"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."
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capitulo 22
(Narrado por Julián)
El silencio es una magnitud física. Se puede medir en decibelios, por supuesto, pero también en la presión que ejerce sobre los tímpanos cuando entras en una habitación que debería estar llena de vida y solo encuentras el eco de tu propia respiración. Al poner el pie en el Apartamento 4B esa tarde, supe que algo se había quebrado en la estructura. No era solo que la luz del pasillo parpadeara o que el aire oliera a un perfume que no era el de Elena; era el vacío. Un vacío con la forma exacta de su cuerpo.
—¿Elena? —mi voz sonó extraña, demasiado autoritaria para un espacio que de repente se sentía inmenso.
Nadie respondió. Caminé hacia el salón y allí estaba ella. No mi Elena. Sino Valeria.
Estaba apoyada en el escritorio, sosteniendo uno de mis carboncillos entre sus dedos largos y cuidados. Me miraba con esa superioridad moral que siempre me había irritado de ella, esa condescendencia de quien cree que el mundo se rige por leyes éticas y no por leyes de resistencia de materiales.
—Se ha ido, Julián —dijo Valeria, dejando el carboncillo sobre la mesa con un ruidito seco—. Y no intentes buscarla. Ya está muy lejos de tus escuadras y tus cartabones.
Sentí una punzada de calor en la base del cráneo, una presión hidráulica que amenazaba con hacerme perder la compostura. No le pregunté cómo había entrado; Valeria siempre fue eficiente, una hormiga obrera que conocía mis métodos mejor de lo que yo estaba dispuesto a admitir. Lo que me dolió fue la intrusión. Había profanado mi santuario. Había tocado mi obra.
—Has cometido un error de cálculo, Valeria —dije, acercándome a ella sin prisa, dejando mis llaves sobre la encimera—. Elena no sabe estar sola. Es una estructura que necesita un soporte, un pilar. Yo soy ese pilar. Volverá en cuanto se dé cuenta de que el mundo exterior es un caos que no puede procesar.
—Tú no eres su pilar —escupió ella, y vi por primera vez una chispa de odio real en sus ojos—. Eres su parásito. La has estado consumiendo para alimentar tu ego de artista torturado. Pero ya no importa. He borrado tus códigos, he cambiado las reglas del juego. Elena ya no es un dibujo en tu pared.
Me acerqué tanto que pude oler su desprecio. Valeria no retrocedió.
—Vete de aquí —le ordené en un susurro—. Vete antes de que decida que tu presencia es un escombro que debo eliminar.
Ella se rió. Una risa corta, técnica. Se puso las gafas de sol, ocultando la única parte de ella que aún me resultaba descifrable, y salió del apartamento sin mirar atrás.
Me quedé solo.
Caminé por el salón, acariciando las paredes. Mis dibujos. Cientos de bocetos de Elena. En ese momento, me di cuenta de que Valeria tenía razón en algo: Elena se había ido, pero me había dejado sus sombras. Me acerqué al retrato del caballete, el que ella estaba mirando antes de huir. Pasé los dedos por la línea de su mandíbula. El papel todavía guardaba un poco de la electricidad estática de la habitación.
—No has entendido nada, pequeña —murmuré para las paredes vacías—. Una obra no se abandona. Se termina.
Me serví un whisky, pero el alcohol no logró apagar el incendio de mi cerebro. Fui a su habitación. La cama estaba hecha con una perfección quirúrgica, como si ella nunca hubiera dormido allí. Abrí el armario. Se había llevado su gabardina y poco más. Pero faltaba algo. La fotografía. La maldita foto de sus diecisiete años que yo le había devuelto como un acto de generosidad que ahora me parecía una debilidad imperdonable.
Se había llevado su pasado, pero yo tenía su presente guardado en mi memoria fotográfica.
Me senté en el suelo de la ducha, el mismo lugar donde ella se sentaba a llorar cuando creía que yo no la oía. El agua fría empezó a caer sobre mi camisa, empapando la seda, pero no me importó. Necesitaba pensar. Necesitaba trazar el mapa de su huida.
Valeria la había ayudado. Eso significaba dinero, transporte y un destino que no fuera la casa de mis padres. Sofía no era lo suficientemente inteligente para ocultarla de mí por mucho tiempo; terminaría rompiéndose bajo la presión. Pero Valeria... Valeria jugaba a largo plazo.
Pasé la noche en vela, rodeado de mis planos. Pero ya no diseñaba edificios. Diseñaba una red. Llamé a mis contactos en las inmobiliarias, a los conocidos que compartíamos en la facultad, incluso a los servicios de mensajería que Valeria solía usar. Me movía con la precisión de un depredador que sabe que su presa está herida y que el rastro de sangre —en este caso, el rastro de la culpa— es imborrable.
A las tres de la mañana, encontré la primera grieta. Un cargo en una tarjeta corporativa de la empresa de Valeria. Un billete de tren. No a una gran ciudad, sino a un pueblo costero en el norte. Un lugar de niebla y acantilados. Un escenario perfecto para una heroína de tragedia griega.
Sonreí en la oscuridad del apartamento.
—Te encontré, Elena.
Fui al salón y tomé un carboncillo nuevo. Me puse frente a una pared que todavía estaba en blanco, una superficie de ladrillo que esperaba ser colonizada. Con trazos rápidos, violentos, empecé a dibujar su rostro de nuevo. Pero esta vez no era la Elena sumisa, ni la Elena asustada. Era la Elena que corría. La Elena que creía que podía escapar de la arquitectura que yo había construido para ella.
Dibujé sus piernas en movimiento, su cabello alborotado por el viento del norte, sus ojos fijos en un horizonte que no existía.
—Crees que la distancia es una variable que puedes controlar —dije, mientras el polvo negro manchaba mis manos y mi ropa—. Pero el espacio es relativo, Elena. Puedo estar a trescientas millas de ti y seguir ocupando cada pensamiento de tu cabeza. Porque yo no soy solo un hombre. Soy el hombre que te enseñó a sentir el dolor y el placer como si fueran la misma cosa.
Amaneció. Me vestí con un traje oscuro, guardé la llave dorada en el bolsillo de mi chaqueta y tomé mi maletín. No necesitaba maletas. Todo lo que necesitaba estaba esperándome en ese pueblo del norte.
Antes de salir, eché un último vistazo al Apartamento 4B. Los dibujos parecían cobrar vida bajo la luz grisácea de la mañana. Eran un ejército de Elenas que me observaban partir.
—Pronto volveremos a estar juntos —prometí—. Y esta vez, no habrá dibujos en las paredes. Esta vez, la estructura será permanente.
Cerré la puerta con el código electrónico. "0110". La fecha del accidente de sus padres. Mi recordatorio personal de que todo lo que ella tenía, todo lo que ella era, había nacido de una ruina que yo había sabido aprovechar.
Conduje hacia el norte mientras la lluvia golpeaba el parabrisas. Cada kilómetro me acercaba más a mi obra inacabada. No sentía rabia, ni siquiera celos de que Valeria hubiera intentado ayudarla. Sentía la satisfacción del arquitecto que vuelve a una obra que ha sufrido un pequeño derrumbe: solo hay que limpiar los escombros y reforzar los cimientos.
Elena creía que el tren la llevaba a la libertad. Yo sabía que solo la estaba llevando a un escenario más grande, a una habitación con vistas al mar donde las paredes serían de aire, pero la cárcel seguiría siendo la misma. Mi mirada. Mi voluntad. Mi deseo.
La "Fantasía Real" no se había terminado. Simplemente se había expandido. Y yo, Julián Martínez, estaba a punto de poner el último ladrillo en el edificio de nuestra perdición.