Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.
En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.
Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...
Novela extensa...
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El Destino Comienza...
...10...
El rugido de la Harley rompió la quietud de la madrugada, un león metálico despertando a la ciudad dormida. Luke, envuelto en el aire fresco y cortante de la mañana, sintió la vibración del motor bajo él, una conexión visceral con la máquina que era su billete de salida de la precariedad. Las calles aún somnolientas se desplegaban ante él, un laberinto de asfalto y promesas. Siguió las indicaciones de James, el nombre de las avenidas y calles grabándose en su memoria, hasta que finalmente, la silueta imponente de la mansión se alzó ante él.
Era un coloso de concreto y cristal, protegido por rejas de hierro forjado que parecían desafiar la entrada de cualquiera que no fuera invitado. Las cámaras, como ojos vigilantes, escudriñaban cada rincón, sin dejar puntos ciegos. En una caseta de seguridad, dos hombres corpulentos, con la dureza grabada en el rostro y la frialdad del acero en sus miradas, montaban guardia.
Luke se detuvo frente a las rejas, el rugido del motor de la Harley apagándose con un último suspiro. El silencio que siguió fue denso, cargado de expectativas.
—¿Qué es lo que se te ofrece? —preguntó uno de los guardias, su voz suave pero con un filo de acero.
—Vine a ver a Alex Dutton —respondió Luke, su voz firme, desprovista de cualquier rastro de vacilación.
—¿Por qué motivo? —insistió el guardia, su mirada escrutadora.
—Por el empleo de guardaespaldas.
El guardia tomó su radio, su voz resonando en el aire matutino. Luke escuchó fragmentos de una conversación, una voz más profunda, más autoritaria, que emanaba del otro lado.
—Bien —dijo el guardia, su tono ahora más relajado—. Alex dice que te deje entrar.
Las rejas se abrieron con un suave crujido, como si le dieran la bienvenida. Otro guardia le indicó un camino secundario, un sendero discreto que bordeaba la mansión, llevándolo hacia la parte trasera. Luke obedeció, su instinto guiándolo a través de los intrincados caminos de aquella fortaleza.
La mansión se desplegaba ante él, un laberinto de elegancia y seguridad impenetrable. El interior, al que accedió a través de una puerta de servicio, era un contraste abrumador con el exterior. Mármol pulido, obras de arte de valor incalculable, una decoración que gritaba riqueza y poder. Pero Luke no se dejaba deslumbrar. Sus ojos escaneaban cada detalle, cada posible punto vulnerable, cada medida de seguridad. Las cámaras discretas, los sensores de movimiento, la presencia de personal de seguridad que se movía con una eficiencia silenciosa, todo era analizado y catalogado en su mente.
Finalmente, llegó a una oficina espaciosa, dominada por un escritorio de caoba maciza. Sentado detrás de él, un hombre de mediana edad, con el cabello canoso peinado hacia atrás y una mirada penetrante, lo esperaba. Era Alex Dutton.
—Luke Easton, supongo —dijo Alex, su voz calmada pero firme—. Siéntate, por favor.
Luke se sentó en la silla frente a él, su postura erguida, su mirada fija.
—James me habló de ti —continuó Alex, sus ojos escrutando a Luke—. Dijo que eres un tipo… confiable. Pero me gustaría escucharlo de ti. ¿Cuánto tiempo sirvió en el ejército?
—Seis años —respondió Luke, su voz directa y honesta—. Cinco de ellos en operaciones especiales.
Alex asintió lentamente, haciendo una anotación en un bloc de notas.
—¿Experiencia en seguridad privada?
Aquí, Luke tuvo que hacer una pausa. La verdad era un arma de doble filo.
—Solo he tenido una experiencia formal en seguridad privada —dijo, su mirada fija en la de Alex—. Fue mi última misión antes de retirarme. Fui asignado a la protección de un… individuo de alto perfil. Fue un encargo delicado.
Alex arqueó una ceja, pero no interrumpió. Observaba a Luke, absorbiendo cada palabra, cada gesto.
—¿Y por qué dejaste ese trabajo? —preguntó Alex, su tono volviéndose más incisivo.
Luke respiró hondo, la verdad asomando con cautela.
—Las circunstancias cambiaron. Y yo también. Buscaba algo más… estable. Algo que me permitiera… reconectar conmigo mismo.
Alex se recostó en su silla, una leve sonrisa jugando en sus labios. Parecía satisfecho.
—Entiendo.
Se levantó y rodeó el escritorio, indicándole a Luke que lo siguiera.
—Ven, te mostraré la propiedad. Quiero que veas con tus propios ojos el nivel de seguridad que manejamos aquí. No es para novatos, Easton. Requiere discreción, inteligencia y, sobre todo, una lealtad inquebrantable.
Mientras caminaban por los pasillos de la mansión, Luke no podía dejar de notar los detalles. Las cámaras de seguridad, los sensores de movimiento, los guardias que se movían con una discreción casi fantasmal. Cada rincón, cada acceso, estaba meticulosamente vigilado. Era un sistema de seguridad de última generación, diseñado para proteger a su ocupante de cualquier amenaza, visible o invisible.
—Como ves —dijo Alex, su voz resonando en los lujosos pasillos—, no escatimamos en gastos cuando se trata de seguridad. La vida de la familia, es lo más importante. Y necesito a alguien en quien pueda confiar plenamente. Alguien que esté dispuesto a ir más allá.
Luke escuchaba atentamente, absorbiendo cada palabra, cada detalle. La mansión era un microcosmos de la vida de Alex Dutton, un reflejo de su poder, su riqueza y su vulnerabilidad. Y Luke, el ex soldado, el mecánico resurgido, sentía que había encontrado, quizás, el siguiente capítulo de su propia historia. Un capítulo lleno de peligros, sí, pero también de propósito. Y esa era una promesa que sabía cumplir.
El sol ya comenzaba a calentar los salones de la mansión cuando Alex Dutton se detuvo en medio de un pasillo de mármol blanco, sus pasos resonando como un compás de autoridad. Se giró hacia Luke, sus ojos cargados de la seriedad que exigía el cargo.
—Deja que te explique la estructura aquí, Easton —comenzó, su voz resonando con claridad—. Contamos con cuarenta y dos empleados en total: servicio doméstico, jardinería, mantenimiento. De ellos, ocho forman el equipo de seguridad fijo de la propiedad. Tres guardaespaldas permanentes, más los que contratamos para eventos específicos. Tenemos tres vehículos blindados de última generación —un SUV armado, un sedán ejecutivo reforzado y un vehículo todoterreno adaptado para operaciones de alto riesgo—. Cada uno con comunicación cifrada, sistemas de contraataque y rutas de escape preestablecidas para cualquier escenario posible.
Luke escuchaba en silencio, sus ojos registrando cada detalle, cada palabra como si fuera un informe de inteligencia. La organización era impecable, la planificación exhaustiva.
—Y el empleo es tuyo, Easton —dijo Alex de repente, cortando la explicación con una decisión tajante.
Luke frunció levemente el ceño, la sorpresa cruzando su rostro por un instante.
—¿Tan rápido? No he pasado ninguna prueba, ni realizado ningún examen…
Alex soltó una risa seca, casi imperceptible.
—James me habló de ti. Pero más allá de eso… —se inclinó ligeramente hacia adelante, su mirada penetrante—. Te veo de confiar, Easton. Tienes esa mirada de hombre que ha visto lo peor y aún así se mantiene en pie. Cumples el perfil perfecto: discreto, capacitado, sin lazos que puedan ser usados en tu contra. Eso es más valioso que cualquier certificado.
En ese momento, un rumor en el pasillo anunció la llegada de alguien importante. Un hombre de avanzada edad, pero con la estatura y la presencia de un líder nato, apareció en la entrada del salón. Su rostro, curtido por los años y los negocios, reflejaba una autoridad innata. Era Matthew Montgomery, el amo de la mansión.
—Alex —dijo el anciano, su voz profunda y resonante—. ¿Quién es nuestro invitado?
—Señor Montgomery —respondió Alex, inclinándose levemente en señal de respeto—. Este es Luke Easton. El nuevo guardaespaldas que necesitábamos.
Luke se levantó de inmediato, extendiendo la mano con firmeza. Matthew la estrechó, su apretón fuerte, evaluador. Sus ojos, grises y penetrantes, lo escrutaron de arriba abajo como si pudiera leer su alma.
—Bienvenido, Easton —dijo finalmente, una leve sonrisa curvando sus labios—. James me habló maravillas de ti. Dice que eres un hombre de palabra. Eso es lo que más valoro.
—Muchas gracias, señor —respondió Luke, su voz seria, respetuosa.
—Alex me informó de tu servicio militar —continuó Montgomery, paseando por el salón como si fuera el amo de un imperio—. Operaciones especiales… no es un camino fácil. Supongo que sabes lo que significa proteger a alguien.
—Sí, señor —confirmó Luke.
—Bueno —dijo Montgomery, volviéndose hacia Alex—. Muéstrale la instalación, prepáralo para que comience mañana mismo. Necesitamos que esté listo cuanto antes.
Con una última mirada intuitiva hacia Luke, el anciano se retiró, sus pasos resonando con la solemnidad de su cargo.
—Vamos, Easton —dijo Alex, indicándole el camino—. Hay mucho por mostrarte.
Recorrieron pasillos que parecían nunca terminar, cruzarón jardines meticulosamente cuidados y llegaron a una estructura independiente en la parte más alejada de la mansión: una pequeña casa de seguridad, robusta y discreta. Al entrar, el ambiente cambió drásticamente. Hombres en trajes negros y camisas blancas se movían con eficiencia, sus manos ocupadas en equipos de comunicación, monitores de seguridad y planos de la propiedad.
—Aquí es donde operamos —explicó Alex—. Y donde te hospedarás. Tienes una habitación individual al fondo: cama, televisión, pequeño sofá, mesa de trabajo y un baño completo. No es el Ritz, pero es funcional y seguro.
Luke recorrió la habitación con la mirada. Era modesta, pero cómoda. Un refugio dentro de la fortaleza.
—Mañana vendrán los sastres para tomar tus medidas —continuó Alex—. Necesitamos trajes a medida, tanto formales como tácticos. En cuanto a armamento… tendrás acceso a lo necesario: pistola compacta con balas de goma y letales, sistema de comunicación integrado, gafas con visión nocturna y herramientas de desactivación. Todo registrado y autorizado, claro está.
Alex se disponía a retirarse cuando Luke lo detuvo con una pregunta.
—Alex… ¿cuándo podré conocer a la persona que protegeré?
Alex se detuvo en la puerta, volviéndose hacia él con una sonrisa que mezclaba ironía y anticipación.
—No te preocupes, Easton —dijo, soltando una breve carcajada—. Lo conocerás pronto. Solo te diré que no será un hombre. Serás el guardaespaldas asignado a la nieta del señor Montgomery… a Ophelia Montgomery.
Con esas palabras, se retiró, dejando a Luke con la pregunta suspendida en el aire, la incógnita de quién sería esa mujer cargando sobre sus hombros como un peso prometedor y peligroso a la vez.