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Las Veredas Del Alma

Las Veredas Del Alma

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Romance / Amor eterno
Popularitas:166
Nilai: 5
nombre de autor: marig

Tres amigos de la infancia. Un amor en secreto que finalmente se anima a nacer. Y un resentimiento silencioso dispuesto a destruirlo todo. Camila brilla con luz propia, Bruno es el chico de pocas palabras que daría la vida por ella, y Milena es la sombra que espera el momento exacto para actuar. Lo que empieza como un romance de escuela secundaria terminará atrapado en una red de manipulación, celos y una trampa mortal en lo profundo. Descubrí hasta dónde se puede llegar cuando la envidia se disfraza de amistad.

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Capítulo 4: La explosión de Bruno

Para el final de esa primera semana de clases, Thiago ya se movía por los pasillos y las aulas del Colegio Comercial como si hubiera ido toda la vida a esa institución, adueñándose de los espacios con una soltura envidiable. Su banco, estratégicamente pegado al de Camila en la fila del medio, se había convertido de manera inevitable en el centro de operaciones de las risas, los murmullos y el desorden sano del curso. Thiago era un chico ingenioso, rápido para captar los chistes del momento, y poseía una confianza al hablar que a Camila le resultaba fascinante, fresca y sumamente entretenida. Durante las eternas horas de Geografía, donde el profesor se limitaba a dictar ríos y relieves, ellos dos se la pasaban compartiendo los mismos mapas de división política, chocando los hombros "sin querer" al agacharse simultáneamente para buscar las capitales del país en el atlas y anotando chistes internos en código en los márgenes de las hojas de carpeta que después se pasaban con complicidad.

Bruno observaba minuciosamente cada uno de esos movimientos, cada roce y cada sonrisa desde su trinchera solitaria en el último banco del fondo del salón. No prestaba la más mínima atención a lo que el profesor escribía en el pizarrón; su única y obsesiva tarea diaria se había convertido en contar, con una furia silenciosa, las veces que Camila se reía a carcajadas de las pavadas que decía el chico nuevo del centro. Sentía un calor espeso, agobiante y oscuro subiéndole por el pecho; una mezcla amarga de impotencia, orgullo herido y una posesividad tóxica que lo estaba volviendo loco por dentro. Camila siempre había sido su cable a tierra, la única persona en el mundo capaz de entenderlo sin necesidad de que él pronunciara una sola palabra, y verla brillar con tanta intensidad para otro que acababa de llegar le arrancaba pedazos de su dignidad a mordiscos.

El viernes a la salida, apenas sonó el timbre que decretaba el inicio del fin de semana, el aire de Neuquén empezó a soplar con fuerza, trayendo esas ráfagas heladas características de la zona que levantaban densas nubes de tierra gris de las veredas e incitaban a todos a apurar el paso. Como era una costumbre sagrada desde la infancia, el trío del barrio se dispuso a encarar juntos la larga caminata de regreso hacia sus casas, pero esta vez el grupo se demoró unos instantes en la puerta de entrada de la escuela.

—¡Che, Cami! ¡Esperá un cachito! —gritó una voz a sus espaldas. Era Thiago, que bajaba las escaleras de la entrada principal a los saltos de tres en tres, con la campera azul del uniforme completamente desabrochada y volando al viento.

Camila se frenó en seco sobre la vereda y se dio vuelta de inmediato con una sonrisa amplia y radiante iluminándole la cara. Bruno y Milena, que caminaban pegados a ella, se vieron obligados a detenerse a su lado, aunque el lenguaje corporal de Bruno gritaba que quería salir corriendo de ahí.

—Te olvidaste esto tirado abajo del banco —dijo Thiago, jadeando un poco por la corrida y extendiendo la mano para mostrar un resaltador flúor de color rosa—. Sé perfectamente que usás este color para subrayar absolutamente todo lo que leés, así que calculé que lo ibas a extrañar y a necesitar bastante durante el fin de semana.

—¡Ay, gracias, Thiago! De verdad que sos un salvavidas, no sé dónde tengo la cabeza —exclamó Camila, agarrando el útil escolar mientras los ojos le brillaban de par en par por el tierno y atento gesto del chico nuevo.

—No es nada, delegada. Nos vemos el lunes en las primeras horas —respondió él con una sonrisa canchera y relajada. Con total naturalidad, desafiando cualquier distancia, se acercó un paso más a Camila y le dio un beso suave en la mejilla a modo de despedida. Después de apartarse, miró a los otros dos integrantes del grupo con un gesto amigable y desinteresado—. Chau, chicos. Que tengan un buen finde.

Milena levantó la mano enseguida con una simpatía exagerada y ensayada que buscaba quedar bien con el recién llegado, pero Bruno ni siquiera se movió un milímetro. Se quedó completamente rígido como una piedra en medio de la vereda, con los puños apretados al extremo dentro de los bolsillos y la mandíbula tan tensa que sentía que le dolían los dientes de tanto morder. Sus ojos oscuros y filosos se clavaron en la nuca de Thiago, sigilosos y cargados de odio, sigiéndolo fijamente hasta que el chico finalmente dobló la esquina de la avenida y desapareció de su vista.

Los tres amigos reanudaron la marcha en dirección al barrio, dándole la espalda al centro. El silencio que se instaló entre ellos era asfixiante, denso y sumamente incómodo, únicamente roto por el ruido seco de las hojas muertas de los árboles que crujían bajo las suelas de sus zapatillas urbanas. Camila, sintiendo la pesadez del ambiente y queriendo romper la tensión acumulada a toda costa, todavía contagiada por la buena onda y la energía de la salida, habló sin medir en absoluto las consecuencias de sus palabras:

—¿Vieron qué copado y qué buena onda que es Thiago? Posta, chicos, les juro que pensé que al ser un pibe del centro, de una escuela privada, iba a ser re creído y agrandado con nosotros, pero resultó ser un amor de pibe. Menos mal que le tocó entrar justo en nuestro curso, le da otra vida al aula.

Esas palabras llenas de admiración inocente fueron, sin lugar a dudas, la gota que derramó por completo el vaso de la paciencia de Bruno. No pudo contenerse más.

—Para vos cualquiera que te sonría dos minutos seguidos y te diga dos pavadas al oído es un amor de persona, Camila. Sos re ingenua, de verdad —escupió Bruno de golpe, frenando el paso. Su voz sonó tosca, áspera, cargada de un desprecio y un resentimiento tan evidente que sorprendió y congeló por completo a la propia Camila en medio de la calle de tierra..

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