Joana había aprendido a vivir sin esperar nada. Cerró puertas, apagó deseos y se acostumbró a la calma de un silencio elegido… o impuesto.Hasta que alguien irrumpió en su vida.Un hombre más jóven, con miradas que encendieron lo que ella creía, con un deseo tan puro como peligroso. Lo que empezó como un juego imposible pronto se volvió una verdad innegable: el amor no entiende de edades, ni de juicios, ni de prohibiciones. Esta antología es un viaje hacia lo inesperado, un homenaje a los amores que llegan tarde… o demasiado pronto. Porque a veces lo prohibido no es un error. Es el único acierto capaz de cambiarlo todo.
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Un buen argumento
—¿Te molesta si me siento? —dijo él, inclinándose apenas sobre la mesa del café.
Joana apretó la taza entre sus manos, sintiendo el calor del borde cerámico.
—Sí, Marco. Me molesta.
Él arqueó una ceja, sin perder esa sonrisa que parecía ser su mejor argumento de defensa.
—Entonces me sentaré igual. No me ofendo fácilmente, y menos ante una contraparte tan brillante.
Y lo hizo; tomó la silla frente a ella y se acomodó con una calma que a Joana le pareció irritante y magnética a la vez. Ella resopló, resignada, y bajó la mirada al café, como si en la espuma pudiera encontrar la jurisprudencia necesaria para sacarlo de su espacio personal.
—¿Por qué parece que huyes de mí? —preguntó él, inclinándose hacia adelante, sus ojos fijos en ella—. No estamos en el juzgado, Joana. Aquí no hay protocolo que valga.
—Yo no estoy huyendo de nadie. Usted y yo somos colegas de bufete, nada más. —Su tono fue seco, el mismo que usaba para cerrar un trato desfavorable.
—Colegas… —repitió él, saboreando la palabra como si fuera una ley ambigua—. Y sin embargo, me rehúyes como si te diera miedo que ganara este caso.
—No me da miedo, Marco. —Le sostuvo la mirada con firmeza, aunque sintió un estremecimiento recorrerle la espalda—. Es solo que no quiero confusiones profesionales ni personales.
Él sonrió con picardía.
—El problema es que ya estás confundida. Y no tienes por qué fingir lo contrario ante mí.
Joana lo miró con incredulidad. ¿De dónde sacaba tanta seguridad un asociado recién llegado? Decidió contraatacar con la lógica.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó de golpe, tuteándolo por primera vez para romper la barrera del respeto formal.
Marco rió suavemente, disfrutando del cambio de tono.
—Veintitrés.
Joana dejó escapar un suspiro incrédulo.
—Veintitrés… ¿Sabes cuántos años tengo yo? —continuó, dispuesta a dictar sentencia—. Treinta y seis.
—Mmmm... —dijo él mientras fingía reflexionar—. Buen número, me gusta. Tiene la madurez exacta que me atrae.
—¡Tú sí que estás mal, niño! —replicó Joana, incrédula mientras negaba con la cabeza. Ella ya sabía la edad del muchacho, pero solamente quería hacele ver la diferencia.
—¿Por qué? La edad es solo un dato en un expediente, Joana. Lo que importa es la conexión. —Se inclinó un poco más, bajando la voz hasta un susurro nítido—. Te puedo asegurar que este "niño" puede hacerte sentir cosas que ningún hombre de tu edad se atrevería siquiera a proponer...
Ella abrió los labios, pero la réplica se quedó atascada en su garganta. Su respiración se aceleró, traicionándola frente a su subordinado.
—¿Sabes qué, Marco? Esto no va a ninguna parte —dijo ella finalmente, levantándose con decisión y tomando su maletín.
—Claro que va a alguna parte. Va a donde tú decidas llevarlo —respondió él, viéndola marcharse con esa mirada obstinada que la persiguió hasta la salida del café.
El día siguiente, por suerte, Marco no apareció en toda la mañana por su despacho. Aunque Joana se sentía aliviada de no tener que lidiar con su intensidad, muy dentro de su ser algo estaba inquieto, como si le faltara el estímulo que la mantenía alerta.
Al final de la jornada, Joana cerraba los últimos correos electrónicos, consciente de que la ciudad ya se iluminaba bajo el cielo nocturno. Sus tacones resonaban sobre el suelo de mármol del bufete mientras guardaba sus informes. Vestida con su blusa de seda marfil y su falda lápiz gris oscuro, se sentía blindada, lista para regresar a la soledad de su casa.
Al entrar en el ascensor, pulsó el botón del lobby. Pero antes de que la puerta se cerrara, Marco apareció, deteniéndola con la mano.
—¡Joana! —dijo, entrando con esa energía que parecía acortar el aire de la cabina.
—Marco… pensé que ya te habías ido —dijo ella, forzando una voz firme.
—No podía irme sin verte, aunque fuera unos segundos —respondió él, colocándose a su lado.
El ascensor comenzó a descender, pero de repente, un estremecimiento sacudió la cabina. Se detuvo en seco y las luces parpadearon antes de quedar en una penumbra intermitente. El silencio fue absoluto.
—Parece que estamos… atrapados —dijo Marco con voz baja—. Por suerte, estoy con la mejor abogada de la ciudad para negociar nuestra salida.
Joana tragó saliva. En la penumbra, Marco se aproximó. No la tocó, pero su cercanía era abrumadora. Se inclinó hacia su oído, dejando que su perfume cálido la envolviera.
—¿Sabes algo, Joana? —susurró, y su voz bajó hasta un tono íntimo—. No puedo dejar de imaginar cómo sería sentir tu piel, rozar ese cuello que mantienes tan rígido, deshacer ese moño perfecto...
El calor subió por el pecho de Joana. Intentó dar un paso atrás, pero la pared del ascensor la detuvo. Marco estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.
—Marco… esto no está bien… —susurró ella, aunque su cuerpo no retrocedía.
—No sé qué está bien o mal cuando te tengo así de cerca —replicó él, su mano rozando la barandilla metálica justo al lado del brazo de ella—. Solo sé que quiero que dejes de ignorar esta tensión. Siéntelo, Joana. Aquí y ahora, no hay leyes, solo nosotros.
El motor se reinició finalmente y las luces se encendieron. Marco se retiró un paso, recuperando la distancia profesional con una sonrisa juguetona mientras las puertas se abrían en el lobby.
—Esto… no puede repetirse —dijo Joana con la voz temblorosa al salir.
—Quizá —respondió él—. Pero no dejaré que se apague. Recuérdame esta noche.
Esa noche, Joana permaneció en su sala, en silencio. Cada susurro de Marco en el ascensor resonaba en su mente como una declaración de guerra contra su autocontrol. El deseo había vuelto, y aunque su mente de abogada buscaba pruebas para desestimarlo, su cuerpo ya había dictado su propio veredicto.