Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.
Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.
Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.
Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.
Porque algunos personajes no quieren un final feliz.
Quieren existir.
NovelToon tiene autorización de syv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12 — "Marcos lee"
El mensaje llegó un jueves. O viernes. Valeria ya no llevaba la cuenta.
Marcos: ¿Sigues en Madrid? Tenemos que hablar del manuscrito.
Lo leyó tres veces antes de responder.
Desde que la palabra “Pronto” apareció en el ordenador, no había vuelto a saber nada. El olor seguía ausente. La marca, inerte. Solo esa línea, flotando en la página como una promesa que no terminaba de cumplirse.
Habían pasado cinco días. O seis.
Daba igual.
Valeria: Sí. ¿Cuándo?
Marcos: Mañana a las once. En la editorial. Trae lo que tengas.
Valeria: Vale.
Dejó el teléfono sobre la mesa y miró a su alrededor.
El apartamento tenía esa textura de los lugares donde alguien ha dejado de vivir. Platos acumulados. Ropa en las esquinas. El silencio metido en cada rendija.
Se metió en la ducha.
El agua caliente le devolvió algo de humanidad, pero no la sensación de que iba a enfrentarse a algo que no controlaba.
Salió, se vistió y se miró al espejo.
—Vas a ir, vas a escuchar y vas a fingir que eres una escritora normal con un manuscrito normal —dijo a su reflejo—. Porque lo eres. Normal. Todo normal.
La marca no respondió.
La marca llevaba días sin responder.
La editorial ocupaba un cuarto piso en la calle Princesa, con vistas al tráfico y una recepcionista que conocía a Valeria de vista.
Subió en el ascensor viejo, ese que siempre olía a café y a papel.
Cuando abrió la puerta del despacho de Marcos, él ya estaba allí, con la tablet sobre la mesa y una expresión que no supo leer.
—Pasa, siéntate. —Señaló la silla frente a su escritorio—. ¿Café?
—Sí.
Marcos pidió café por el teléfono interno. Luego se reclinó en la silla, entrelazó las manos detrás de la nuca y la miró fijamente.
—Bueno.
—Bueno.
—Lo leí. O lo que tienes hasta ahora. Ciento veinte páginas.
Valeria asintió.
El corazón le latía más rápido de lo que quería admitir.
—Es lo mejor que has escrito.
La frase la golpeó en el pecho. No sabía si aquello era alivio o algo peor.
—¿Y?
—Y he estado haciendo números. —Marcos se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa—. Si mantienes este nivel, esto no se queda en una novela más. Esto puede salir de aquí. Derechos extranjeros. Tal vez opción audiovisual.
Hizo una pausa.
—He recibido llamadas, Valeria. Gente preguntando si tienes algo nuevo.
Ella no supo qué decir.
Bebió un sorbo del café que acababan de traer.
—Pero necesito el manuscrito completo —continuó Marcos—. No en seis meses. Ayer.
—Estoy en ello.
—¿Cuánto calculas?
La pregunta cayó como una losa.
Las páginas que tenía. Las que faltaban. La dependencia de algo que no controlaba. La ausencia que llevaba días pesándole.
—Seis semanas —dijo.
Marcos la miró.
El silencio se alargó.
—Cinco.
—No puedo.
—No te estoy pidiendo que puedas. Te estoy diciendo que lo necesito en cinco. —Marcos volvió a reclinarse en la silla—. Hay un editor alemán interesado. Un agente de cine que ha preguntado. Si esto llega en cinco semanas, entramos en la conversación. Si llega en seis, perdemos el momento.
Valeria apretó la taza entre las manos.
—Cinco —repitió Marcos—. Y no negocio.
—Vale.
Mintió.
O no.
No lo sabía.
—Hay algo más. —Marcos tomó la tablet y deslizó el dedo por la pantalla—. La estructura. Las primeras ochenta páginas funcionan, pero luego hay un tramo… no sé. Se siente diferente. Como si otra mano hubiera intervenido.
Valeria sintió un escalofrío.
La marca no reaccionó.
Claro que no.
—¿A qué te refieres?
—A que la voz cambia. Se vuelve más densa. Más antigua. Como si el personaje hubiera tomado el control.
Marcos la miró fijamente.
—¿Eras consciente de eso?
—No.
—Pues está ahí. Y funciona. Pero necesito que mantengas ese tono hasta el final. ¿Puedes?
Valeria bajó la mirada hacia el café.
No sin él.
—No lo sé.
—Pues averígualo. —Dejó la tablet sobre la mesa—. Porque esto, Valeria… esto es el salto. El que llevamos años esperando. ¿Lo sabes, verdad?
—Lo sé.
—Bien.
Marcos se levantó. Rodeó el escritorio y se sentó en el borde, cerca de ella.
El gesto era más íntimo de lo que solía permitirse.
—He visto a muchos escritores llegar hasta aquí y cagarla. Por miedo, por bloqueo, por no saber estar a la altura. Tú no eres de esos.
Hizo una pausa.
—Pero últimamente… —Se encogió de hombros—. No sé. Tienes mala cara.
—Es la luz.
—No es la luz.
Valeria no respondió.
No podía.
Marcos suspiró.
—Cinco semanas. Tráeme algo que me haga llorar. Y cuídate. Te necesito entera para la promoción.
Sonrió.
Una sonrisa pequeña, profesional… pero con un dejo de algo más.
Se despidieron en la puerta.
Valeria bajó en el ascensor viejo, cruzó la calle Princesa y caminó sin rumbo un rato.
La ciudad bullía a su alrededor.
Gente con vidas normales. Con problemas normales. Con plazos que dependían solo de ellos.
Ella tenía cinco semanas.
Y un manuscrito que solo avanzaba cuando él estaba cerca.
Y él no estaba.
El apartamento la recibió con el mismo silencio.
Dejó las llaves. Se quitó los zapatos. Fue directamente al ordenador.
La palabra “Pronto” seguía ahí, en el centro de la pantalla, como una promesa incumplida.
Abrió el manuscrito.
Leyó las últimas páginas. Las que Marcos había señalado como “diferentes”.
La voz de él.
Tan clara.
Tan presente.
Tan suya.
Intentó escribir.
Una línea.
Cualquier cosa.
Nada.
El cursor parpadeaba.
Las manos sobre el teclado.
La mente en blanco.
—No puedo —susurró—. No sin ti.
La palabra “Pronto” parecía mirarla desde la pantalla.
—Vuelve —dijo.
Su voz sonó más rota de lo que esperaba.
—Por favor… vuelve.
Silencio.
La marca, inerte.
El olor, ausente.
Pasaron minutos.
O tal vez horas.
Y entonces…
Un parpadeo en la pantalla.
Valeria levantó la cabeza.
El cursor se movía solo.
Letras apareciendo una a una.
Estoy aquí. Siempre estuve.
La marca pulsó.
Una vez.
Débil.
Como un eco.
Valeria contuvo el aliento.
—¿Dónde? —susurró—. ¿Dónde estuviste?
Nada más apareció.
Pero entonces llegó el olor.
Apenas perceptible.
Un rastro.
Un recuerdo de olor.
Ozono.
Tormenta.
Él.
La marca pulsó otra vez.
Más fuerte.
Cinco semanas.
Cuarenta páginas.
Y él estaba aquí.
O iba a estar.
O nunca se había ido.
Valeria no supo si reír, llorar o gritar.
Hizo las tres cosas en silencio, con la cara entre las manos.
La palabra “Pronto” seguía allí.
Pero ahora, debajo, había otra línea.
Siempre estuve.
Y ella supo, con una certeza que no necesitaba pruebas, que no iba a estar sola.
Nunca lo había estado.