Candelaria Echeverría nunca imaginó que un embarazo que no logra explicar, una familia que le da la espalda y un hombre al que apenas comprende terminarían convirtiendo su vida en un escándalo.
León Salvatierra sabe lo que es estar en la cima y perderlo todo. Lo que no esperaba era terminar casado con una mujer que preferiría verlo arder antes que compartir su apellido.
Ella quiere el divorcio. Él asegura que nunca tuvo una verdadera oportunidad de ser su marido.
Pero el juez tiene otros planes: un año más de matrimonio bajo condiciones que no admiten escapatoria. Una sola habitación, una sola cama y una convivencia real antes de decidir su futuro.
Doce meses para descubrir si están condenados a odiarse o si su matrimonio esconde algo que ninguno se atreve a admitir.
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UNA FIESTA
...CANDELARIA ECHEVERRÍA...
Cené con Valeria, aunque apenas probé la comida. Mi amiga intentó distraerme hablando de cosas sin importancia, pero ninguna de las dos consiguió fingir que todo estaba bien. La noticia seguía pesando entre nosotras, y por más que intentáramos encontrar una explicación, terminábamos regresando al mismo punto.
Estaba embarazada.
Después de cenar, decidí regresar a casa de mis padres. No tenía ganas de enfrentarme a ellos, pero tampoco podía quedarme eternamente en casa de Valeria. Necesitaba descansar y, aunque sabía que aquella noche difícilmente conseguiría hacerlo, al menos quería estar en mi habitación.
Me despedí de mi amiga con un abrazo y le prometí que hablaríamos al día siguiente. Ella insistió en que podía quedarme con ella cuanto tiempo necesitara, algo que agradecí más de lo que fui capaz de expresar.
Cuando llegué a casa, todo estaba en silencio. Subí las escaleras procurando no encontrarme con mis padres y entré en mi habitación, cerrando la puerta detrás de mí.
Me quedé quieta durante unos segundos, contemplando aquel espacio que conocía de memoria. Mi cama, el escritorio lleno de apuntes, los libros de la universidad y la ropa que había dejado ordenada antes de salir. Todo estaba exactamente como lo había dejado, como si mi vida no hubiera cambiado de repente.
Me quité los zapatos y me senté en el borde de la cama. No podía creerlo.
Me tumbé e intenté dormir, pero las palabras de la doctora comenzaron a dar vueltas en mi cabeza una vez más. Estaba embarazada. No había ninguna duda al respecto. El problema era que yo no entendía cómo podía haber sucedido.
Me giré hacia un lado, después hacia el otro y, finalmente, terminé incorporándome con un suspiro de frustración.
Tenía que haber algo que se me estuviera escapando.
Cerré los ojos y repasé mentalmente los últimos tres años de mi vida. Estaba segura de lo que había hecho cada noche, de los lugares en los que había estado y de las personas con las que me había relacionado. Mi rutina era agotadora, pero también bastante predecible. Universidad, trabajo, casa. De vez en cuando salía con Valeria, aunque nunca hacía nada que pudiera explicar lo que estaba sucediendo.
Lo sabía todo. O, al menos, eso creía.
Había una única parte de mi pasado que no recordaba con claridad: la noche en que había perdido la virginidad, cuando tenía dieciocho años. Ni siquiera podía recordar con quién había estado. Sin embargo, habían pasado tres años desde entonces y estaba convencida de que aquello no tenía nada que ver con mi supuesto embarazo.
No había vuelto a acostarme con nadie. Estaba segura.
Entonces, un recuerdo apareció en mi mente.
Dos meses atrás, había pasado la noche en el apartamento de Valeria. Mi amiga me había invitado a quedarme porque al día siguiente no teníamos que madrugar y, como siempre, terminó convenciéndome de que necesitaba salir un poco de mi rutina.
Yo había preferido quedarme en casa, pero ella insistió hasta que consiguió que la acompañara a una fiesta.
Recordaba haberme arreglado en su apartamento, haberla escuchado hablar emocionada sobre el lugar al que iríamos y haberme quejado de que necesitaba dormir más de lo que necesitaba bailar. También recordaba haber llegado a la fiesta.
Después, todo se volvía confuso.
Había despertado a la mañana siguiente en una habitación que no reconocía, completamente vestida y con un dolor de cabeza espantoso. Tenía la boca seca y la desagradable sensación de haber bebido muchísimo más de lo que acostumbraba.
Lo extraño era que no recordaba haber bebido tanto.
Tampoco sabía cómo había llegado a aquella habitación ni cuánto tiempo había permanecido allí. Lo único que tenía claro era que estaba sola. No había nadie a mi lado, ni en el baño ni en ningún otro rincón del lugar.
Me había incorporado, había buscado mis cosas y había salido de allí sin encontrar a nadie que pudiera explicarme qué había ocurrido.
En aquel momento, mi principal preocupación había sido la resaca. Valeria se había burlado de mí cuando finalmente conseguí regresar a su apartamento, y yo había terminado quejándome de que nunca volvería a acompañarla a una fiesta.
Después, la vida había continuado con normalidad... hasta ahora.
Me senté de golpe en la cama.
¿Y si aquella noche tenía algo que ver con mi embarazo?
La pregunta me provocó un escalofrío. No quería sacar conclusiones precipitadas, pero tampoco podía ignorar que había un vacío en mis recuerdos. Una noche de la que apenas conservaba imágenes y en la que había despertado sin saber cómo había llegado a una habitación desconocida.
Me abracé a mí misma, intentando ordenar mis pensamientos.
No recordaba haber estado con ningún hombre. No recordaba haber salido de aquella habitación acompañada ni haber despertado junto a alguien. Pero tampoco podía explicar qué había sucedido durante las horas que faltaban en mi memoria.
Tomé el teléfono de la mesita de noche y miré la hora. Era demasiado tarde para llamar a Valeria, aunque las ganas de hacerlo me resultaban casi insoportables.
Necesitaba preguntarle si recordaba cómo había terminado aquella fiesta. Si me había visto marcharme con alguien. Si sabía algo que yo hubiera olvidado.
Porque, de pronto, aquella noche que había considerado una simple anécdota vergonzosa se había convertido en la única pista que tenía.
Dejé el teléfono a un lado y volví a acostarme, aunque sabía que no conseguiría dormir.
Las palabras de la doctora seguían resonando en mi cabeza y, por primera vez desde que había conocido el resultado de la prueba, una idea distinta comenzó a abrirse paso entre todas mis preguntas.
Quizá no estaba tan segura de conocer cada detalle de mi vida como había creído.
Y necesitaba averiguar qué había ocurrido aquella noche.
ya sabe la verdad y sigue de necia
y todavía tiene el descaro de culpar a León
espero que ahora que sabe por lo menos una disculpa a un León ya dejó claro que entiende su actitud de ella