«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».
Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.
Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.
El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.
Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.
Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.
Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.
Porque ella no fue creada para salvar el mundo.
Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.
Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.
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La voz detrás del sello
La primera regla de Kaelith Nocthar era sencilla: nunca abriría una puerta sin saber qué podía estar esperando al otro lado.
La segunda era mucho más difícil de cumplir: jamás permitiría que alguien decidiera por él qué debía recordar.
Durante siglos, ambas reglas le habían servido para gobernar el Reino Infernal. Sin embargo, aquella mañana descubrió que podía convertirse en enemigas cuando la única forma de recuperar la verdad consistía en escuchar a alguien que se negaba a revelarla por completo.
—Espero que tengas una razón extraordinaria para haberme hecho venir hasta aquí —dijo Darius Vhal—. Porque, si nuestra misión consiste en contemplar una pared, podría haberlo hecho desde la comodidad de mis aposentos.
El general permanecía a unos pasos de la puerta sellada, con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba cansancio con una cautela que ya no intentaba disimular.
El corredor subterráneo continuaba sumido en el mismo silencio de sus visitas anteriores. Las lámparas de fuego violeta iluminaban los muros de obsidiana, y el aire conservaba aquel olor mineral que parecía pertenecer a una época anterior a la fundación del propio reino.
Frente a ellos se alzaba la puerta.
No tenía cerradura visible ni bisagras que pudieran distinguirse a simple vista. Nueve líneas verticales recorrían su superficie. Ocho parecían intactos; la novena, situada en el centro, presentaba una interrupción tan precisa que resultaba difícil atribuirla al desgaste.
Debajo permanecía la inscripción que Darius había encontrado días atrás.
El juramento no se rompió. Fue olvidado.
Kaelith sostenía la llave que había retirado de su antiguo general. El emblema de la corona atravesada por una espada relucía débilmente bajo la luz violeta.
—No vamos a abrirla —respondió.
Darius miró primero la llave y después la puerta.
—Entonces retiro mi comentario. No hemos venido a contemplar una pared. Hemos venido a contemplar una pared con una llave que no pensamos utilizar.
—Tu capacidad para describir situaciones evidentes continúa siendo admirable.
—Es uno de los pocos talentos que me quedan desde que decidió quitarme el acceso a las cámaras inferiores.
Kaelith no sonríe.
—No te retiraré el mando de mis ejércitos ni te aparté de la investigación del fragmento robado. Restringí tu acceso a un lugar al que acudías en secreto y sobre el que me mentiste.
—No he olvidado la diferencia.
—Me alegra.
Darius bajó la mirada.
Durante años, había sido la mano derecha del soberano. Le había confiado ejércitos, fronteras y decisiones que ningún otro consejero habría podido soportar. Ahora, cada conversación parecía obligarlos a medir las palabras antes de pronunciarlas.
—Cuando te confesé lo que recordaba —dijo Darius—, esperaba que me desterraras.
—¿Por qué?
—Porque participé en un juramento cuyo contenido desconozco. Porque visité esta puerta a espaldas tuyas. Porque escuché una voz que sabía cosas sobre ti y decidí no contártelo.
Kaelith giró el rostro hacia él.
—No confundas mi decisión de mantenerte a mi lado con una absolución.
—No lo hago.
—Y tampoco te convertirás en tu culpa en una excusa para dejar de colaborar. Si sabes algo, lo dirás. Si no lo sabes, no fingirás recordar. Eso es lo único que te exijo.
Darius guardó silencio durante unos instantes.
—Seraphine tiene razón en algo.
—¿Solo en algo?
—No abuses de tu suerte, mi señor.
Kaelith le dedicó una mirada fría.
Darius levantó las manos.
—De acuerdo. Tiene razón en más de una cosa. Entre ellas, que no puedes exigir sinceridad si castigas cada respuesta que no te gusta.
—No recuerdo haber castigado una respuesta sincera.
—Todavía.
Aquella última palabra no fue una provocación. Fue una advertencia.
Kaelith la aceptó sin responder.
Después se volvió hacia la puerta.
—La última vez que estuviste aquí, la voz te habló. Quiero que me describas exactamente lo que ocurrió, sin interpretar nada.
Darius se tomó un momento antes de contestar.
—Escuché una voz femenina. Me advirtió que no debía permitir que recordaras quién había pronunciado el último juramento. Después apareció la inscripción sobre la puerta. También tuve una impresión… una imagen, quizás. Una habitación iluminada de blanco. No puedo asegurar que fuera un recuerdo real.
—¿Viste a alguien?
-No.
—¿Reconociste la voz?
-No.
— ¿Recuerdas el contenido del juramento?
-No.
Kaelith lo observó con atención.
—¿Y qué recuerdas de tu participación?
Darius apretó la mandíbula.
—Recuerdo la sensación de haber pronunciado unas palabras. Recuerdo que, en algún momento, acepté cumplir una orden. Pero no recuerdo quién me la dio ni qué acepté exactamente.
— ¿Estás seguro de que fue una orden?
—No puedo asegurarlo. Es la interpretación que hago de la sensación. Podría haber sido una promesa, una petición o algo que mi memoria ha deformado.
Kaelith asintió lentamente.
Aquella era la diferencia entre una confesión y una conclusión. Darius empezaba a comprenderla.
—Bien —dijo el soberano—. No vamos a convertir una impresión en un hecho.
Entonces, algo rozó el otro lado de la puerta.
El sonido fue lento y áspero, semejante al de una uña recorriendo la piedra.
Darius dejó de hablar.
Kaelith permaneció inmóvil.
—Has tardado —dijo una voz femenina.
No había una abertura por la que pudiera filtrarse. La voz parecía surgir de las nueve líneas grabadas en la superficie, como si la piedra no fuera una barrera, sino el instrumento a través del cual alguien podía hacerse escuchar.
Kaelith reconoció el tono.
No porque pudiera asociarlo con un rostro, sino porque lo había escuchado en sueños que siempre terminaban antes de revelar quién hablaba.
—¿Quién eres? —preguntó.
La respuesta llegó después de una pausa.
—Ya me lo preguntaste.
—Y todavía no me ha respondido.
—Quizá porque sigues haciendo la pregunta equivocada.
Los ojos carmesíes del soberano se endurecieron.
—No estoy de humor para acertijos.
—Nunca lo estás cuando temes conocer la respuesta.
Darius observó a Kaelith de reojo. No intervino, pero la tensión de sus hombros revelaba que también reconocía algo inquietante en aquella conversación.
—Dime dónde está el registro del juramento —exigió Kaelith.
La voz calló.
El silencio se prolongó tanto que el soberano estuvo a punto de hablar de nuevo.
Entonces, desde el otro lado, llegó una respuesta.
—¿Qué registro?
—El que busca la mujer que robó el fragmento de obsidiana. Mi mensajero ha confirmado que ella y su acompañante quieren encontrarlo antes que yo. También sabemos que alguien conservó recuerdos que otros entregaron.
Un roce recorrió la puerta.
—Así que los rumores han llegado hasta ti.
—No son rumores. Tengo el testimonio de un mensajero y pruebas de que alguien está buscando un documento que considera importante.
—Tienes fragmentos de una historia. No confundas eso con conocerla.
Kaelith dio un paso hacia la puerta.
—Entonces deja de hablar como si tuvieras todas las respuestas y dame una que pueda comprobar.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después, la voz pronunció una frase que hizo que Darius levantara la cabeza.
—No busques el registro entero en Nocthar.
Kaelith entrecerró los ojos.
—¿Por qué?
—Porque lo que se conservó aquí no contiene todo lo que necesitas.
—¿Dónde está el resto?
—No lo sé.
La respuesta fue tan inmediata que resultó desconcertante.
Kaelith guardó silencio.
—Pretendes que crea que puedes hablar a través de una puerta sellada durante siglos, conoces la existencia del registro y no sabes dónde está?
—Pretendo que distingas entre lo que sé y lo que supones que deberías saber.
La irritación del soberano aumentó.
—¿Y qué sabes?
—Que hubo quienes pronunciaron el juramento. Que hubo quienes lo guardaron. Y que no todos aceptaron olvidar.
La última frase resonó en el corredor.
Kaelith sintió una presión detrás de los ojos.
Por un instante, la piedra desapareció.
Vio una habitación blanca, iluminada por una claridad que parecía no proceder de ninguna lámpara. En el centro había una mesa circular y, alrededor de ella, nueve figuras inmóviles.
Una corona descansaba sobre la superficie.
No pude distinguir los rostros. Tampoco supo si estaba contemplando un recuerdo propio, una imagen ajena o una ilusión creada por la voz.
Entonces, una de las figuras extendiendo la mano hacia la corona.
La visión se quebró.
Kaelith apoyó la palma contra el muro para recuperar el equilibrio.
—¿Qué me has mostrado?
—Yo no he mostrado nada.
—¡He visto una habitación!
—Has visto algo. No sé qué.
La respuesta le provocó más inquietud que cualquier acertijo.
Darius se acercó un paso, sin tocarlo.
—¿Estás bien?
-Si.
—No pareces…
—He dicho que sí.
Darius se detuvo.
Kaelith respiró profundamente y retiró la mano de la pared. No iba a permitir que el miedo a lo desconocido lo obligara a aceptar cualquier explicación que le ofrecieran.
—Has dicho que hubo quienes no aceptaron olvidar —continuó—. ¿Cómo sabes eso?
—Porque el juramento no terminó como debía.
—¿Qué significa eso?
—No puedo darte una respuesta que no poseo.
— ¿Y la persona que se negó a olvidar?
La voz tardó en contestar.
—Esa persona no es el registro.
Kaelith presionó los dedos alrededor de la llave.
—No he dicho que lo fuera.
—Pero estás buscando a alguien que te devuelva lo que ha perdido. Ten cuidado con lo que esperas encontrar.
El soberano sintió una punzada de rabia.
—No necesito que me adviertas sobre mis propias decisiones.
—Eso dijiste la última vez.
Las lámparas violetas se inclinaron al mismo tiempo, como si una corriente invisible hubiera atravesado el corredor.
Darius desenvainó la espada.
No había nadie frente a ellos. No había pasos, respiración ni una sombra que justificara el gesto. Aun así, la mano del general se aferró a la empuñadura con la certeza instintiva de quien percibe una amenaza sin poder verla.
Tres golpes resonaron detrás de la puerta.
Uno.
Dos.
Tres.
Kaelith reconoció el ritmo.
Era el mismo que Seraphine y Eveline habían escuchado bajo la capilla de Santa Vespera.
— ¿Qué relación tiene este lugar con la capilla? —preguntó.
La voz pareció alejarse.
—No confundas el lugar donde se pronunció el juramento con el lugar donde fue guardado.
—¿El juramento se pronunció en la capilla?
—No he dicho eso.
Kaelith cerró los ojos un instante.
La voz no había confirmado su sospecha. Había hecho algo peor: le había recordado que podía estar equivocándose.
—Entonces, ¿por qué escuchamos los mismos golpes?
—Porque los golpes no te pertenecen a ti.
—¿A quién pertenecen?
La puerta vibró.
Las nueve líneas comenzaron a brillar con una luz blanca que no se parecía al fuego violeta del reino. La claridad iluminó el corredor y convirtió las sombras en manchas oscuras sobre la piedra.
La llave tembló entre los dedos de Kaelith.
La voz volvió, apenas audible.
—Busca el cuarto volumen, soberano. No el cuarto nombre.
Darius palideció.
Kaelith lo miró de inmediato.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé.
—Tu reacción dice otra cosa.
—Mi reacción significa que acabo de escuchar una frase que podría estar relacionada con algo que todavía no entiendo.
—¿Has oído hablar del cuarto nombre?
—No recuerdo haberlo oído antes. Pero la palabra me resulta… familiar. Eso no demuestra nada.
La luz desapareció de golpe.
La puerta volvió a ser una superficie negra e inmóvil.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
Finalmente, Kaelith bajó la mirada hacia la llave. No había encajado en ninguna cerradura ni había activado mecanismo alguno. Sin embargo, el emblema de la corona atravesada por la espada parecía más frío que antes.
—El cuarto volumen? —murmuró Darío.
Kaelith levantó la cabeza.
—¿Te dice algo?
-No.
Esta vez no había evasión en su voz.
—Pero si esa referencia existe en algún registro del reino, la encontraremos.
Kaelith guardó la llave dentro de su abrigo.
—Prepararás una lista de todos los documentos trasladados, retirados o declarados perdidos durante los últimos tres mil años. Quiero también los registros de correspondencia con archivos humanos.
—Eso puede llevar semanas.
—Entonces empieza hoy.
Darius miró la puerta una última vez.
— ¿Y si el volumen no está en nuestros archivos?
—Ampliaremos la búsqueda. Pero no volveremos a entrar aquí sin saber qué estamos buscando y qué riesgos corremos.
Se disponían a marcharse cuando aparecieron unas palabras sobre la piedra.
No estaban grabadas. La superficie parecía oscurecerse a su alrededor para permitir que cada letra surgiera lentamente.
El registro recuerda a quien se negó a olvidar.
Darius leyó la frase en voz baja.
—¿Quién se negó?
Kaelith no respondió.
No porque hubiera descubierto la identidad de aquella persona, sino porque comprendió que la puerta acababa de plantear una pregunta diferente.
Hasta ese momento, había buscado saber qué contenía el juramento y quién lo había pronunciado.
Ahora necesitaba descubrir quién había conservado lo que los demás perdieron.
Y por qué.
Universidad de Vespera — Archivo histórico
—Voy a decir algo que probablemente te moleste —anunció Eveline.
Seraphine levantó la vista de los documentos que tenía extendidos sobre la mesa.
—¿Solo una cosa? Me siento afortunada.
—Si seguimos leyendo inventarios antiguos durante mucho más tiempo, voy a empezar a soñar con polvo.
—Eso sería una mejora. Yo llevo semanas soñando con coronas, puertas y personas que se niegan a responder preguntas sencillas.
—Al menos tus pesadillas tienen presupuesto de producción.
Seraphine soltó una risa y volvió a mirar la reproducción del segundo cuadro.
La imagen, obtenida a partir del informe de Edmund Ardent, mostraba una habitación circular. Nueve figuras rodeaban una mesa y, en el centro, descansaba una corona.
Una de las figuras tenía el rostro oscurecido.
La mancha cubriría los rasgos con una precisión que resultaba difícil de ignorar, pero la reproducción no permitiría establecer si se trataba de un deterioro natural, una intervención deliberada o una alteración realizada durante una restauración posterior.
Seraphine había anotado las tres posibilidades en su cuaderno.
Ninguna estaba marcada como la correcta.
—Mira esto —dijo Eveline.
Había encontrado una nota al margen del informe.
Seraphine se inclinó para leerla.
Consultar Cuaderno Ardent, volumen IV, antes de establecer la identidad de los participantes.
Debajo había una segunda frase, parcialmente tachada.
Eveline se acercó la hoja a la lámpara.
—Creo que dice: «La ausencia del rostro no debe interpretarse como ausencia de identidad».
Seraphine volvió a mirar la figura oscurecida.
—Alguien quería evitar que el investigador sacara conclusiones precipitadas.
—O quería impedir que descubriera a quién pertenecía.
—También es posible.
—¿Y qué piensas tú?
Seraphine apoyó los dedos sobre el borde de la mesa.
—Que no sabemos si el rostro fue eliminado por quien pintó el cuadro, por alguien que lo conservó después o por una persona que intervino mucho más tarde. Tampoco sabemos si la nota se escribió al mismo tiempo que el informe.
Eveline la vigila con fingida solemnidad.
—Estoy orgullosa de ti.
—¿Por qué?
—Hace un mes habrías declarada la guerra a la mancha.
—Todavía puedo hacerlo.
— Lo sé. Por eso he dicho que estoy orgullosa.
Seraphine sonriendo, pero su atención regresó a la anotación.
Cuaderno Ardiente, volumen IV.
No era la primera vez que veía esas palabras en los documentos. Sin embargo, hasta entonces las había considerado una referencia pendiente, algo que tendrían que consultar cuando obtuvieran la autorización necesaria.
Ahora comprendía que el volumen podía ser importante por una razón mucho más sencilla: contenía información que el informe de Edmund no incluía.
Eso no significaba que guardara el juramento, ni que la figura sin rostro tuviera relación directa con Seraphine. Pero sí justificaba seguir esa pista.
—Necesitamos hablar con Lucien —dijo.
—Estoy de acuerdo. Él puede ayudarnos a localizar el volumen y confirmar si existe alguna relación entre Edmund y su familia.
—Sin darla por sentada.
—Sin darla por sentada —repitió Eveline—. Aunque sería una coincidencia bastante extraña que dos investigadores con el mismo apellido custodiaran documentos relacionados con el mismo misterio.
—Extraña no significa imposible.
—Y tampoco significa que debamos ignorarla. Solo significa que quiero hacer preguntas antes de inventarme un árbol genealógico entero.
Seraphine le dedicó una sonrisa.
—Esa es la Eveline que conozco.
Su amiga cerró la carpeta con cuidado.
—Hay algo más que me preocupa.
—¿Qué?
—El informe indica que Edmund examinó ambas pinturas durante la misma investigación. Eso significa que pareció importante registrar la segunda, pero no sabemos por qué. Puede que el volumen IV contenga sus conclusiones. También puede que solo incluya notas técnicas, correspondencia o referencias a otras obras.
—O que alguien retirará esa parte del archivo.
—Si. Pero no tenemos pruebas de que alguien lo hiciera deliberadamente.
Seraphine bajó la mirada hacia la reproducción.
—Si el rostro fue ocultado a propósito, quizás no querían que reconociéramos a esa persona.
—O quizás querrían que la reconociéramos, pero no por su rostro.
La frase quedó suspendida entre ambas.
Seraphine recordó la inscripción del reverso del primer retrato.
No fue pintada para recordar su rostro, sino para reconocerlo cuando regresara.
Sintió un escalofrío.
—Eveline…
—Lo sé —respondió su amiga, ahora sin bromear—. Las dos frases podrían estar relacionadas.
—Pero no sabemos si las escribió la misma persona.
—Ni si se refieren a la misma mujer.
Seraphine.
La prudencia no hacía que la investigación avanzara más rápido, pero impedía que cada coincidencia se transformara en una certeza. Y, después de todo lo que había vivido, comenzaba a comprender lo peligroso que podía ser confundir una explicación convincente con una verdadera.
Su teléfono vibró sobre la mesa.
Kaelith: Necesito hablar contigo. He encontrado algo relacionado con el juramento.
Seraphine tomó el aparato inmediatamente.
Seraphine: ¿Algo que puedas explicar por mensaje o algo que requiera que aparezca dramáticamente en una ventana?
La respuesta llegó unos segundos después.
Kaelith: Estoy intentando mejorar mis hábitos.
Seraphine: Eso no responde mi pregunta.
Kaelith: Puedo explicarlo en persona. Esta vez utilizaré la puerta.
Seraphine no pudo evitar sonreír.
Seraphine: Te recibiré con la puerta abierta. No te acostumbres.
Guardó el teléfono y miró a Eveline.
—Tenemos una visita.
—¿El soberano infernal?
—El mismo.
—Viene a ayudarnos con los documentos?
Seraphine contempló la reproducción del cuadro.
—Creo que ha encontrado una pista sobre el juramento de los olvidados.
Eveline se levantó inmediatamente.
—Entonces espero que venga preparado para responder preguntas.
—¿Muchas?
—Seraphine, cariño, soy estudiante de archivos históricos. Mi vocación consiste en hacer preguntas sobre cosas que otras personas enterraron hace siglos.
—Eso explica tantas cosas.
—Y todavía no has visto lo peor.
Reino Infernal de Nocthar — Cámara del Consejo
Kaelith no convocó a los seis consejeros para discutir la referencia al cuarto volumen.
Todavía no.
La voz detrás del sello podía haberle proporcionado una pista auténtica, pero también podía estar conduciéndola hacia una conclusión equivocada. No pensaba compartir una información incompleta con todo el consejo hasta establecer qué podía comprobarse.
En cambio, ordenó a Darius que preparara una lista de los documentos retirados, trasladados o declarados perdidos durante los últimos tres mil años.
—Eso podría llevar semanas —advirtió el general.
—Entonces empieza hoy.
— ¿Y si el volumen no pertenece a nuestros archivos?
—Incluye también los documentos que salieron del reino y nunca regresaron. Busca correspondencia con colecciones humanas, pero no supongas que cualquier referencia a un cuarto volumen es la que necesitamos.
Darius asintió.
—Debo buscar el apellido Ardent?
Kaelith se detuvo antes del respondedor.
—Busca primero la existencia del documento. Si aparece ese apellido, investigaremos su procedencia. No voy a convertir una coincidencia en una conclusión.
—Seraphine estaría orgullosa.
—Seraphine probablemente te preguntaría por qué no empezaste por ahí.
—También es cierto.
Por primera vez aquella mañana, ambos sonrieron.
La ligereza duró poco.
Un guardia entró en la cámara y se arrodilló ante el trono.
—Mi señor, ha llegado un informe de las vigías de la frontera oriental.
Kaelith extendió la mano.
El documento estaba sellado con cera negra. El guardia esperaba que el soberano lo abriera antes de continuar.
—Una patrulla encontró señales de tránsito cerca de una antigua ruta de mensajeros. No han localizado a la mujer que buscamos, pero hallaron restos de un pequeño fuego y fragmentos de papel.
—¿Han podido leerlos?
—Solo en parte. Uno contiene la palabra «registro». Otro parece mencionar a un testigo, pero no hemos recuperado suficiente texto para reconstruir el mensaje.
Kaelith leyó el informe dos veces.
—¿Y el acompañante?
—No hay una descripción fiable.
El soberano dobló el documento.
—Duplica la vigilancia de las rutas. Nadie perseguirá a esa mujer sin un equipo de apoyo y una orden directa. No quiero más informes de soldados que desaparecen porque alguien creyó que podía resolver esto por su cuenta.
—Sí, mi señor.
Cuando el guardia se retiró, Darius se quedó mirando el sello roto del informe.
—Si busca el registro y la puerta acaba de mencionar un volumen que podría contener información relacionada…
—Entonces tenemos dos pistas que quizás conduzcan al mismo lugar —terminó Kaelith—. Pero todavía no sabemos si la voz y la mujer están hablando del mismo documento.
—Crees que ella conoce la puerta?
—No lo sé.
— ¿Y si sabes más que nosotros?
Kaelith miró hacia los ventanas de la cámara. Sobre las torres de Nocthar, el cielo violeta se extendía sin amanecer ni ocaso.
—Entonces tendremos que averiguar qué sabe antes de permitir que decida cómo debemos actuar.
Darius vaciló.
— ¿Y si encontrar el registro te obliga a recordar algo que preferirías no haber hecho?
La pregunta era legítima.
Quizás la voz había mentido. Quizás había dicho la verdad de una manera diseñada para conducirlo a una trampa. Y quizás el registro no contenía una explicación que pudiera absolverlo, sino la prueba definitiva de una decisión que había condenado a Seraphine tres mil años atrás.
Kaelith dejó que la duda permaneciera sin intentar aplastarla.
—Entonces lo recordaré —respondió—. Pero no permitiré que el miedo decida por mí antes de conocer la verdad.
Darius inclinó la cabeza.
—¿Y si la verdad destruye lo que queda de tu reino?
Kaelith volvió a mirar la puerta cerrada de la cámara.
Pensó en Seraphine, en su manera de cuestionarlo sin temblar y en la facilidad con la que le recordaba que proteger a alguien no significaba poseer sus decisiones.
—Un reino construido sobre una mentira ya está destruido —dijo—. Solo falta que alguien se atreva a reconocerlo.
Una puerta abierta
Cuando Kaelith llegó a Vespera, el cielo humano comenzaba a oscurecerse.
Esta vez no apareció en la ventana ni me llamó desde el balcón.
Llamó a la puerta.
Seraphine abrió y lo encontró sosteniendo una carpeta negra bajo el brazo. Su cabello estaba ligeramente desordenado y tenía esa expresión que ella empezaba a reconocer: la de alguien que había encontrado una respuesta y, al mismo tiempo, había descubierto tres preguntas nuevas.
—Estoy impresionada —dijo ella—. Has utilizado la puerta.
—No quisiera decepcionarte.
—Todavía estás a tiempo.
Kaelith le tendió la carpeta.
—Encontramos una nueva inscripción en la puerta sellada.
Seraphine dejó de sonreír.
—¿Qué decía?
—«El registro recuerda a quien se negó a olvidar».
Ella repitió la frase en voz baja.
El reloj de bolsillo permaneció inmóvil en su mano. Ninguna luz apareció en la superficie plateada. No hubo visiones ni voces.
Solo una frase.
Una frase que parecía conectar el registro perdido con los testigos que no habían aceptado entregar sus recuerdos.
— ¿Y el volumen del cuarto? —preguntó.
Kaelith la miró con sorpresa.
—¿Cómo sabes eso?
—El informe de Edmund Ardent lo menciona. Eveline y yo estábamos revisando los documentos cuando me escribiste.
Por primera vez en todo el día, la expresión del soberano cambió de manera evidente.
—¿El mismo volumen?
—No lo sabemos. La nota del informe dice que debemos consultarlo antes de identificar a los participantes de la pintura. No afirma que contenga el registro del juramento.
Kaelith la observó durante un instante.
—Entonces hemos encontrado dos referencias que podrían estar relacionadas, pero todavía no sabemos cómo.
—Exactamente.
Seraphine se hizo a un lado para dejarlo pasar.
—Bienvenido a la parte de la investigación en la que nadie puede asegurar nada y todos tenemos que hacer preguntas.
—Empiezo a entender por qué disfrutas tanto de esto.
—No disfruto tanto de esto.
-¿No?
—Disfruto descubriendo cosas. Lo que no disfruto es que las cosas intentan matarme, hablarme desde las paredes o aparecer en mis sueños sin darme una explicación decente.
Kaelith entró y miró la mesa, cubierta de copias, anotaciones y fotografías.
—Es una lista bastante razonable de quejas.
—Tengo otras.
—No lo dudo.
Seraphine cerró la puerta detrás de él.
—Antes de que te sientes, necesito preguntarte algo.
Kaelith dejó la carpeta sobre la mesa.
—Adelante.
— ¿Qué ocurrió cuando escuchaste la voz?
Él le contó lo sucedido en el corredor subterráneo: la referencia al registro incompleto, la advertencia sobre el lugar donde se guardó el juramento, los tres golpes y la visión de la habitación blanca.
No omitió la parte en la que la voz se había negado a confirmar si el juramento se pronunció en la capilla. Tampoco presentó la imagen de las nueve figuras como un recuerdo auténtico.
Cuando terminó, Seraphine permaneció pensativa.
—¿Viste sus rostros?
-No.
—¿Reconociste a alguien?
-No.
—¿Y la corona?
Kaelith cerró los ojos, intentando recuperar la imagen.
—Estaba sobre la mesa. Una de las figuras extendiendo la mano hacia ella. No sé quién era ni qué pretendía hacer.
Seraphine escribió los detalles.
—¿La corona tenía alguna marca?
—No pude verla con suficiente claridad.
Ella dejó el bolígrafo sobre el cuaderno.
—Entonces no sabemos si era la misma corona que aparece en los cuadros o si la imagen tiene relación con los objetos que ya conocemos.
-No.
—Y tampoco sabemos si fue un recuerdo tuyo.
Kaelith la miró.
-No.
Seraphine alzó una ceja.
—Estás llevando bastante bien que te haga preguntas.
—Estoy intentando no engañarte.
—Vas a tener que esforzarte más.
La sonrisa de Kaelith era pequeña, pero genuina.
Después, su expresión se volvió a tornarse seria.
—Hay algo más que quiero decirte.
Seraphine esperó.
—La voz me advirtió que tuviera cuidado con lo que esperaba encontrar. No sé si intentaba protegerme, manipularme o ambas cosas. Pero creo que sería un error buscar ese registro únicamente para recuperar mis recuerdos.
—¿Por qué?
—Porque si lo encuentro, quiero saber qué ocurrió. Incluso si la respuesta no es la que espero.
Seraphine lo observó en silencio.
—Eso es diferente de querer recuperar los recuerdos a cualquier precio.
—Estoy empezando a comprenderlo.
Ella bajó la mirada hacia sus manos.
—Entonces tenemos que establecer una regla.
—¿Otra?
—Esto es importante. Ninguno de los dos va a decidir por el otro qué verdad puede soportar.
Kaelith no respondió inmediatamente.
Durante un instante, una frase antigua rozó su memoria.
Que gobiernes un reino no significa que puedas decidir por mí.
No consiguió recuperar el rostro de la mujer que la había pronunciado, ni el momento exacto en que había escuchado aquellas palabras. Pero esta vez no intentó apartarlas.
—De acuerdo —dijo—. No volveré a pedirte que confíes en mí a ciegas.
Seraphine sostuvo su mirada.
—Bien. Porque no pienso hacerlo.
—Lo sé.
—Y si descubres algo sobre mí, no vas a ocultármelo porque creas que es por mi bien.
—Te lo contaré. Incluso si todavía no entiendo lo que significa.
Ella asintió.
—Entonces podemos empezar.
Kaelith miró la reproducción del cuadro que había quedado sobre la mesa. El rostro oscurecido de la figura de la novena parecía observarlos desde el papel.
¿Qué sabemos de esta pintura?
Seraphine le explicó el contenido del informe de Edmund Ardent, la nota que mencionaba el cuarto volumen y la advertencia de no identificar a los participantes antes de consultar ese documento. También le mostró la inscripción del reverso del primer retrato.
Kaelith leyó las frases con atención.
—¿Crees que las dos pinturas están relacionadas?
—Creo que fueron examinadas durante la misma investigación. Eso es lo que sabemos. Que compartan símbolos no demuestran que representan el mismo acontecimiento.
—¿Y el rostro oculto?
—No sabemos cuándo ni por qué fue alterado.
Kaelith levantó la mirada.
—Entonces necesitamos encontrar el volumen.
—Y hablar con Lucien para averiguar si conoce a Edmund o si tiene registros familiares que puedan ayudarnos a localizarlo.
—Sin asumir que son parientes.
Seraphine sonríe.
—Veo que aprendes rápido.
—Tengo una buena profesora.
—No te acostumbres a los elogios.
—Llegan tarde para eso.
Ella soltó una risa y se acercó a la mesa para ordenar los documentos.
Por un momento, la tensión pasó. No porque el misterio se hubiera vuelto menos peligroso, sino porque, al menos aquella noche, ninguno de los dos estaba intentando resolverlo en soledad.
Kaelith se colocó a su lado.
Sus manos quedaron cerca, separadas apenas por unos centímetros.
Seraphine fue consciente de aquella proximidad y, para su propia molestia, también de que una parte de ella deseaba reducir la distancia.
No lo hizo inmediatamente.
—Hay algo que todavía no me ha dicho —murmuró.
Kaelith la miró.
—¿Qué?
— ¿Tienes miedo de lo que puedas recordar?
Él contempló el rostro oscurecido de la figura.
-Si.
La respuesta, sencilla y sin adornos, la sorprendió más que cualquier confesión anterior.
—¿De qué exactamente?
—De descubrir que hice algo imperdonable. De descubrir que no fui capaz de salvarte. O de averiguar que la historia que me he contado durante tres mil años no es más que una versión conveniente de lo que ocurrió.
Seraphine sintió que el pecho se le estrechaba.
—No puedo prometerte que la verdad no vaya a doler.
—No te lo pediría.
—Pero puedo prometerte que no voy a dejar que decidas de antemano quién eres basándote en algo que todavía no recuerdas.
Kaelith la miró como si aquellas palabras hubieran alcanzado un lugar al que nadie había llegado en mucho tiempo.
—Y si descubres que no puedes perdonarme?
Seraphine tardó en responder.
No quería ofrecerle una promesa que no sabía si podría cumplir. Tampoco quería tranquilizarlo con palabras vacías.
—Entonces tendré que decidirlo cuando conozca la verdad —dijo—. No antes.
Kaelith aceptó la respuesta sin intentar cambiarla.
Sus dedos rozaron los de ella sobre la mesa. Seraphine no apartó la mano.
No era una declaración de amor ni una garantía de que todo saldría bien. Era algo más pequeño y, por eso mismo, más difícil de fingir: dos personas aceptando avanzar sin saber qué encontrarían al final del camino.
En algún lugar del reino infernal, una puerta permanecía cerrada.
En los archivos de una universidad humana, un cuaderno aún no localizado guardaba una referencia que nadie había podido explicar.
Y, entre ambos lugares, alguien había conservado una verdad que tres mil años de silencio no habían conseguido destruir.
Seraphine volvió a mirar la reproducción.
—Mañana hablaremos con Lucien —dijo—. Le preguntaremos por Edmund, por el cuarto volumen y por la procedencia de las pinturas. También quiero saber si existe algún registro técnico sobre el rostro alterado.
—De acuerdo.
—Y si descubrimos que el volumen no contiene nada relacionado con el juramento, seguiremos investigando.
—De acuerdo.
Ella lo miró de reojo.
—¿Vas a estar de acuerdo con todo lo que diga?
-No. Pero estoy descubriendo que discutir contigo antes de conocer los hechos suele ser una pérdida de tiempo.
Seraphine le dio un pequeño golpe en el brazo.
—Eres insoportable.
—Y, aun así, me has dejado entrar por la puerta.
—No confundas una decisión razonable con un privilegio permanente.
Kaelith sonrió.
—Jamás me atrevería.
La sonrisa de Seraphine se fue desvaneciendo lentamente mientras volvía a contemplar el cuadro.
Todavía no sabían quién era la figura de la novena.
No sabían si el cuarto volumen contenía el registro del juramento o si solo ayudaría a comprender la pintura.
No sabía quién se había negado a olvidar.
Pero ahora comprendían algo que antes no habían considerado: el silencio no había sido necesariamente aceptado por todos los que participaron en aquella historia.
Alguien había resistido.
Alguien había conservado una parte de la verdad.
Y quizás esa persona no había intentado salvar a los reinos.
Quizás había intentado salvar algo mucho más peligroso.
La posibilidad de que, un día, alguien recuerde.
Porque la pregunta ya no era solamente quién había olvidado el juramento.
La pregunta era quién había decidido conservarlo, aun sabiendo lo que podía costarle.
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