Cuando Isabel muere debido a una enfermedad, su alma se transporta al mundo de la última novela que leyó: "La Duquesa Libertina". Ahora, con una segunda oportunidad, Isabel decide tomar control de su destino y cambiar el curso de la historia. Pero lo que no esperaba era que sus padres la obligaran a casarse con un duque sanguinario, misterioso y posesivo. Sin embargo, ella tratará de hacer la suya y no molestarlo, pero él desea otra cosa...
¿Podrá Isabel equilibrar su deseo de libertad con la pasión que la consume?
[Actualizaciones los Martes/Jueves/Sábados/Domingos]
NovelToon tiene autorización de Jocelin Jara para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 1
Isabel miraba por la ventana de su habitación de hospital llena de tristeza y anhelo.
Un suave suspiro y una lágrima que cayó por su mejilla.
Todas las navidades eran iguales, las pasaba en esa habitación sola, entre enfermeras y tratamientos.
Odiaba haber tenido que nacer así, con esa horrible enfermedad.
Isabel padecía de fibrosis quística. Una enfermera con la cual nació debido a una mutación genética; la cual afectó a las glándulas que producían moco, sudor y jugos digestivos.
—¡Hora del tratamiento! – interrumpió sus tristes pensamientos la enfermera de turno.
—Lo sé, lo acabo de empezar – respondió Isabel desganada, aún mirando por la ventana.
La enferma vió que efectivamente ya lo había comenzado. Estaba con un inhalador ayudándola con la respiración y según veía de la mesita de luz, ya se había tomado los medicamentos y acabo la comida.
La enferma se compadeció de ella, era tan jóven y tenía que vivir encerrada en ese hospital, y como sí fuera poco, su familia se había desligado de ella completamente. Sólo le habían enviado sus pertenencias al hospital con una gran colección de libros y nunca más volvieron. Ya hacía doce años de ello.
La mujer se acercó a Isabel y observó con curiosidad que era lo que Isabel miraba tan concentrada.
—Son tan lindos, ¿no? – se volvió hacía la enfermera con una triste sonrisa.
La enfermera sabía que se refería a la familia que jugaba en el parque junto al hospital. Construían un bonito muñeco de nieves y hacían ángeles en la nieve caída.
Una pequeña niña correteaba mientras sus padres corrían detrás de ella, fingiendo que no podían alcanzarla.
—Se van a enfermar con este frío – comentó la enfermera, queriendo desviar la conversación hacía el clima.
—Una gripe no es suficiente como para evitar coleccionar un momento así, ¿no crees Lucía? – volvió a preguntar Isa con una mirada tierna y madura.
—Puede que sí – respondió desviando la mirada.
—Si pudieras hacer cualquier cosa en el mundo, ¿qué harías? – le preguntó Isa un poco más emocionada
—Tal vez... – pensó un momento Lucia, pero justo cuando iba a responder, su radio de emergencia sonó, informando que un paciente necesitaba ayuda urgente – lo siento Isa, después seguimos hablando – se disculpó muy apenada, pudo notar cómo los ojos de Isa se habían encendido y apagado en menos de un minuto.
—No te preocupes – aseguró Isa con una sonrisa débil, la cuál no llegó a sus ojos.
Lucia, la enfermera tuvo que salir corriendo del cuarto. Isa se volvió a quedar sola allí.
—Bueno, me voy a vestir para festejar – dijo en voz alta para si misma.
Hacía varios años que había adoptado la costumbre de hablar consigo misma, como muchas veces no tenía con quien hablar, decidió hablar con ella misma. Muchos la miraban raro, llamándola loca, pero a ella no le interesaba.
Con mucho cuidado de no lastimarse moviendo la sonda que tenía en la nariz, se puso un vestido fino de seda con retazos de encaje en los bordes. También tuvo que procurar no mover el tuvo de gastronomía, el cuál le habían colocado recientemente por no poder comer bien.
Se peinó con cuidado y se sentó frente a la ventana con un libro nuevo, se lo había enviado su abuelo antes de morir. Él era el único que la iba a visitar al hospital, ella lo amaba con todo su corazón, pero la vida tenía otros planes para él.
Su abuelito tuvo un paro cardíaco y falleció mientras conducía, luego de ello, nadie más fue a verla. Sólo el abogado de su abuelito, informándole que había heredado los bienes y todo lo que era de su abuelito, con ello pagó las facturas y gastos del hospital, con ello vivía, gracias a él aún vivía.
Abrió el libro con mucho cariño, ese era el último libro que le quedaba por leer de todos los que le había enviado. Leyó su tapa "La duquesa libertina".
No recordaba haber visto aquel libro entre todos, pero no le dió mucha importancia y lo leyó mientras escuchaba de fondo los fuegos artificiales que ya estaban tirando, pues faltaba unas cuantas horas para la navidad.
Comenzó a leerlo y le gustó muchísimo, pero a medida que avanzaba no estaba muy segura. No le gustaba el desprecio que le daban a la mujer y cómo nadie la defendía, especialmente su familia, que sólo la maltrataba y querían venderla al mejor postor.
Mientras leía, hacía los ejercicios de fisioterapia, expulsando los mocos con un dispositivo de presión sobre los pulmones. Haciendo que él dispositivo vibre y el aire pueda fluir temporalmente por los pulmones.
Varias horas después terminó de leer el libro, estaba muy apenada, pues no le había gustado el final que tuvo la pobre mujer.
Ahora sólo quería reflexionar en todo lo que pudo haber hecho y no hizo, como perdió el tiempo pensando en lo que dirán, que en disfrutar de la vida, siendo una mujer hermosa y sana...
De pronto se vió en el reflejo del vidrio, llena de tubos y sondas, con cicatrices por todo su cuerpo debido a las múltiples operaciones, sumamente delgada por la poca comida que podía ingerir, ojerosa y con ojos tristes.
—¡No quiero esto! – gritó con la voz quebrada por el llanto que pugnaba por salir – ¡No quiero vivir así! – cayó de rodillas al suelo, agitandose nuevamente por la falta de aire en sus pulmones.
—¿Por qué? – lágrimas calientes fluían por sus mejillas con gran violencia – ¿Por qué tuve que nacer así? ¿Por qué tuvo que morir el abuelo? ¿Por qué mi familia no me quiere?.
Un grito desgarrador salió impulsado desde el fondo de su ser, tantos años conteniéndose. Pero ya no le quedaba nada, ni siquiera los libros que su abuelo le había dejado, ya los leyó todos, era el fin.
De repente su cuerpo comenzó a sacudirse con gran fuerza, sus ojos se fueron hacía atrás, no podía parar, no podía respirar, todo le dolía inmensamente.
Un fuerte pitido resonaba en la habitación.
Lucía, la enfermera entró corriendo. Estaba pálida y con los ojos congestionados, corrió inmediatamente hacía ella, ayudándola.
—¡Médicos! – gritó con todas sus fuerzas.
Luego de eso muchos doctores comenzaron a ingresar corriendo a la habitación.
La acostaron en la cama, comenzaron a atenderla con velocidad y temor.
—El pulmón derecho está fallando – dijo de repente un doctor muy preocupado.
Todos allí conocían bien a Isa, era la única paciente que vivía allí.
—¡Isabel, por favor resiste! – exclamó Lucia llorando.
—¡Lucha, lucha! – repetía otro médico mientras trataba de ayudarla.
Isabel les dió un vistazo a todos los presentes, entendió que todo se acabaría allí, esa misma noche. Podía oir los fuegos artificiales sonar estruendosamente.
Justo al llegar la navidad, sus ojos se cerraron para siempre, no sin antes darles una breve y cálida sonrisa a los presentes.
Una fuerte luz la envolvió, cegándola por completo.
Se sentía flotar, y no entendía nada, pero un fuerte deseo la envolvió; quería vivir.
Deseaba con todas sus fuerzas poder vivir una vida plena y sana, quería poder disfrutar de todas las cosas de las que se tuvo que privar por su enfermedad. Lo deseaba más que nada.
—Pues vive... –le susurró una voz suave y aterciopelada.