrenta a un dilema: ¿puede el amor de un "niño mimado" sanar las cicatrices de una traición familiar, o terminará él siendo una víctima más de su sed de venganza?
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capitulo 9
El interior de la camioneta olía a cuero y a ese aroma metálico e inconfundible de la sangre fresca. Catrina conducía con una mano firme en el volante mientras la otra, de vez en cuando, se extendía hacia el asiento del copiloto para evitar que el cuerpo inerte de Máximo se golpeara contra el tablero en los baches del camino. Sus labios estaban apretados en una línea fina; sentía una rabia sorda, no solo contra su tío Elías, sino contra la absurda imprudencia de ese muchacho que ahora respiraba con dificultad a su lado.
Al llegar a la casona de "El Renacer", Catrina no llamó a los peones. Había algo en la vulnerabilidad de Máximo que le pedía privacidad, una intuición de que verlo en ese estado solo alimentaría los chismes del pueblo. Con una fuerza que sorprendió incluso a sus propios músculos, cargó con él, pasando el brazo del joven sobre sus hombros. Máximo soltó un quejido ronco, un sonido de dolor primario que hizo que Catrina apretara los dientes.
—Aguanta, principito —susurró ella, más para sí misma que para él—. No te mueras en mi casa, que no tengo ganas de dar explicaciones a la policía.
Lo depositó en una cama de sábanas blancas en una de las habitaciones de huéspedes. El contraste era brutal: la piel de Máximo, pálida y manchada de barro y hematomas púrpuras, contra la pulcritud del lino. Catrina trajo un recipiente con agua tibia, alcohol y vendas. Se sentó al borde de la cama y empezó a desabotonar lo que quedaba de la camisa del joven.
Sus dedos, expertos en la rudeza del campo, vacilaron un segundo al tocar la piel de Máximo. Era suave, una piel que nunca había conocido el sol inclemente hasta hace unas semanas, pero que ahora estaba marcada por los cortes del alambre de espino. Cada herida era un testimonio de una valentía que Catrina se negaba a reconocer.
Mientras limpiaba la sangre de su torso, Máximo empezó a agitarse. La fiebre, producto de la inflamación y el agotamiento, empezaba a reclamar su territorio. Sus ojos se movían frenéticamente bajo los párpados cerrados y sus manos buscaban algo en el aire, apretando las sábanas con desesperación.
—No... —murmuró él, con la voz quebrada—. Abuelo, espera... yo puedo.
Catrina detuvo la esponja sobre una herida en su costado. Se inclinó un poco, observando cómo el sudor perlaba la frente del joven.
—Shh, cállate —dijo ella suavemente, pasando un paño frío por sus sienes.
—No me quites el nombre... —continuó Máximo, sumergido en un delirio que lo transportaba lejos de aquel pueblo—. Por favor... solo quiero que estés orgulloso. Una vez. Solo una vez. No soy... un error.
Catrina se quedó inmóvil. El eco de esas palabras resonó en las paredes de la habitación con una fuerza devastadora. Ella conocía ese sentimiento. Conocía el peso de intentar llenar los zapatos de un gigante y el miedo a ser la decepción de una estirpe. Por un segundo, la fachada de millonario arrogante, la del niño mimado que despreciaba el lodo, se desmoronó frente a sus ojos. Detrás de las cicatrices y la ropa de marca, solo había un niño herido buscando la aprobación de un hombre que probablemente nunca se la daría.
Un sentimiento extraño, algo parecido a la empatía pero con un filo de tristeza, se instaló en el pecho de Catrina. Sus gestos se volvieron más lentos, más humanos. Ya no limpiaba a un intruso; cuidaba a un igual en el dolor.
La tensión en la habitación cambió. Ya no era la urgencia de la emergencia, sino una atmósfera densa, cargada de una electricidad silenciosa. Catrina bajó la mirada hacia las manos de Máximo. Estaban destrozadas, con las uñas sucias de tierra y los nudillos hinchados. Tomó una de sus manos entre las suyas y, con una paciencia que no sabía que poseía, empezó a vendar cada dedo.
Máximo pareció calmarse ante el contacto. Suspiró y su cuerpo se relajó contra el colchón. Abrió los ojos lentamente, pero la visión le fallaba. El mundo era un borrón de sombras y luces cálidas. Solo veía una silueta frente a él, una presencia que olía a flores de campo y a algo limpio, algo que lo hacía sentir seguro.
—¿Eres tú? —susurró él, estirando un dedo para rozar la mejilla de Catrina.
Ella no se apartó. Sintió el calor de la piel de Máximo contra la suya y, por un instante, el mundo exterior desapareció. No había deudas, ni tíos traidores, ni cercas rotas. Solo estaban ellos dos, en la penumbra de una tregua que ninguno de los dos había pedido pero que ambos necesitaban.
—Duerme, Máximo —dijo ella, con una voz que perdió toda su aspereza—. Los perros ya no están ladrando.
—Te vi... —murmuró él, con los ojos volviéndose a cerrar—. En la plaza. Parecías... un ángel negro.
Catrina soltó una pequeña risa, una exhalación suave que rozó el rostro del joven. —Un ángel con pistola, querrás decir.
—Igual de hermosa —fue lo último que dijo él antes de que el sueño profundo de la fiebre lo venciera.
Catrina se quedó allí, sentada en la penumbra, mucho después de haber terminado de vendarlo. Miró sus propias manos, las manos que habían disparado armas y marcado ganado, y luego miró al hombre que dormía frente a ella. Había algo peligroso en ese momento, una vulnerabilidad que la asustaba más que cualquier amenaza de Don Elías.
Se levantó con cuidado, recogiendo los utensilios de limpieza. Se detuvo en la puerta y echó una última mirada hacia la cama. La luz de la luna entraba por la ventana, bañando a Máximo en un resplandor plateado que suavizaba sus facciones golpeadas.
"Solo quieres que esté orgulloso", pensó ella, cerrando la puerta con suavidad.
Esa noche, Catrina no durmió bien. El silencio de su casa, usualmente reconfortante, se sentía ahora lleno de preguntas. Había llevado a su mayor enemigo —el representante de todo lo que odiaba— a su santuario privado. Y lo peor no era haberlo salvado, sino haber descubierto que, bajo la superficie, Máximo no era tan diferente de ella. Ambos estaban forjados por las expectativas y las heridas de otros.
La tregua era obligada, dictada por la sangre y la fiebre, pero mientras el sol empezaba a asomar por el horizonte, Catrina supe que las cosas nunca volverían a ser iguales. El "niño de cristal" se había roto, revelando un alma que ella ya no podía ignorar. Y en ese reconocimiento, la verdadera guerra apenas comenzaba: la guerra de dos corazones que empezaban a latir al mismo ritmo, a pesar de que el mundo entero les gritaba que debían odiarse.