Sinopsis: Él pensó que se casaba con un monstruo. Ella pensó que compraba un peón. Ninguno imaginó que el verdadero peligro no vendría de sus enemigos en las calles de Sicilia, sino de la irresistible tensión de compartir la misma cama. Una viuda poderosa, un esposo indomable y una mano derecha celosa dispuesta a todo por destruirlos.
¿Estás lista para conocer a La Reina de la Mafia? Una nueva y adictiva historia de la escritora Rocío Duque.
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Del éxtasis a la ejecución
El regreso a la mansión tuvo el ritmo silencioso de los depredadores que vuelven a su guarida tras una caza exitosa. La adrenalina, esa sustancia densa y adictiva que aún latía en las venas después de esquivar a la muerte, flotaba en el aire del todoterreno como una corriente eléctrica. No necesitaban hablar; las miradas de reojo que se lanzaban en la penumbra del tablero decían más que cualquier confesión. Había un espíritu de deber cumplido, una euforia contenida que amenazaba con desbordarse.
Al cruzar el umbral de la suite presidencial, el peso del mundo exterior pareció evaporarse por un instante. Victoria se quitó los guantes de cuero con un movimiento lento, dejando escapar un suspiro largo mientras la rigidez implacable de sus hombros cedía.
Alexander cerró la pesada puerta de madera con el cerrojo y se giró hacia ella. Su rostro, iluminado a medias por las luces cálidas de la habitación, ya no reflejaba la frialdad del operativo en Cefalú, sino una intensidad mucho más peligrosa. Caminó hacia el mueble bar y descorchó una botella de un costoso vino tinto siciliano.
—Creo que una noche como esta exige un tributo, mi Reina —susurró él, sirviendo dos copas de cristal tallado. Se acercó con pasos felinos y le tendió una—. Brindemos por la rata que se quedó sin ojos, y por la puntería de la mujer que me mantiene respirando.
Victoria aceptó la copa, rozando sus dedos con los de él a propósito. El calor del contacto fue inmediato.
—Por la discreción y los monstruos eficientes —respondió ella, sosteniéndole la mirada antes de dar un trago largo. El vino, robusto y caliente, terminó de encender el fuego que la adrenalina había dejado sembrado en su cuerpo.
El alcohol y la euforia hicieron su trabajo con rapidez. Alexander dio un paso más, acortando la distancia hasta que su imponente silueta bloqueó cualquier ruta de escape. Con una delicadeza que contrastaba salvajemente con las manos que acababan de estrangular a un hombre, tomó la copa de Victoria, la dejó sobre la mesa y, con la otra mano, desató el cabello de la Reina, dejando que las ondas rubias cayeran libres sobre sus hombros.
—Está tensa, Donna Victoria. Y la pólvora no es un buen perfume para una deidad —dijo con esa voz grave que vibraba directamente en el vientre de ella—. Permítame quitarle el peso de la batalla.
La guió hacia el gran baño principal, donde el agua caliente comenzó a correr, inundando el espacio con un vapor denso que difuminó las paredes de mármol. Entre copas que se vaciaban y ropas oscuras de combate que caían al suelo como armaduras inútiles, se adentraron bajo el chorro de agua.
El agua caliente golpeó sus cuerpos, pero el verdadero calor emanaba de la piel. Los dedos grandes y ásperos de Alex, ahora cubiertos de jabón, recorrieron la espalda de Victoria con una devoción casi religiosa, delineando la curva de su columna mientras ella apoyaba las manos en el pecho firme de él, sintiendo el latido acelerado de su corazón. El vapor, el sonido del agua repiqueteando y los sutiles detalles de los labios de Alex buscando la línea de su cuello crearon un universo donde no existían los clanes ni las deudas. Alex la levantó levemente, acorralándola contra los azulejos húmedos; la consumación de ese matrimonio forzado estaba a un solo suspiro de distancia, las respiraciones mezcladas, las barreras rotas...
De repente, el estridente y metálico tono del teléfono de alta seguridad de Victoria, dejado sobre el tocador del baño, cortó el vapor y el hechizo como un rayo de hielo.
Victoria contuvo el aliento, con los labios a milímetros de los de Alexander. Él cerró los ojos, apoyando la frente contra la de ella, dejando escapar un gruñido de pura frustración.
El teléfono insistió por tercera vez. El deber y el peligro nunca dormían.
Secándose la cara con un gesto rápido, Victoria salió de la ducha envolviéndose en una bata de seda negra, recuperando su máscara de frialdad a pesar de que sus labios aún ardían. Tomó el dispositivo. En la pantalla parpadeaba el nombre del traidor.
—Habla, Matías —sentenció, con una voz gélida que no delataba la tormenta que acababa de interrumpir.
—Donna Victoria, lamento la hora... —la voz de Matías al otro lado de la línea sonaba extrañamente alterada, desprovista de su habitual arrogancia—. Pero hemos tenido una brecha de seguridad masiva en el norte. Alguien tumbó toda mi red de comunicaciones en Cefalú hace menos de una hora. Estoy ciego. Necesito reunirme con usted y el consejo de inmediato en Palermo. La isla se está saliendo de control.
Victoria miró a través del cristal del baño a Alexander, quien salía de la ducha amarrándose una toalla a la cintura, con una sonrisa ladina y letal cruzándole el rostro al escuchar los frutos de su propio trabajo.
—Entendido, Matías. Convoca al consejo. Estaré ahí en treinta minutos —respondió ella antes de colgar.
Dejó el teléfono y miró a su esposo. El desenlace amoroso tendría que esperar; la guerra reclamaba a su Reina.
La sala del consejo en Palermo respiraba una atmósfera de funeral anticipado. Los jefes de las distintas facciones hablaban entre susurros, con rostros desencajados por el pánico. En el centro de la mesa, Matías caminaba de un lado a otro, gesticulando con furia, con el sudor corriéndole por la frente mientras intentaba justificar cómo toda su red del norte se había volatilizado en una hora.
La pesada puerta doble se abrió de par en par. Victoria entró con la elegancia de una pantera, vistiendo un traje sastre impecable que borraba cualquier rastro del vapor de la ducha. A su espalda, un paso por detrás, Alexander avanzaba como una sombra masiva, con la mirada fija en el entorno y las manos entrelazadas al frente, ocultando su total letalidad.
—Donna Victoria, gracias a Dios —exclamó Matías, intentando recuperar su máscara de mano derecha—. Alguien nos ha atacado. Una intrusión militar y tecnológica sin precedentes en Cefalú. Nos han dejado completamente vulnerables. Tenemos un traidor infiltrado en los niveles más altos de la organización que le está vendiendo información a nuestros enemigos exteriores. ¡Debemos cazarlo y cortarle la cabeza!
Victoria caminó con parsimonia hasta la cabecera de la mesa. No se sentó. Apoyó ambas manos sobre la madera pulida y paseó sus ojos oscuros, gélidos y burlones, por cada uno de los hombres presentes, deteniéndose finalmente en Matías.
—Tienes toda la razón en algo, Matías —dijo Victoria, y su voz resonó con la fuerza de una sentencia judicial—. Hay un traidor en esta mesa. Alguien miserable que ha estado intentando sabotear mis rutas, hackear las frecuencias cifradas de mis patrullas y vender el imperio de mi difunto esposo al mejor postor.
Matías asintió con vehemencia, buscando el apoyo del resto de los capitanes.
—¡Exacto! Debemos averiguar quién es ese bastardo y...
—No hace falta buscar mucho —lo interrumpió Victoria, erguida, clavándole una mirada que le congeló la sangre—. El ataque informático de Cefalú no fue contra la organización. Fue un contraataque quirúrgico que yo misma ordené. La villa destruida era tu centro de operaciones clandestino, financiado con las cuentas secundarias de tus empresas fantasma. Intentaste dejarnos ciegos, Matías, pero la rata que cayó en la trampa fuiste tú.
El silencio que cayó en la sala fue sepulcral. Los capitanes miraron a Matías con incredulidad y desprecio. Las pruebas estaban sobre la mesa. El murmullo del consejo fue unánime, una masa de voces dictando el mismo veredicto implacable: la rata debía ser callada. Las leyes de la Cosa Nostra no perdonaban la traición.
Al verse acorralado, expuesto y sentenciado por las miradas de muerte de todo el clan, el raciocinio de Matías se quebró por completo. La desesperación lo transformó en un animal rabioso.
—¡Perra arrogante! —bramó.
En un movimiento frenético nacido del pánico, Matías metió la mano bajo su chaqueta, sacando una pistola de cañón corto y apuntando directamente al rostro de Victoria. Los capitanes gritaron, apartándose de las sillas, pero todo ocurrió en una fracción de segundo. Victoria ni siquiera parpadeó; su orgullo Lombardi le impidió agacharse ante la muerte.
No le hizo falta.
Antes de que el dedo de Matías pudiera presionar el gatillo, la silueta de Alexander se interpuso entre el cañón y la Reina con la velocidad de un rayo. Su mano izquierda atrapó la muñeca de Matías con una fuerza brutal, desviando la trayectoria del arma hacia el techo justo cuando esta detonaba, rompiendo la lámpara de cristal superior. Al mismo tiempo, la mano derecha de Alexander extrajo su propia arma reglamentaria desde su espalda.
Con una fluidez espeluznante, Alex le propinó un rodillazo en el abdomen a Matías que lo obligó a caer de rodillas sobre la alfombra, de cara a los pies de Victoria.
Alexander no dudó. No hubo discursos, ni advertencias, ni piedad. Colocó la boca del cañón directamente en la nuca del traidor.
¡Pum!
El estruendo del tiro de gracia apagó de golpe el caos en la sala. El cuerpo de Matías se desplomó hacia adelante, inerte, manchando el suelo a los pies del trono de la Reina.
Alexander bajó el arma despacio, exhaló un suspiro corto y se giró hacia el consejo, rodeando con su brazo la cintura de Victoria en un gesto protector y profundamente posesivo. Sus ojos claros brillaron con una advertencia letal dirigida a cada hombre presente en la sala.
—La rata ha sido eliminada —sentenció Alexander, con una voz grave que heló el ambiente—. ¿Alguien más tiene alguna duda sobre quién gobierna en Sicilia?
Ningún capitán se atrevió a levantar la vista. El mensaje estaba claro: Victoria era la Reina indiscutible, y su monstruo era imparable.
¡Llegamos a uno de mis capítulos favoritos! Quería que sintieran esa mezcla de peligro, deseo y desconfianza absoluta que rodea a Victoria y Alexander. Llegar hasta aquí con ustedes, ver cómo reaccionan y cómo se sumergen en este romance oscuro está siendo un viaje increíble. Gracias por leer, por apoyar mis letras y por ser cómplices de este imperio. ¿Qué les pareció este encuentro? 🖤
Detrás de cada imperio hay secretos oscuros, y detrás de cada capítulo de La reina de la mafia, hay horas de entrega, pasión y un trozo de mi alma. Ya hemos dejado atrás 9 capítulos; hemos visto la frialdad, el poder, los conflictos internos y la tensión que rodea a nuestra reina y su entorno.
Solo quiero decirles: GRACIAS. Gracias por no dejarla sola en este camino tan peligroso, por morderse las uñas conmigo y por apasionarse con este universo tanto como yo. Su apoyo es el motor que me empuja a seguir escribiendo el destino de los Lombardi.
Prepárense, porque lo que viene va a sacudir los cimientos de todo lo que creen saber... Que tengan un día increíble. ☕🌹