Un error de una sola noche. Un contrato de nueve meses. Un bebé que lo cambia todo.
Olivia Reyes acaba de conseguir el trabajo de sus sueños como secretaria del poderoso Rodrigo Maxton, cuando una noche terrible le arrebata el control de su vida... y la deja embarazada de Bruno Aldama, el CEO más arrogante, frío y mujeriego de la ciudad.
Él no quiere un hijo. Ella no quiere verlo nunca más. Pero la familia Aldama exige que el bebé lleve su apellido, y la única salida es un matrimonio por contrato: cláusulas estrictas, cero contacto físico y una fecha de caducidad marcada por el nacimiento del niño.
Lo que ninguno de los dos previó es que vivir bajo el mismo techo, entre antojos de medianoche, celos mal disimulados y una suegra que adora a su nuera, pondría a prueba cada regla. Y cuando el pasado de Bruno regrese en forma de una mujer decidida a recuperarlo, Olivia tendrá que decidir si ese hombre que dice no sentir nada está dispuesto a perderlo todo por ella... y por el pequeño CEO que viene en camino.
¿Qué pasa cuando el contrato termina, pero el corazón apenas empieza a firmar?
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Capítulo 17
Verla como a una hermana
Al llegar a la oficina, Olivia empezó su trabajo de siempre.
—Agrega a mi agenda un almuerzo con Selena —dijo Rodrigo mientras ella le leía el programa del día.
—Sí, señor. ¿Quiere que reserve mesa? —Lo miró un instante antes de volver a la pantalla de su tableta.
—No hace falta, Selena la reservará.
—De acuerdo. —Asintió, entendiendo—. Con su permiso. —Dio por terminada la lectura de la agenda y volvió a su escritorio.
—Olivia —la llamó Rodrigo. Ella se detuvo y se giró hacia él—. Ya pedí tu comida para hoy. —Lo dijo con voz plana.
Olivia se quedó pasmada. No sabía si alegrarse o sentir lástima. En casa, Bruno se terminaba su comida sin importarle el bebé. Aquí, en cambio, había un hombre atento a ella: le conseguía comida y se aseguraba de que fuera sana para el bebé.
—Gracias, señor. —Le tembló un poco la voz; algo se le revolvía por dentro.
—De nada.
Olivia notó su respuesta inexpresiva. Como siempre, era imposible leerlo.
Volvió a su escritorio y siguió ordenando la agenda de Rodrigo. Vio que la semana siguiente tenía programada una visita a una obra inmobiliaria fuera de la ciudad.
Se quedó pensando que, en el mes que llevaba trabajando para él, era la primera vez que veía un viaje así en su agenda.
Estaba en eso cuando sonó el teléfono de su escritorio. Al contestar, oyó la voz fría de Rodrigo, que daba una orden.
Fue enseguida a su oficina. Tocó la puerta y entró.
—Busca los documentos de Grupo Aldama. Mañana tenemos una reunión con ellos.
Antes de que Olivia preguntara para qué la había llamado, él ya le había dado la instrucción.
Fue hacia el gran librero junto al escritorio de Rodrigo.
Recorrió con la vista los estantes, ordenados y repletos de carpetas. Había muchísimas, así que tuvo que fijarse bien para encontrar el expediente que le pedían.
Por fin lo encontró. Pero estaba un poco alto, y tendría que esforzarse para alcanzarlo.
Miró alrededor en busca de algo que la ayudara a bajar el expediente del estante más alto. Y de pronto vio un banquito escalera en una esquina de la oficina.
Lo arrastró hasta el librero. Cuando se aseguró de que quedaba justo frente a los documentos, subió.
Lo tengo, pensó al alcanzar la carpeta.
Pero la carpeta pesaba bastante, y con ella en la mano perdió el equilibrio. En cuestión de segundos se cayó de la escalera.
Todo fue tan rápido que no pudo esquivarlo. Cerró los ojos, esperando el dolor. El corazón le gritó: estaba embarazada y se caía. Ni imaginaba qué le pasaría.
Pero, contra todo pronóstico, Rodrigo la atrapó con rapidez.
Él estaba concentrado en su laptop cuando oyó el ruido de algo arrastrándose. Al voltear, vio a Olivia jalando el banquito.
Sus ojos se endurecieron al ver lo que hacía. Se levantó con la intención de ir a reemplazarla, pero antes de que llegara, ella ya estaba en la escalera.
Y, sin que lo esperara, Olivia se cayó mientras sacaba la carpeta. Se movió por reflejo para recibirla.
Por suerte, calculó bien, y ella cayó en sus brazos.
—¡¿No puedes pedir ayuda?! —El grito, cargado de furia, retumbó en la oficina.
Olivia abrió despacio los ojos, que tenía cerrados, al sentir unos brazos firmes sosteniéndola y oír aquella voz furiosa.
Esa mirada afilada, que siempre evitaba, estaba ahora justo frente a la suya. Pero esta vez los ojos azules brillaban de rabia.
Su respiración seguía agitada y el corazón le latía desbocado. Había aceptado lo que viniera, y de pronto se sentía afortunada de que un ángel de ojos azules la hubiera salvado.
Enseguida se obligó a reaccionar. Se enderezó y se soltó de Rodrigo.
—Perdón, señor. —No supo decir otra cosa.
—Siéntate —dijo él, guiándola hacia el sofá de la oficina.
La mano de Rodrigo, apoyada en su hombro, la hizo voltear a mirar esa mano firme.
Ella, que ya había conocido el tacto de Bruno, sintió este de otra manera. Era un tacto que protegía y que le tranquilizaba el ánimo.
No apartó la vista de esa mano en su hombro hasta que él la retiró para ayudarla a sentarse. Solo entonces dejó de mirar.
Rodrigo fue hasta su escritorio por algo de beber. Se quedó quieto un instante al ver el vaso sobre la mesa, pero enseguida lo tomó.
—Toma, pero es lo que me sobró —dijo, tendiéndole el vaso—. Si prefieres, voy primero a traerte uno nuevo de la cocineta. —Le incomodaba darle agua que ya había usado, y por eso se lo ofreció.
—No, señor. Con este está bien. —Lo recibió de inmediato. Ni ella sabía qué la empujaba a aceptarlo; solo pensó que no podía pedirle al CEO de la empresa que le sirviera agua.
Él asintió y le entregó el vaso.
Al ver el vaso a medio llenar, estuvo segura de que él ya había bebido de ahí. Con el corazón todavía acelerado, terminó bebiéndolo.
Era agua común y corriente. Pero le supo distinto, pensando que quizá los labios de Rodrigo habían tocado el borde antes que los suyos. Digamos que fue un beso indirecto.
—Odio trabajar con embarazadas. Siento que tengo que cuidarla entre una tarea y otra —gruñó Rodrigo, sentándose en el sofá.
Olivia, que aún bebía, vio su rostro a través del vaso. Un rostro lleno de fastidio y de preocupación.
—¿Eso significa que me va a despedir? —preguntó con inocencia, dejando el vaso en la mesa. Se había tomado hasta la última gota.
Al ver su cara ingenua, las comisuras de los labios de Rodrigo se alzaron apenas, esbozando una sonrisa. Era tan leve que ella seguro no la notó.
—Lo haría, si tuviera esa opción. Por desgracia, no la tengo. —Parecía resignado a mantenerla en el puesto, porque la razón por la que ella trabajaba era comprensible.
—Entonces, ¿no me va a despedir? —quiso confirmar.
—No —dijo él—. Siempre y cuando sepas cuidarte —añadió.
—Sí, señor. Le prometo que me cuidaré. —Sonrió, y sintió un gran alivio al saber que aún tenía oportunidad de trabajar.
La hermana de Selena debería ser Olivia, no Bruno, pensó Rodrigo. En ella veía a Selena; con Bruno, en cambio, pasaba todo lo contrario.
Todos los días Selena le pedía que cuidara de Olivia, porque Bruno jamás se preocuparía por ella. Al principio se negó. Pero luego pensó que, si Selena podía considerarla su hermana, él también.
—Cuando te sientas mejor, recoge los documentos que quedaron regados. —Su voz había vuelto a ser fría. Se levantó y regresó a su escritorio, dejándola en el sofá.
Al ver que ya estaba de vuelta en su lugar, Olivia fue a juntar la carpeta que había caído junto al librero.
Se agachó a recoger los papeles del suelo y su mirada se detuvo un instante en la escalera. No sabía qué sentimiento se le agitaba por dentro, pero se esforzó por convencerse de que lo que Rodrigo había hecho era solo por humanidad.