VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.
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besos de cristal roto
Maximiliano:
El ambiente en la habitación era tan espeso que costaba respirar. La tomé de la barbilla, obligándola a mirarme. Sus ojos, esos pozos oscuros que siempre habían sido mi brújula, estaban llenos de una verdad que yo no estaba listo para procesar.
—¡Dímelo de una vez, Luiza! —le grité, perdiendo el control—. ¡Maldita sea!
—¡No soy una Correa, Maximiliano! —soltó ella, zafándose de mi agarre con una violencia desesperada—. ¡Soy una Valerius! ¡Alessandro Valerius está vivo y es mi padre! ¡Tu familia mató a la mía y yo soy el enemigo que has estado metiendo en tu cama!
El mundo se detuvo. Sentí como si el suelo desapareciera bajo mis pies. Valerius. El nombre que mi padre pronunciaba con asco antes de escupir al suelo. El clan que juramos borrar de la historia.
—¿Qué acabas de decir? —mi voz bajó a un susurro peligroso, gélido—. ¿Me estás diciendo que todo este tiempo he estado protegiendo a la sangre que asesinó a mis tíos? ¿Que me juraste lealtad mientras llevas el apellido de los bastardos que casi destruyen mi legado?
—¡Yo no lo sabía, Max! ¡Me enteré hace tres meses! —intentó acercarse, pero retrocedí como si su toque fuera veneno.
—¡No me toques! —le rugí, y las palabras empezaron a salir de mi boca como ácido—. Eres una maldita mentira, Luiza. Eres una infiltrada, una parásita que se aprovechó de mi protección. ¿Por eso te aislaste? ¿Para planear cómo entregarnos a tu verdadero padre? Eres igual que ellos... una rata traidora.
—¡Max, detente! ¡Sabes que te amo! —gritó ella, con lágrimas de rabia corriendo por su rostro.
—¿Amarme? Tú no sabes amar. Solo sabes manipular. Me das asco —le espeté, mirándola con un desprecio que me quemaba las entrañas—. Se acabó. No hay pacto, no hay compromiso y no hay nosotros. Quédate con tu sangre maldita. Si vuelvo a verte después de tu cumpleaños, será a través de la mira de mi rifle.
Salí de la habitación sin mirar atrás, destrozando la puerta al cerrarla. Mi corazón se sentía como un trozo de carbón ardiendo en mi pecho.
Narrador:
Los dos dias siguientes fueron un descenso al infierno para ambos. María, despechada y herida por la crueldad de Maximiliano, no se quedó a llorar en los rincones. Apareció en los eventos previos a su cumpleaños del brazo de un hombre que nadie conocía: Viktor Volkov, un ruso de casi dos metros de altura, de un rubio platino natural y ojos azules como el hielo siberiano. Viktor la miraba con una devoción fría, y ella se dejaba tocar en público solo para clavar el puñal más profundo en el orgullo de Max.
Llegó la noche de la fiesta de los 18 años. La mansión era un despliegue de opulencia y peligro.
María se sentía asfixiada. A pesar de tener a Viktor a su lado, sus ojos buscaban constantemente la sombra de Maximiliano entre la multitud. No podía superarlo. Cada vez que el ruso la tocaba, ella recordaba las manos ásperas y territoriales del Veraldi. Necesitaba aire.
—Vuelvo en un momento, Viktor —murmuró María, soltándose del brazo del ruso para ir al baño de la planta alta.
Caminó por el pasillo, con su vestido negro de encaje fluyendo tras ella como una advertencia. Al llegar cerca de la antesala de los baños, escuchó una risita aguda y empalagosa que reconoció de inmediato. Perla.
María se detuvo en seco. La puerta estaba entreabierta.
Allí, apoyado contra la pared, estaba Maximiliano. Se veía devastado, con la corbata floja y una copa de cristal en la mano. Y sobre él, colgada de su cuello como una enredadera venenosa, estaba Perla.
—Ay, Maxie... siempre supimos que esa "huerfanita" no era para ti —decía Perla con su voz fresa y dramática, acariciándole el pecho—. Tú necesitas a alguien de tu clase, alguien que sepa cuidarte, no una salvaje que solo trae problemas...
Maximiliano no decía nada, pero no la apartaba. En un arranque de rabia autodestructiva, Max soltó la copa, agarró a Perla por la cintura y la atrajo hacia él en un beso desesperado, violento y carente de amor. Era un beso usado para intentar borrar el sabor de María Luiza, un acto de despecho puro.
María sintió que el hombro herido le quemaba de nuevo, pero el dolor en su pecho era mil veces peor. Ver a Max, su Max, besando a esa mujer caprichosa y vacía, fue la confirmación de que la guerra no solo era entre familias... era una carnicería entre sus corazones.
María retrocedió, con la mirada endurecida, mientras las maldiciones en italiano de su verdadera sangre empezaban a hervir en su mente.
El pasillo de mármol se sentía como un túnel de hielo. María Luiza se quedó petrificada, oculta por la penumbra de la pesada cortina de terciopelo, mientras el sonido de los labios chocando y los suspiros dramáticos de Perla desgarraban lo último que quedaba de su resistencia emocional.
Maximiliano, el hombre que hace tres meses había jurado ser su dueño y su escudo, ahora sostenía a Perla con una fuerza que no era pasión, sino rabia contenida. Sus manos se hundían en la cintura de la chica fresa con una desesperación que buscaba, inútilmente, sustituir un fantasma por una muñeca de porcelana. Perla, por su parte, soltaba pequeños quejidos de triunfo, enredando sus dedos en el cabello de Max, saboreando la victoria que siempre había deseado.
María sintió que el hombro le latía al ritmo de su corazón roto. La herida física estaba sanando, pero ver a Maximiliano rebajarse a besar a una mujer que despreciaba solo por el afán de herirla a ella, era un veneno más letal que el plomo de los Soles.
Ella retrocedió un paso, y el roce de su vestido contra la pared atrajo la atención de Maximiliano.
Él se separó de Perla con una brusquedad que casi hace que la chica caiga al suelo. Max giró la cabeza, jadeando, con los labios rojos y la mirada extraviada. Sus ojos chocaron con los de María. Por un segundo, el tiempo se detuvo. En la mirada de Max hubo un destello de horror, una comprensión inmediata de que acababa de romper el único puente que aún los unía.
—¿María? —el nombre salió de sus labios como un ruego, pero ella ya no era la mujer que rogaba.
María no gritó. No lloró. En lugar de eso, enderezó la espalda y dejó que una sonrisa gélida y despectiva se dibujara en su rostro pálido. Se limpió una lágrima invisible con una elegancia que hizo que Perla se viera como una aficionada.
—Vaya, Maximiliano... —la voz de María era un siseo de seda negra—. Siempre supe que tenías gustos baratos, pero no sabía que te gustaba recoger la basura del suelo de la mansión.
—¡Oye! ¡No me hables así, tú...! —chilló Perla, acomodándose el vestido con indignación dramática.
María ni siquiera la miró. Sus ojos estaban fijos en Max, quien parecía estar a punto de derrumbarse o de empezar a matar a todos en la habitación.
—Disfruta de tu juguete, Veraldi —continuó María, dando media vuelta—. Después de todo, es lo único que puedes manejar. Un hombre pequeño necesita una mujer pequeña.
María caminó de regreso al salón principal, sintiendo la mirada de Maximiliano clavada en su espalda como una daga ardiente. Al llegar al umbral del gran salón, se detuvo para recomponer su máscara. Viktor Volkov, el gigante ruso de ojos de hielo, la estaba esperando con una copa de champagne en la mano.
Al verla llegar, Viktor notó la tensión en sus hombros y el brillo de furia en sus ojos. No preguntó. En el mundo de los Volkov, las preguntas eran debilidades; los actos eran lo único que contaba.
—¿Estás lista, moya radost (mi alegría)? —preguntó Viktor con su voz de barítono, ofreciéndole el brazo.
—Más que lista, Viktor —respondió ella, aferrándose a su brazo con una fuerza que hizo que sus uñas se clavaran en el traje del ruso—. Sácame a bailar. Quiero que todos vean exactamente lo que Maximiliano Veraldi acaba de perder.
Cuando entraron a la pista de baile, la orquesta comenzó a tocar un vals oscuro.
Maximiliano apareció en la entrada del salón segundos después, con la camisa desordenada y una mirada que prometía una carnicería. Vio a María en brazos del ruso, girando con una gracia letal, y supo que esa noche, el cristal no solo se había roto; se había convertido en polvo.
El vals llegó a su fin con una nota dramática que pareció cortar el aire del salón. Los invitados, la crema y nata de la mafia local, se quedaron en suspenso mientras las luces convergerían en el centro de la pista. Viktor Volkov, erguido como una torre de marfil y acero, no soltó la mano de María; la elevó con una posesión que hizo que los presentes contuvieran el aliento.
Maximiliano estaba de pie junto a la barra, con los nudillos blancos apretando una copa que amenazaba con estallar. Su mirada era una promesa de ejecución, pero Viktor ni siquiera se dignó a reconocer su existencia. El ruso hizo una señal a la orquesta para que guardara silencio y pidió un micrófono con la autoridad de quien no conoce la palabra "no".
—¡Damas y caballeros! —la voz de Viktor, profunda y con un marcado acento moscovita, retumbó en las paredes de mármol—. Esta noche celebramos el nacimiento de una reina. Pero las reinas no deben vivir en jaulas de cristal rodeadas de hombres que no saben valorar el fuego que tienen en las manos.
Un murmullo de indignación recorrió las filas de los Correa y los Veraldi. Marcos Correa dio un paso al frente, con el rostro encendido en furia, pero Viktor continuó, fijando su mirada directamente en Maximiliano.
—María Luiza ha tomado una decisión —anunció Viktor, mientras su brazo rodeaba la cintura de María con una firmeza territorial—. A partir de esta medianoche, ella deja de ser una pieza en su tablero de ajedrez. Se marcha conmigo a Moscú. Bajo la protección de los Volkov, ella tendrá el trono que este lugar le queda pequeño. Cualquier deuda, cualquier contrato o cualquier "pacto de sangre" que crean tener con ella... queda anulado por mi voluntad.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de la copa de Maximiliano estallando finalmente en su mano. La sangre de Max comenzó a gotear sobre el suelo, pero él no sintió el dolor físico; solo sentía el rugido de la traición en sus oídos.
—¡Tú no te la llevas a ningún lado, ruso de mierda! —rugió José Veraldi, desenfundando su arma con una rapidez asombrosa. En un segundo, cincuenta armas de los Correa y los Veraldi apuntaron a Viktor.
Sin embargo, los hombres de Volkov, infiltrados entre el servicio y los invitados, revelaron sus fusiles automáticos ocultos, creando un círculo de muerte alrededor de la pareja.
María Luiza miró a Maximiliano por encima del hombro de Viktor. No había arrepentimiento en sus ojos, solo una frialdad absoluta. Al ver a Max sangrando de la mano, recordó el beso con Perla y endureció su corazón.
—Es mi cumpleaños, ¿no? —dijo María, su voz amplificada por el micrófono que Viktor sostenía—. Y este es mi deseo: dejar este nido de ratas atrás. Adiós, Maximiliano. Espero que Perla sea todo lo que necesitas, porque yo soy demasiado mundo para un hombre que se conforma con tan poco.
Viktor sonrió, una mueca depredadora, y comenzó a caminar hacia la salida principal con María bajo su brazo, mientras sus hombres mantenían a raya a las dos familias más poderosas del país.
—Si alguien intenta detenernos —sentenció Viktor antes de cruzar el umbral—, consideren que la guerra con Rusia ha comenzado esta noche.
(dos dias despues)
Dos días después, la mansión Correa se sentía como un mausoleo. El silencio era tan pesado que las criadas caminaban de puntillas, temiendo que el menor ruido provocara el estallido final de Marcos. La ausencia de María Luiza no solo era un vacío familiar; era un agujero negro en el centro del poder de la mafia.
Marcos entró en el solárium privado de Luna, golpeando la puerta con una violencia que hizo temblar los cristales. Sus ojos estaban inyectados en sangre, producto de dos noches sin dormir y de haber agotado todas sus influencias intentando rastrear el avión de los Volkov.
—¡Dime la verdad, Luna! —rugió Marcos, tirando una lámpara al suelo—. ¡Esa niña no se fue por un capricho ruso! Se fue con un odio que no era suyo. ¡Tú le dijiste algo! ¿Por qué se fue con tanta facilidad? ¿Qué demonios le confesaste en ese jardín?
Luna Bianchelli permanecía sentada en un diván de terciopelo, con una calma que rayaba en lo espectral. No se inmutó por la violencia de su esposo. Simplemente tomó un sorbo de su copa de vino y señaló hacia el ventanal que daba a la ciudad.
—Ella no se fue huyendo de ti, Marcos —respondió Luna con voz gélida—. Se fue buscando lo que siempre le perteneció. Se fue porque finalmente entendió que esta casa nunca fue su hogar, sino su celda.
—¡Yo le di todo! —gritó él, acercándose peligrosamente—. ¡Le di mi apellido! ¡Le di el trono!
—Le diste una mentira —lo cortó Luna, poniéndose de pie—. Y las mentiras mueren cuando aparece la verdad. Si quieres respuestas, deja de gritarme a mí. Hay alguien que ha estado esperando este momento durante catorce años. Alguien que no necesita gritar para que el mundo tiemble.
Luna caminó hacia la puerta que conectaba con el penthouse privado de la mansión, una zona que Marcos rara vez visitaba. Al abrirla, el aire cambió. Ya no olía al tabaco caro de Marcos, sino a una fragancia metálica y antigua, como el ozono antes de un rayo.
Allí, sentado en el sillón de cuero frente al ventanal, de espaldas a la puerta, estaba un hombre de hombros anchos y cabello cano perfectamente peinado. Observaba las luces de la ciudad con la paciencia de un depredador que sabe que el bosque ya es suyo.
—Ha pasado mucho tiempo, Marcos —dijo el hombre. Su voz era una caricia de seda sobre una hoja de afeitar—. Gracias por cuidar de mi pequeña. Aunque debo decir... la educación que le diste fue un poco... rústica.
Marcos se quedó petrificado. El color desapareció de su rostro, dejando una máscara de cera amarillenta. Sus manos comenzaron a temblar, no de rabia, sino de un pánico instintivo que no había sentido en décadas.
El hombre giró lentamente el sillón. Alessandro Valerius apareció ante ellos con una calma fría y calculada. En sus manos sostenía una fotografía de María de niña, la misma que Luna guardaba en secreto. Sus ojos eran los mismos de María: oscuros, inteligentes y carentes de cualquier rastro de piedad.
—¿Valerius? —balbuceó Marcos, retrocediendo un paso—. Tú... tú estabas muerto. José Veraldi te quemó vivo...
—José siempre fue un hombre de poca imaginación —respondió Alessandro, poniéndose de pie con una elegancia letal—. Creyó que el fuego acaba con todo, sin saber que hay cosas que solo se fortalecen en las llamas. Como mi hija. Como yo.
Alessandro caminó hacia la mesa donde descansaba una botella de whisky de tres mil dólares. Se sirvió una copa sin mirar a Marcos.
—María no está en Rusia porque ame a ese Volkov —continuó Alessandro, mirando a Marcos con un desprecio absoluto—. Está allí porque yo se lo ordené. Necesitaba que saliera de tu alcance y del de los Veraldi para que pudiera encontrarse con su verdadera herencia. Ahora que ella sabe quién es, la guerra que tú y José tanto temían... acaba de comenzar.
(en moscú)
Maria:
El frío de Moscú no se siente en la piel; se siente en los huesos, como si el aire mismo intentara recordarte que aquí la debilidad se castiga con la muerte.
El jet privado de los Volkov aterrizó en una pista privada cubierta por una fina capa de escarcha. Al bajar por la escalinata, el viento siberiano me golpeó el rostro, pero no me estremecí. Después de los gritos de Maximiliano y el sabor amargo de su traición con Perla, mi corazón se había vuelto de un material mucho más resistente que el hielo ruso.
Viktor bajó detrás de mí y, con un gesto posesivo, colocó sobre mis hombros un abrigo de piel de marta tan pesado que casi me obliga a doblar las rodillas.
—Bienvenida a casa, María Luiza —murmuró en mi oído. Su aliento formó una nube de vapor en el aire gélido—. Aquí no eres una moneda de cambio. Aquí eres la pieza que completa mi ejército.
Caminamos hacia una flota de todoterrenos negros blindados que nos esperaban con los motores en marcha, rugiendo como bestias hambrientas. La opulencia de Moscú es diferente a la de mi ciudad; no es dorada y brillante, es de acero, mármol gris y sangre vieja.
Durante el trayecto hacia la fortaleza de los Volkov, miré por la ventanilla las luces de la Plaza Roja. Mi mente, sin embargo, seguía atrapada en aquel baño, viendo a Max hundir sus manos en la cintura de esa estúpida. Una parte de mí quería llorar, pero la sangre de Alessandro Valerius que ahora sabía que corría por mis venas me lo impedía. Las Valerius no lloran; ellas calculan.
Llegamos a una mansión que parecía más un búnker de cristal y piedra que una casa. Al entrar, el calor de las chimeneas gigantes me recibió, pero el ambiente era de una disciplina militar. Los hombres de Viktor se cuadraban al vernos pasar, bajando la cabeza con un respeto que nunca vi en los guardias de mi "padre" Marcos.
Viktor me llevó hasta un despacho de paredes revestidas de madera oscura. Sobre el escritorio, había un sobre lacrado con un sello que me hizo detenerme en seco: un fénix renaciendo de sus cenizas. El sello de los Valerius.
—Tu padre envió esto hace una hora —dijo Viktor, sirviéndose un vodka transparente como el agua—. Dice que tu entrenamiento comienza mañana. No has venido a Moscú para esconderte, María. Has venido para convertirte en el arma que regresará a destruir a los Veraldi.
Tomé el sobre con la mano que aún conservaba la cicatriz de la batalla en la montaña. Lo abrí con dedos firmes. Adentro había una sola frase escrita con una caligrafía impecable:
"La paciencia es la virtud de los reyes; la venganza es el derecho de los Valerius. Prepárate, hija mía. El mundo pronto sabrá que el fuego no nos mató."
Me acerqué al gran ventanal que mostraba la nieve cayendo sobre la ciudad. En el reflejo del cristal, ya no vi a la niña que buscaba la aprobación de Marcos o el amor de Maximiliano. Vi a una mujer con los ojos inyectados en una furia fría y estratégica.
—Viktor —dije sin darme la vuelta, mi voz sonando más grave, más parecida a la de mi verdadero padre—. Dile a los instructores que no tengan piedad conmigo. Quiero que me enseñen a matar de mil formas diferentes. Porque cuando regrese, no voy a dejar ni una sola piedra en pie de la mansión Veraldi.
Maximiliano creía que me había roto. No sabía que solo me había quitado el lastre que me impedía ser un monstruo.