En su cuarto aniversario de bodas, el esposo de Flora González, Marcelo Santos, le pide el divorcio, ya que su primer amor, Camila, ha regresado a la ciudad y él desea volver a su lado para cuidarla.
Flora no grita, no se altera y decide aceptar el divorcio, pero Marcelo le asegura que su hijo se quedará con él hasta que el niño resulta positivo en leucemia y Marcelo no muestre interés en su salud, ya que, después de todo, no es su hijo biológico y es un niño nacido por una fecundación in vitro.
Ahora Flora debe lidiar con su divorcio, la enfermedad de su hijo y la búsqueda de un empleo. Pero su salvación llega más pronto de lo que imagina cuando Alejandro Fernández aparece ante ella, asegurando que Benjamín, su pequeño hijo, lleva la sangre de los Fernández y, por eso, él estará dispuesto a proteger a ese niño, el último recuerdo de su hermano Leonardo.
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Capítulo 12
No hay nada más peligroso que el silencio cuando sabes que todo se está rompiendo.
Ese día, en la oficina de TechNova Argentina, el reloj marcaba casi las seis de la tarde y yo seguía frente a la pantalla, sin avanzar realmente en nada. Tenía varios documentos abiertos, números, proyecciones… pero mi cabeza estaba en el hospital.
En Benjamín.
Siempre en Benjamín.
Desde que volví a trabajar, todo el mundo cree que soy fuerte. Que puedo con todo. Que soy esa mujer que resuelve, que no se quiebra, que avanza.
Pero nadie ve lo que pasa cuando me quedo sola.
El teléfono vibró sobre el escritorio.
Marcelo.
Solo ver su nombre me tensó la mandíbula.
Contesté.
—¿Qué quieres?
—Así que ya volviste a trabajar —su voz sonaba cargada de ironía—. Qué madre tan dedicada.
Cerré los ojos un segundo.
—Estoy trabajando para pagar el tratamiento de mi hijo.
—Nuestro hijo —corrigió con frialdad.
Solté una risa seca.
—No empieces.
—No, Flora, la que empezó fuiste tú —su tono subió—. ¿Cómo se te ocurre dejar al niño en el hospital para irte a la oficina? ¿Qué clase de madre hace eso?
Apreté el bolígrafo entre los dedos.
—La que no tiene a nadie más que la ayude.
—No te hagas la víctima —escupió—. Lo que pasa es que ahora quieres tener ingresos propios para pelearme la custodia, ¿no?
Ahí estaba.
Ese era el verdadero problema.
—Si te preocupa perder la custodia —respondí con calma—, tal vez deberías empezar a comportarte como un padre.
—No te atrevas a hablarme así.
—¿Y tú no te atrevas a cuestionarme como madre?
Hubo un silencio tenso.
—Además —continuó—, ¿qué necesidad tenías de meterte en la vida de Martina? ¿Por qué tuviste que exponer a su novio?
Rodé los ojos.
—Porque es un estafador.
—No era tu problema.
—Claro que lo era —repliqué—. Es la hermana de mi esposo. O lo era. Y no voy a quedarme callada viendo cómo la engañan.
—Siempre tan perfecta, ¿no? —su tono era venenoso—. Siempre la heroína.
—Siempre la única con sentido común —lo corté.
Respiré hondo.
—Si no tienes nada más que decir, tengo trabajo.
—Sí, tengo algo más —dijo, y su voz cambió—. Tus padres me pidieron dinero.
Me quedé en silencio.
—¿Qué?
—Cuatrocientos mil pesos —continuó—. Dicen que es para pagar los daños del accidente de Pablo. Si no pagan, va a ir a la cárcel.
Sentí un frío recorrerme el cuerpo.
—¿Y?
—¿Cómo que “y”? —se burló—. Es tu familia.
Me levanté de la silla.
—No es mi problema.
—Flora…
—No —lo interrumpí—. No voy a pedirte dinero para eso.
—Pensé que te importaban.
—Me importaba —corregí—. Hasta que entendí que yo solo soy su cajero automático.
Colgué.
No podía seguir escuchándolo.
Apenas dejé el teléfono sobre la mesa, volvió a vibrar.
Un mensaje.
Marcelo.
"Tu madre insiste. Dice que hables conmigo."
Solté una carcajada amarga.
No pasaron ni dos minutos cuando volvió a sonar.
Mamá.
Por un segundo dudé.
Pero contesté.
—¿Qué pasa ahora?
—Flora, habla con Marcelo —dijo sin saludar—. Necesitamos ese dinero.
Cerré los ojos.
—No voy a pedirle nada.
—¡Es tu marido!
—Por poco tiempo.
—Entonces más razón —replicó—. Antes de que se divorcie de ti, sácale lo que puedas.
Sentí algo romperse dentro de mí.
—¿Me estás escuchando?
—Sí —respondí en voz baja—. Y me das vergüenza.
—No empieces con tus dramas —me cortó—. Pablo es tu hermano. Si no pagamos, va a la cárcel.
—Que asuma las consecuencias.
—¡Flora!
—Yo no tengo nada que ver con eso.
—Claro que sí —insistió—. Eres su hermana.
Respiré hondo.
—También soy la madre de un niño con leucemia.
Silencio.
Por un segundo pensé que eso la haría reaccionar.
Pero no.
—Precisamente por eso —dijo—. No deberías divorciarte. Necesitas estabilidad. Un hombre. Otra criatura incluso, para asegurar tu futuro.
Me quedé helada.
—¿Qué dijiste?
—Un segundo hijo —repitió—. Así Marcelo no te deja. Los hombres cambian cuando tienen familia.
La risa que salió de mi boca fue amarga, casi histérica.
—No tienes idea de lo que estás diciendo.
—Flora…
—¿Sabes qué? —la interrumpí—. Te voy a decir la verdad.
Mi voz temblaba, pero no me detuve.
—Marcelo no puede tener hijos.
Silencio total.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste —dije—. Benjamín no es hijo biológico de él. Es de un banco de esperma.
Del otro lado no se oía nada.
—Así que deja de decirme que tenga otro hijo con él —continué—, porque es imposible.
—Estás mintiendo…
—No —respondí con frialdad—. Lo que pasa es que por primera vez te estoy diciendo la verdad.
Colgué.
Mis manos temblaban.
Sentía el pecho apretado, como si me faltara el aire.
No me di cuenta en qué momento empecé a llorar.
Tuve que sentarme.
Apoyé los codos en el escritorio y cubrí mi rostro.
No era solo el cansancio.
Era todo.
Todo junto.
Cuando llegué al hospital ya era de noche.
Caminé directo a la habitación de Benjamín.
Pero no estaba.
Mi corazón se detuvo.
—¿Dónde está mi hijo? —pregunté a la enfermera.
—Tranquila —respondió—. Está en el baño con Lupe.
Respiré aliviada.
Me apoyé contra la pared un segundo.
No podía más.
Cuando volvió, corrió hacia mí.
—¡Mamá!
Me arrodillé y lo abracé con fuerza.
—Hola, mi amor.
—Te tardaste.
—Lo sé —susurré—. Perdón.
Lo observé.
Estaba más pálido que de costumbre, pero sonreía.
Siempre sonreía.
Nos sentamos en la cama.
Lo acomodé con cuidado.
No sabía cómo decirlo.
Pero necesitaba saber.
—Benja…
—¿Sí?
—Si… —tragué saliva— si papá y mamá no viven juntos… ¿con quién te gustaría estar?
No dudó ni un segundo.
—Con vos.
Sentí algo quebrarse dentro de mí.
—¿Seguro?
—Sí —asintió—. Ya le dije a papá.
Fruncí el ceño.
—¿Cuándo?
—Hoy —respondió con naturalidad—. Vino y me preguntó lo mismo.
Mi pecho se tensó.
Claro.
Marcelo ya estaba moviendo sus fichas.
—¿Y qué le dijiste?
—Que con vos —repitió—. Siempre.
No pude contenerme.
Lo abracé con fuerza.
—Gracias, mi amor.
—¿Por qué llorás?
—Porque te amo.
Y porque eres lo único que me queda.
Esa noche no pude dormir.
Benjamín dormía a mi lado, respirando con dificultad leve, pero estable.
Yo miraba el techo.
Pensando.
En todo.
Marcelo.
El divorcio.
La custodia.
El dinero.
¿Y si ya estaba moviendo el dinero de nuestras cuentas?
¿Y si perdía todo?
¿Y si perdía a mi hijo?
Cerré los ojos con fuerza.
No.
Eso no iba a pasar.
No podía permitirlo.
Entonces recordé algo.
Alejandro Fernández.
El caso del que todo el mundo hablaba.
El abogado que logró que un hombre infiel y culpable se quedara sin nada en el divorcio.
Si alguien podía ayudarme…
Era él.
Una pequeña chispa de esperanza apareció.
Mínima.
Pero suficiente para no rendirme.
El teléfono vibró.
Número desconocido.
Dudé.
Pero contesté.
—¿Hola?
Al principio no entendí lo que escuchaba.
Respiraciones.
Risas.
Sonidos…
Íntimos.
Fruncí el ceño.
—¿Quién es?
Entonces lo escuché.
La voz de Marcelo.
Y la de Camila.
—¿Te gusta así? —decía ella entre risas.
Sentí que la sangre se me congelaba.
—Claro que sí —respondió él—. Mucho mejor que con Flora.
Mi mano empezó a temblar.
—Ojalá se entere —añadió ella—. Así deja de hacerse la esposa perfecta.
No dijeron más.
No hacía falta.
Colgué.
Me quedé mirando el teléfono.
Sin lágrimas.
Sin rabia.
Sin nada.
Solo vacío.
Lo último que quedaba de ese matrimonio…
acababa de morir.