Bella Swan, una omega humana con un aroma que vuelve locos a vampiros y lobos, descubre que su destino no es el Edward Cullen que conocemos, sino Alice, una vampira alfa que la ha visto en sus visiones durante décadas. Edward, por su parte, encuentra en Jacob Black (un lobo omega rebelde) una pareja que desafía todas las reglas del universo sobrenatural.
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Capítulo 11: El lobo y el lector de mentes
... Lazos de Sangre y Luna...
En el bosque de Forks a las 3 de la tarde
Edward Cullen llevaba dos horas caminando entre los árboles y aún no había escuchado un solo pensamiento.
Eso era lo que más le molestaba de Jacob Black: el silencio. No el silencio normal, el de los humanos que piensan en voz baja. No. El silencio de Jacob era "absoluto". Como si el lobo no tuviera mente, o como si su mente estuviera protegida por una capa de corteza tan gruesa que ni los siglos de práctica de Edward podían atravesarla.
Edward levantó la mirada lentamente. El lobo estaba en su forma humana, sentado sobre una rama como si el viento pudiera sostenerlo. Llevaba una vieja chaqueta de mezclilla gastada por la lluvia y unas botas cubiertas de barro. Su coleta negra se movía suavemente con el aire frío de Forks.
—Sabes que no puedo leer tu mente, ¿verdad? —dijo Edward después de unos segundos.
Jacob soltó una pequeña risa nasal.
—Por eso eres el único vampiro que tolero.
Edward arqueó apenas una ceja.
—¿Eso significa que te agrado?
—No exageres. Solo me caes menos mal que los demás. Ellos apestan a sangre vieja y muerte. Tú… hueles diferente.
Edward lo miró confundido.
—¿Diferente cómo?
Jacob inclinó un poco la cabeza, como si analizara el aroma otra vez.
—A jazmín. Y a lluvia mojada. Parecido a Bella… pero distinto. Más ácido. Como algo dulce que estuvo a punto de romperse.
Edward parpadeó, sorprendido. Nadie antes había descrito su aroma de esa forma.
—Esa es una descripción bastante específica.
—Los lobos olemos emociones, vampiro. No solo perfumes.
Edward soltó una pequeña exhalación divertida.
—Supongo que eso fue un cumplido.
—No lo fue. Solo estoy diciendo lo que percibo.
Jacob saltó entonces desde la rama. Cayó sobre el suelo húmedo con facilidad, aunque al incorporarse Edward notó un pequeño gesto de dolor en su pierna derecha. Apenas una cojera leve, casi imperceptible.
Pero suficiente para que la notara.
—Estás herido —dijo Edward antes de poder evitarlo. Y odió que su voz sonara genuinamente preocupado.
Jacob alzó una ceja.
—Los lobos sanamos rápido.
—Eso no responde mi pregunta.
—Y tú sigues oliendo a jazmín raro. Parece que ambos evitamos responder cosas.
Edward rodó los ojos apenas.
—Estás cojeando.
—Y tú pareces demasiado atento para alguien que supuestamente me odia.
Hubo un silencio corto, incómodo… pero no hostil.
La lluvia seguía cayendo alrededor de ellos, golpeando las hojas y apagando lentamente el incendio del roble.
Jacob observó las llamas debilitándose y habló más bajo esta vez.
—Algo cambió esta noche.
Edward siguió la dirección de su mirada.
—Lo sé.
—Y no creo que nos vaya a dejar salir intactos.
Edward permaneció en silencio unos segundos antes de responder.
—Probablemente no.
Edward dio un paso hacia él. Jacob no se movió ni un centímetro. Quedaron separados apenas por la distancia suficiente para sentir el calor del otro. Desde tan cerca, Edward pudo ver las cicatrices que cubrían los brazos del lobo: marcas antiguas, mordidas mal cerradas, arañazos profundos que el tiempo no había borrado del todo.
Su mirada se detuvo en una cicatriz curva sobre el antebrazo de Jacob.
—¿Quién te hizo eso? —preguntó en voz baja.
Jacob bajó la mirada apenas.
—Mi propia manada.
Edward frunció el ceño.
—¿Por qué?
Jacob soltó una risa amarga, sin humor.
—Porque soy omega. Y en mi manada los omegas obedecen. Se inclinan. Se dejan controlar. Pero yo nunca aprendí a hacer eso.
Con un movimiento brusco se subió un poco más la manga de la chaqueta. El brazo estaba cubierto de marcas: algunas ya blancas y apagadas, otras todavía rosadas.
—Mi transformación empezó demasiado temprano —murmuró—. Tenía doce años cuando mi lobo despertó. Todos pensaron que sería un alfa fuerte. Mi padre estaba orgulloso… hasta que llegó mi primer celo.
Edward permaneció en silencio, escuchándolo.
—Ahí entendieron lo que realmente era —continuó Jacob—. Un omega puro. Como Bella.
Edward sintió algo tensarse dentro de él.
—¿Y te hicieron eso por ser quien eres?
Jacob se encogió de hombros como si intentara restarle importancia.
—Me castigaban por no esconderlo. Por oler diferente. Por hacer perder el control a los alfas de la manada.
La rabia golpeó a Edward de forma inesperada. No era sed. No era violencia vampírica. Era algo mucho más humano y doloroso era protección que sentía hacia Jacob.
—Eso está mal —dijo con la voz profundamente.
Jacob lo miró unos segundos antes de apartar la vista.
—El mundo rara vez es justo, Cullen.
Luego se dio la vuelta y empezó a caminar entre los árboles. Edward lo siguió casi por instinto. Sus pasos eran silenciosos sobre el bosque húmedo, mientras las botas de Jacob aplastaban hojas mojadas y ramas pequeñas con un sonido constante.
—¿A dónde vamos? —preguntó Edward.
—A mi lugar seguro.
—¿Y vas a mostrármelo?
Jacob soltó una pequeña sonrisa cansada.
—Eres el único vampiro que no me mira como si quisiera arrancarme la garganta. Supongo que eso te hace especial.
El bosque se volvió más espeso a medida que avanzaban. Los pinos desaparecieron poco a poco, reemplazados por árboles gigantescos cubiertos de musgo. El aire olía a tierra mojada y lluvia reciente.
Finalmente Jacob se detuvo frente a una enorme pared de roca cubierta por hiedra.
—Ayúdame con esto —dijo señalando una piedra enorme.
Edward apoyó las manos sobre la roca y la movió sin demasiado esfuerzo. La piedra se deslizó lentamente, revelando una abertura oscura escondida detrás.
—Una cueva —murmuró Edward.
Jacob negó suavemente.
—Una madriguera. Ha pertenecido a mi familia durante generaciones.
Edward entró primero. El lugar estaba cubierto de símbolos antiguos tallados en las paredes. En el centro había una vieja hoguera apagada y alrededor, dibujos descoloridos de lobos y bosques.
—Es increíble… —dijo Edward mientras observaba las runas.
—Mis antepasados la construyeron mucho antes de los tratados con los vampiros.
Jacob encendió el fuego con un mechero pequeño. Las llamas iluminaron su rostro y Edward notó algo que antes había pasado por alto: agotamiento. No físico. Algo más profundo. Como si Jacob llevara demasiado tiempo peleando solo.
—¿Por qué me trajiste aquí? —preguntó Edward mientras se sentaba sobre una roca plana.
Jacob se acomodó frente a él, cerca del fuego.
—Porque necesito decirle esto a alguien. Y no puedo confiar en mi manada.
Edward esperó en silencio.
Jacob respiró hondo antes de hablar otra vez.
—Cuando Bella entró en celo… me afectó. Pero no como a ti. Yo no quería poseerla. Quería protegerla.
Edward levantó la vista hacia él.
—Eso hacen los omegas de los lobos —continuó Jacob—. Protegen a quienes consideran suyos. Pero Bella no es mía. Y tú tampoco.
El fuego crepitó entre ellos.
—Entonces, ¿qué quieres? —preguntó Edward.
Jacob dudó unos segundos.
—Quiero irme. Escapar de todo esto.
Edward parpadeó sorprendido.
—¿Escapar?
—De la manada. De las reglas. De esta vida que otros eligieron por mí. —Jacob pasó una mano por su rostro, cansado—. Mi padre quiere controlarme igual que todos los demás. Y ya no puedo soportarlo.
Edward lo observó fijamente.
—¿A dónde irías?
Jacob soltó una risa débil.
—No lo sé. Alaska, quizá. Algún lugar donde nadie me conozca.
Hubo un largo silencio antes de que Edward hablara.
—Podría ayudarte.
Jacob levantó la cabeza de inmediato.
—¿Por qué harías eso?
Edward sostuvo su mirada.
—Porque cuando estoy contigo… mi cabeza se calla.
Jacob frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que no escucho pensamientos. No escucho voces. Solo el bosque. El fuego. Tu respiración. Y no recordaba lo que era sentir paz.
La expresión de Jacob cambió lentamente, suavizándose.
—Eres extraño, Cullen.
Edward dejó escapar una sonrisa pequeña.
—Eso me dicen seguido.
Jacob se levantó y caminó despacio hasta quedar frente a él. El calor de su cuerpo era intenso, vivo, completamente opuesto al frío vampírico de Edward.
—Y aun así… me gustas.
Edward sintió algo apretarse en su pecho muerto.
Jacob dudó apenas antes de preguntar:
—¿Puedo besarte?
Edward lo miró directamente a los ojos.
—Pensé que odiabas a los vampiros.
Jacob sonrió apenas.
—Pensé que jamás confiaría en uno. Parece que ambos nos equivocamos.
Entonces se inclinó y lo besó.
El beso no fue suave ni cuidadoso. Fue desesperado, intenso, lleno de emociones contenidas durante demasiado tiempo. Edward respondió de inmediato, sujetándolo con firmeza mientras el calor de Jacob parecía atravesarlo por completo.
Cuando se separaron, ambos permanecieron cerca, respirando agitados.
—Eso fue una pésima idea —murmuró Jacob.
Edward sonrió apenas.
—Definitivamente.
Jacob lo observó unos segundos.
—¿Vas a volver a hacerlo?
—Sí.
Y esta vez el segundo beso fue más lento. Más sincero.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Mansión Cullen – 6:00 p.m.
Bella estaba sentada en la biblioteca revisando un viejo libro de historia vampírica cuando Alice apareció de repente en la habitación.
—Edward desapareció —dijo rápidamente—. Y Jacob también.
Bella levantó la mirada de inmediato.
—¿Juntos?
Alice asintió.
—No puedo verlos. Mis visiones se bloquean cuando Jacob está cerca.
Bella cerró el libro lentamente.
—¿Eso es malo?
—Eso significa que algo importante está pasando.
Bella sintió un pequeño estremecimiento recorrerle el cuerpo.
—Edward estará bien.
Alice caminó de un lado a otro, inquieta.
—No me preocupa Edward. Me preocupa Jacob. Los omegas de los lobos hacen locuras cuando sus emociones explotan.
Bella recordó la forma en que Jacob había mirado a Edward antes.
Y la manera en que Edward había intentado fingir que no le importaba.
—Encuéntralos —dijo Bella finalmente.
Alice soltó una pequeña sonrisa.
—A veces olvido lo perceptiva que eres.
Después desapareció por la ventana como una sombra veloz.
Bella suspiró y volvió a mirar el libro, aunque ya no podía concentrarse.
Porque en el fondo entendía perfectamente lo que estaba ocurriendo.
Jacob y Edward se reconocían de la misma forma en que ella había reconocido a Alice.
Como dos criaturas rotas intentando encontrar un lugar donde finalmente pudieran respirar.
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En la madriguera, Edward y Jacob permanecían acostados junto al fuego. La cabeza de Jacob descansaba sobre el pecho de Edward mientras el vampiro le acariciaba lentamente el cabello oscuro.
El silencio entre ellos ya no era incómodo.
Era tranquilo.
—¿Crees que esto pueda durar? —preguntó Jacob en voz baja.
Edward observó las llamas unos segundos antes de responder.
—No lo sé.
Jacob levantó un poco la cabeza para mirarlo.
—Respuesta muy vampírica.
Edward soltó una pequeña risa.
—Respuesta de alguien que ha visto demasiadas cosas terminar.
Jacob se incorporó apenas, iluminado por el reflejo cálido del fuego. Y Edward pensó que nunca había visto a nadie tan hermoso.
—Entonces no pensemos en el final todavía —murmuró Jacob—. Solo quédate conmigo ahora.
Edward lo miró en silencio antes de acercarse para besarlo otra vez.
Y mientras el fuego seguía crepitando y las sombras danzaban sobre las paredes antiguas de la madriguera, Edward entendió algo que jamás creyó posible.
El silencio de Jacob no le daba miedo.
Le daba paz.
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