Me enamoré de una Youtuber que quiere seguir en el anonimato.
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TARU
Al día siguiente la espera se le hizo eterna, pero cuando llegó la noche, Carolina se preparó con más cuidado del habitual. Se puso un vestido negro holgado que le gustaba porque la hacía sentir menos expuesta, se dejó el cabello suelto y largo hasta la cintura, y se colocó sus aretes favoritos.
Llegó al bar “El Refugio del Gato” unos minutos antes de las ocho. El corazón le latía fuerte mientras empujaba la puerta.
Y allí, sentado en la misma zona donde se habían visto la primera vez, estaba Alejandro.
Cuando la vio entrar, se levantó con esa sonrisa amable que ella ya empezaba a reconocer, y levantó la mano en un saludo discreto.
—Hola… —dijo él, extendiendo la mano de forma un poco torpe.
—Hola… —respondió Carolina con su voz que parecía una brisa fresca en un día caluroso. El saludo salió incómodo: medio abrazo fallido, medio apretón de manos que duró un segundo de más. Los dos se rieron bajito, avergonzados.
Se sentaron uno frente al otro. Durante los primeros minutos hubo un silencio extraño. Ninguno sabía muy bien cómo empezar. Carolina jugueteaba con la servilleta y Alejandro daba vueltas a su vaso de agua.
Al final, fue él quien rompió el hielo:
—¿Y… cómo va tu día?
—Bien… —contestó ella—. Aunque todavía me duele un poco la garganta de la borrachera de hace dos días.
Poco a poco la conversación empezó a fluir hacia temas más seguros: sus trabajos.
Carolina se animó un poco al hablar de lo que hacía:
—Es complicado estar siempre intentando ser “trendy”. Tengo que adivinar cómo funcionan los algoritmos de YouTube y TikTok… a veces subo un video que me encanta y apenas tiene vistas, y otras veces algo que grabé casi sin ganas explota. Es como jugar a la lotería todo el tiempo.
Alejandro asintió, sonriendo.
—Te entiendo más de lo que crees. En el diseño es parecido con los clientes. Quieren que las propuestas tengan “más diseño”, o un negro pero “no tan negro”, aunque sí que sea negro. O te piden que el logo “transmita energía, pero elegante; juvenil, pero profesional”. A veces siento que estoy traduciendo un idioma que ni ellos entienden.
Carolina soltó una risita leve, la primera de la noche. Alejandro también se rio y, por primera vez, se miraron a los ojos un poco más tiempo. El ambiente empezó a suavizarse.
Entonces, Alejandro se inclinó ligeramente hacia adelante y dijo con voz más calmada:
—Quisiera contarte cómo te conocí en internet.—
Carolina asintió intrigada.
Alejandro habló con voz nostálgica:
—No fue con los videos más de Mario, Zelda o algún juego viral… Fue con tu serie de Final Fantasy XIV. Sé que quizá no fue la más popular pero buscando me la recomendó YouTube. Empecé a ver un video, quedé enganchado y cuando menos lo esperaba, ya había visto toda la serie. Tu forma de narrar… y el cariño que le tenías a tu Taru. Era como si acompañaras a alguien que realmente te importara. Tu voz la hizo realmente mágica.
Carolina bajó la mirada, pero sus ojos negros brillaron con una mezcla de emoción y tristeza.
—Esa serie… la dejé por las bajas vistas —admitió ella, casi como si estuviera contando un cuento melancólico—. Me da mucha pena haberla terminado tan abruptamente. Le tenía muchísimo cariño a ese personaje. Era como una parte de mí. A veces todavía pienso en continuar la historia, aunque ya nadie la vea.
Se quedaron mirando el uno al otro durante un rato que pareció eterno. No era una mirada intensa de pasión, era tranquila, de esas que no incomodan. De esas que se quedan un segundo más de lo normal.
Carolina sintió un calor suave en el pecho. Alejandro, por su parte, sonrió con esa calma que lo caracterizaba.
Ninguno de los dos rompió el silencio durante unos segundos. Solo se miraban, con las risas leves todavía flotando en el aire y la comprensión creciendo entre ellos.