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Mi hijo es del tío de mi ex

Mi hijo es del tío de mi ex

Status: En proceso
Genre:Romance / Venganza / Madre soltera / Embarazo no planeado / Hijo/a genio / Mujer despreciada / Amante arrepentido
Popularitas:50
Nilai: 5
nombre de autor: Camila Robles

n plena boda, la mejor amiga de Lucía Herrera expone sus fotos íntimas. Su prometido la llama zorra, la golpea y le arranca el vestido de novia… para casarse con la traidora.
Cinco años después, Lucía regresa con sus mellizos, Mateo y Sofía, sin saber quién es su padre. Hasta que se cruza con Adrián Valdés, un poderoso CEO que parece la versión adulta de Mateo.
—Quiero a mis hijos conmigo.
—No voy a separarme de ellos.
Mateo se planta frente a él. Sofía se aferra a la mano de su madre.
—¡No se meta con mi mami, imbécil! ¡Primero tendrá que vérselas conmigo!
Pero el padre de los mellizos también es el tío de su ex. Y para no perder a sus hijos, Lucía acepta casarse con él por contrato.
Esta vez, vuelve a la familia Valdés por la puerta grande.
El hombre que la echó de su propia boda tendrá que llamarla tía.

NovelToon tiene autorización de Camila Robles para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10. ¿Cómo pudo ser tan cruel?

Lucía no había imaginado que su padre hubiera dejado algo para ella. Cinco años atrás se había marchado con prisas: lo había enterrado y se había ido. En aquel momento no había lugar para ella en Puerto Claro.

—Está bien. Mañana me pongo en contacto con usted.

El doctor Cárdenas tenía que atender a otros pacientes. Le dejó su número y se marchó.

A la mañana siguiente, Lucía comprobó que Mateo ya no tenía molestias después de tomar el medicamento. Primero llevó a los mellizos al jardín de niños y después fue a trabajar.

Apenas llegó a la empresa, recibió una llamada de la secretaría de dirección. El señor Valdés quería verla en su oficina.

Cuando entró, Adrián estaba de pie junto al ventanal, hablando por teléfono. Al verla, le indicó que se sentara.

Poco después terminó la llamada, volvió al escritorio y se acomodó en su sillón. Tomó una carpeta y la puso frente a ella.

—Aquí está la presentación del proyecto Complejo Sierra Serena. Revísala. Quiero que te encargues del diseño.

Lucía se sintió tan sorprendida como halagada.

—¿Yo sola?

Él alzó una ceja y la miró con una media sonrisa.

—¿Hay algún problema?

—No. Gracias por confiar en mí, señor Valdés.

Acababa de incorporarse. ¿De verdad iba a poner todo un proyecto en sus manos?

—Si tu currículum dice la verdad, ¿por qué no habría de confiar en tu capacidad?

Parecía haberle leído el pensamiento.

Lucía seguía sintiendo que había una intención oculta en la forma en que la miraba, pero no conseguía descifrarlo.

—Se lo voy a demostrar con mi trabajo.

Le dedicó una leve sonrisa.

En ese momento, la secretaria llamó y entró. Dejó una invitación delante de Adrián.

—Señor Valdés, la envió el señor Nicolás. Es para la cena de su quinto aniversario de bodas.

Lucía no pudo evitar mirarla. Ver aquella tarjeta con letras doradas le dolió.

Recordaba haber visto la noticia el día que regresó: celebrarían su quinto aniversario el veintiséis. Y el veintiséis era hoy.

Contuvo las emociones que se agitaban dentro de ella, recogió la carpeta y salió de la oficina.

Había acordado una hora con el doctor Cárdenas. Al terminar la jornada fue al hospital a buscarlo.

Ya en su consultorio, el médico colocó una caja negra frente a ella.

—Esto es lo que tu papá me pidió que te entregara.

Lucía la recibió con ambas manos.

—Gracias, doctor.

La abrió, llena de preguntas. Dentro había un dije de jade de formas suaves y redondeadas, con cierta transparencia.

Nunca había visto a su padre llevarlo. Lo tomó para examinarlo mejor. Apenas se distinguían dos signos grabados en una escritura antigua que no consiguió descifrar.

—¿Mi papá dejó algún mensaje?

El doctor negó con la cabeza.

—No. Cuando sufrió la crisis tenía mucho dolor. Yo quería salvarlo. Si el señor Nicolás no hubiera ordenado que dejáramos de atenderlo…

Se había alterado al hablar. De pronto se interrumpió.

Las pupilas de Lucía se contrajeron.

—¿Qué dijo? ¿Nicolás ordenó que dejaran de tratar a mi papá?

El doctor comprendió que había dicho algo que no debía. Agitó una mano.

—Haz de cuenta que no dije nada. Llévate la caja y vete.

Se excusó diciendo que tenía que ver a un paciente y salió con prisa.

—¡Doctor Cárdenas…!

Lucía quiso exigirle una explicación, pero él ya se había alejado.

Algo estalló dentro de su cabeza. Se tambaleó y estuvo a punto de perder el equilibrio.

¡Había sido Nicolás! ¡Había causado la muerte de su padre!

¿Cómo había podido ser tan cruel?

La rabia que llevaba tanto tiempo conteniendo se desbordó de golpe. Apretó el dije entre los dedos.

Ese mismo día, cinco años atrás, le habían robado su boda, le habían tendido una trampa para que todos la despreciaran como a una puta y habían provocado la muerte de su padre.

¡Y hoy Nicolás y Natalia iban a celebrar su aniversario!

Salió del hospital aturdida. Entró en una tienda cualquiera, alquiló un vestido de noche y se lo puso. Después tomó un taxi hasta el Hotel Mirador.

Era el día más doloroso de su vida. ¡No iba a dejar que aquel cabrón y aquella zorra lo disfrutaran como si nada!

Al llegar al hotel, vio que seguían entrando autos de lujo. Parecía que buena parte de la élite social había acudido a celebrar con ellos.

Una sonrisa fría le curvó los labios.

Cuanta más gente, mejor.

Para entrar hacía falta una invitación. Ella no tenía. Mientras se preguntaba qué hacer, un imponente Maybach negro se acercó. Varios guardaespaldas vestidos de negro lo rodearon con movimientos precisos. El despliegue intimidaba.

El auto se detuvo y la puerta se abrió. Adrián bajó: era alto y de complexión fuerte, con piernas largas. Sus facciones marcadas y su presencia dominante bastaban para estremecer a cualquiera.

Lucía también se quedó quieta un instante al verlo. Aquel hombre atraía todas las miradas. Era difícil apartar los ojos de él.

Adrián se volvió hacia el interior del auto y ayudó a bajar a un anciano de cabello blanco. Llevaba un traje de corte clásico, confeccionado con esmero, y se apoyaba en un bastón con empuñadura de dragón. No necesitaba alzar la voz para imponer respeto.

Quienes los esperaban se inclinaron con deferencia.

—Señor presidente, señor Valdés, por aquí, por favor.

Lucía volvió en sí. ¿Aquel anciano era Augusto Valdés, el padre de Adrián?

¿Así que habían venido todos los Valdés? Natalia sí que había conseguido darse importancia.

En cuanto Adrián y Augusto cruzaron la entrada del hotel, Lucía se apresuró a seguirlos. Alguien la detuvo.

—Vengo con el señor Valdés —le dijo a quien le cerraba el paso.

Adrián oyó el revuelo a su espalda y se volvió. Vio a Lucía, vestida de gala, sonriéndole y saludándolo con la mano.

Frunció apenas el ceño. Antes de que pudiera hablar, Augusto preguntó a su lado:

—¿Quién es ella?

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